Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 710

La sostenibilidad hecha joya

Texto: María Acebal [Com 19]  Fotografía: Ingrid Ribas [Com 12] y José Juan Rico Barceló  

Marta Peñalver [ISEM 20] y Daniela Nastas tienen un propósito: ofrecer a los consumidores de joyería una opción respetuosa con las personas y el entorno. Lo vieron claro durante el confinamiento, cuando se hizo evidente que podemos parar para tomar impulso. Luego, con la ayuda de Inn Common, la nueva plataforma para antiguos alumnos emprendedores de la Universidad, han conseguido convertir su idea en una empresa que se llama RÊVER.


En todo el planeta hay una única piedra capaz de reflejar el 99% de la luz que recibe: el diamante. Cuando compras un diamante, compras luz. Quizá por eso la reina de las piedras preciosas ha ejercido siempre una fascinación tan grande en los seres humanos; tan grande que han corrido ríos de sangre por su causa.

Hace quince años que la comunidad internacional empezó a tomarse en serio las cuestiones éticas de su comercio. A través del Sistema de Certificación del Proceso de Kimberley, pretende evitar la compraventa de diamantes de sangre, los obtenidos con la explotación humana para financiar guerras, principalmente en territorios africanos. Pero eso fue solo el prólogo y la primera demostración de que ya no nos vale comprar lo que sea: queremos que nuestra forma de consumir, al menos, no empeore el mundo.

Las industrias subalternas de la joyería —la extracción de diamante, la minería de oro— provocan graves alteraciones en sus comunidades y entornos. Para conseguir un solo quilate hay que sacar más de una tonelada métrica de roca. En la mina de Catoca (Angola), por ejemplo, una de las más grandes del mundo a cielo abierto, los socavones derivados de la producción han generado tales formaciones de agua estancada que se han multiplicado a su alrededor unos mosquitos que les provocan enfermedades a los trabajadores y a los habitantes de la zona; además destruyen el ecosistema y degradan la tierra hasta el punto de que no se puede ya practicar la agricultura. En la mina de Jweng (Botsuana), la explotación minera ha creado los mayores cráteres artificiales del planeta y ha eliminado los nutrientes de la tierra. En Koidu (Sierra Leona), las nubes de polvo causadas por las voladuras de la mina son tan salvajes que la población está huyendo. 

A miles de kilómetros de allí, en Madrid, Marta Peñalver cursaba en marzo de 2020 el Máster en Dirección de Empresas de Moda de ISEM Fashion Business School. Venía de una década de carrera profesional en el mundo de la moda y el lujo (vestidos de novia, joyería, alta costura...) y hacía tiempo que tenía la mosca detrás de la oreja. «Cuanto más conoces el sector —confiesa—, te das cuenta de que hay tareas que se podrían afrontar de otra manera». Ella piensa, por ejemplo, en las toneladas de ropa que se queman cada año porque no se venden, o en los márgenes desorbitados que se adjudican algunas marcas con fábricas en China y en países del sudeste asiático donde la mano de obra es muy barata. «Quiero seguir otro camino en la moda —pensó—. Hacer algo de lo que sentirme orgullosa y con lo que pueda irme a dormir tranquila».

El planeta se detuvo ese fatídico mes de marzo y Marta, junto con su amiga Daniela Nastas, reflexionó sobre su manera de trabajar y de consumir. Era el momento de recomenzar. Sus perfiles se complementaban bien: Marta había estado siempre más enfocada al marketing, mientras que Daniela se había centrado en el producto y las ventas. Decenas de llamadas de Facetime durante el confinamiento sirvieron para ir perfilando su proyecto.

«Trabajar de forma sostenible, ética y local ya no es el futuro: es el ahora —dice—. El consumidor lo demanda y está dispuesto a pagar por ello. Las marcas que no se orienten en esta dirección desaparecerán». Cuando esta idea ya les hervía en la cabeza, la primera persona a la que se la contaron fue a David Luquin. Él dirigía el trabajo fin de máster de Marta, que realizaba con otros tres compañeros. «Él era como mi mentor, pero entonces —cuenta ella— no tenía muy claro qué papel desempeñaba en la Universidad. Cuando supe quién era David necesité compartir con él mi idea de negocio. Al emprender pasa eso: surgen dudas, de repente todo parece una locura. Él nos animó a investigar, nos hizo seguimiento y nos guió por el buen camino. En esa etapa de emprendimiento pasas días en los que estás muy arriba y crees mucho en tu idea, y otros en los que estás muy abajo y lo ves todo negro. Es genial tener a alguien a tu lado que te diga que puedes».

David Luquin es director de Desarrollo de Innovation Factory —el centro de innovación y emprendimiento de la Universidad de Navarra— y estaba gestando Inn Common, un espacio creado a finales de 2020 donde los antiguos alumnos de la Universidad pueden compartir su experiencia con otros emprendedores, continuar formándose y recibir asesoramiento. Los alumni pueden solicitar cualquier miércoles un encuentro online con uno de los profesionales de la comunidad, aunque acompañar, realmente, no entienda de calendarios ni límites. El asesoramiento que estaban recibiendo de David terminó por formalizarse dentro de los cauces de esta plataforma.

Inn Common ha significado para Marta, según reconoce ella misma, «la seguridad de saber que puedes contar con alguien que te asesore aunque no estés en el campus». De aquella primera conversación con David les quedó claro que su idea tenía potencial, y les ayudó a apuntalar la parte financiera del negocio.

Con su empresa, RÊVER, pretenden «enseñarle al consumidor otra opción de compra de joyas sostenibles; ayudarle a tomar decisiones conscientes», explica Marta. En la práctica, utilizan para sus diseños oro reciclado de dieciocho quilates y diamantes de laboratorio, dos alternativas menos dañinas para el medioambiente, y además sus piezas toman forma localmente, en un taller de Barcelona.

Para las gemas, se reproduce en un laboratorio su proceso de crecimiento natural a través de dos métodos: el de alta presión, alta temperatura —a partir de material de carbono en espacios que imitan las condiciones en la Tierra— y la deposición química de vapor —en una cámara con gas que contiene carbono que se cristaliza en una semilla de diamante—. Estas piedras creadas por el hombre tienen la misma composición química, estructura cristalina, propiedades ópticas y físicas que las extraídas de las minas. «Hace seis meses no tenía ni idea de todo este proceso —dice Marta— y ahora soy una experta. En España no es popular, pero en otros países funciona, y eso nos da credibilidad, aunque tengamos que explicar mucho el producto».

 

Marta y Daniela diseñan las piezas que  toman forma en el taller de joyería de Alfonso Martí, en Barcelona | Íngrid Ribas

 

Cuando Marta y Daniela comenzaron a desarrollar su emprendimiento analizaron con profundidad el mercado hasta dar con el proveedor que necesitaban: un fabricante de diamantes que usa prácticamente un cien por cien de energía eólica y solar. Sus centros están en Nueva York, Bombay y Hong Kong. Allí tardan entre dos y cuatro meses en cultivarse, se cortan, se pulen y se tallan, y después viajan a Barcelona.

En paralelo, contactaron con un proveedor que tiene una fundición en Barcelona, donde compra joyas antiguas y recicla su oro. Esa es la otra materia prima principal de RÊVER. Marta y Daniela diseñan las piezas y, en la última fase del proceso, un joyero barcelonés, hijo de joyero, las pule, engasta las piedras y repasa las piezas. «Él hace posible que exista la joya que nosotras hemos creado y nos ayuda también en los aspectos técnicos». El resultado es el mismo que ofrecen otras empresas de lujo, pero el camino que recorren las piezas es muy distinto. «Nuestro objetivo principal es crear joyas de lujo consciente para consumidoras que quieren comprar productos de moda responsables y tener una trazabilidad completa —señala Marta—. Para nosotras, un buen negocio es aquel que hace las cosas de manera consciente y sostenible. Queremos beneficios, claro, pero tenemos un propósito, un motivo».

A mediados de abril de 2021 vio la luz RÊVER, que para estas dos emprendedoras es el punto final de una etapa de ideación y el comienzo de una empresa de la que quieren sentirse orgullosas. El próximo miércoles David Luquin y el resto del equipo de Inn Common volverán a recibir la llamada de un antiguo alumno con una idea a la que quiere ponerle patas.

Cuarenta veces más

 

Ignacio Saavedra, en una visita al campus de Madrid.

 

RÊVER, la empresa de joyería responsable de Marta Peñalver y Daniela Nastas, no es el único proyecto emprendedor que ha salido adelante gracias a Inn Common. Desde su lanzamiento a comienzos del curso 2020-21, David Luquin y los profesionales de la comunidad ya han colaborado con cuarenta proyectos distintos. «La mayoría de las veces no tenemos las respuestas, pero les ayudamos a hacerse las preguntas adecuadas», dice Luquin. «Con Inn Common se completa lo que la Universidad ofrece en Innovation Factory: un proyecto transversal que impulsa el emprendimiento. Acompañamos a los alumni en un proceso de formación que no acaba al recibir el título».

 

Los proyectos a los que han asesorado son de todo tipo. Quizá uno de los más curiosos es «El camino del anillo» de Ignacio Saavedra [Com 89 MERC 20]. Se trata de un viaje de 122 kilómetros a pie en siete días y siete noches por la Sierra de Madrid que simula el viaje de Sam y Frodo en El señor de los anillos. «En el viaje, exterior e interior, se recrean los lugares clave de la narración —empieza en El Berrueco, que emula La Comarca, y termina en Torrelaguna, que hace de Gondor—, a la vez que se descubre una naturaleza fascinante y se desarrolla el sentido del asombro, de la belleza y del cuidado de la naturaleza», comenta Ignacio.

 

La idea pululaba por la mente de Ignacio y seis amigos suyos desde hacía veinte años, pero empezó a cobrar fuerza en 2015, cuando empezaron a trazar la senda. Terminaron en 2020 y la abrieron al público sin mucho éxito, y entonces pidieron asesoramiento a Inn Common. En una primera reunión con David Luquin concluyeron que, para que el proyecto diese resultado económico, no bastaba con los ratos libres de unos cuantos amigos, y decidieron que había que profesionalizarlo, contratar a alguien a jornada completa, gestionarlo como una empresa, distribuir con claridad las funciones de cada uno y crear una buena página web. «El asesoramiento de Inn Common convertirá un proyecto de aficionados en un proyecto profesional con muchas más posibilidades de triunfar», explica Ignacio.