Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 706

Constructores de un sueño

Texto: Lucía Martínez Alcalde [Fia 12 Com 14]  Colaboradores: Ana Eva Fraile [Com 99] y Teo Peñarroja [Fia Com 19] Foto: Archivo Fotográfico  

La sala de profesores de Rectorado ha sido testigo este curso de un reencuentro histórico: tres de los primeros profesores y tres de los primeros alumnos de la Universidad se dieron cita en una mesa redonda. Fernando González Ollé, Diego Martínez-Caro, Carmen Castillo, Inés Dorronsoro, Pilar Seguín y Javier Arregui compartieron con Nuestro Tiempo los recuerdos, esfuerzos e ilusiones de aquellas décadas iniciales, así como sus sueños de entonces y de ahora para la Universidad que ayudaron a construir cuando el campus era Pamplona.


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Los de la maleta

 

Don Ismael Sánchez Bella llegó a Pamplona en 1952 con una maleta y el sueño de comenzar la Universidad de Navarra. Este reportaje es el segundo de una serie sobre los primeros años de la Universidad que comenzó con esta entrevista a Francisco Ponz, tercer rector, en su centenario.

 

 

Un domingo de agosto de 1955, Fernando González Ollé, un joven profesor y filólogo de veintiséis años, se encontró en la Gran Vía de Bilbao con don Ismael Sánchez Bella. González Ollé había viajado desde Santander —donde impartía un curso de verano para extranjeros— para pasar el día con unos amigos. En aquella conversación, de pie, en medio de la acera, decidió incorporarse al entonces Estudio General de Navarra. Hace casi siete décadas, cuando el campus de la Universidad era Pamplona, y los alumnos se repartían entre la Cámara de Comptos y la última planta del Museo de Navarra, donde aquel año comenzaba la Facultad de Filosofía y Letras. 

González Ollé recuerda a las cinco alumnas, la primera promoción al completo, «permanentemente encogidas y amedrentadas, siempre en piña por el edificio». Por contraste, los profesores las designaban, en privado, a veces «las sanguinarias», título de una película en boga. Cuando Pilar Seguín se matriculó en la Facultad en 1958, no se sintió asustada. Pilar recuerda que su primera clase la recibió de González Ollé: «Era muy exigente, pero daba mucho más de lo que exigía. El ambiente era de proximidad y respeto». Ella había estudiado antes Magisterio. Su padre siempre había tenido claro que sus tres hijas harían una carrera: «Tenéis que valeros por vosotras mismas», les decía. 

 

En 1961 se comenzaron las obras de la Escuela Médica de Posgraduados, embrión de lo que sería luego la Clínica Universidad de Navarra. Empezó a funcionar en 1962 | Archivo Fotográfico

 

 

«Las chicas de letras», como las llamaba don Ismael, ocupaban el lado izquierdo del único pasillo en la tercera planta del Museo. Al otro lado, los estudiantes de Derecho, entre los que se encontraba Iñaki Ochoa de Olza, con el que Pilar se casaría años más tarde, compañero y amigo de Javier Arregui, de la sexta promoción de Derecho. Habían tenido los primeros cursos en la Cámara de Comptos, y en tercero pasaron al Museo. La Universidad crecía, poco a poco, y a finales de los cincuenta contaba con más de trescientos estudiantes. En su clase eran cuarenta alumnos. Antes de que hubiera una biblioteca universitaria unificada, iban a estudiar a las casas de unos y de otros. «La semana anterior a los exámenes finales se convertía en nocturna. Las madres sacaban postres caseros para endulzar las veladas de estudio», recuerda Javier.

En agosto de 1958, desembarcó Diego Martínez-Caro desde Roma llevando en su maleta la misión de apoyar los inicios de la Facultad de Medicina y las palabras de san Josemaría, fundador de la Universidad, antes de emprender el viaje: «¡Sueña y te quedarás corto!». Tenía veintisiete años, había estudiado la carrera en Sevilla, su ciudad natal, y en Barcelona; después había comenzado en París la especialización en Cardiología, que continuó en 1956 en Roma. Sus planes de volver a Francia para seguir con su formación cambiaron de rumbo ante la pregunta de san Josemaría en la primavera de 1958: «¿A ti te importaría ir a Pamplona?». Un año después, ponía en marcha la Escuela Médica de Posgraduados, el embrión de la Clínica, uno de esos sueños que estaban por cumplirse.

En la Facultad de Medicina comenzaba en otoño de 1958 Inés Dorronsoro, una de las nueve mujeres de la quinta promoción. El resto de sus compañeras del bachillerato se había ido a estudiar a Valladolid, pero su padre, médico de profesión, al oír que el doctor Ortiz de Landázuri había llegado a Pamplona pensó que esa incipiente universidad iba en serio y fue a visitarla. Cuando vio que había un microscopio para cada dos alumnos y posibilidad de disponer de cadáveres para disección, no lo dudó. Tenían las clases entre la Cámara de Comptos, el Museo de Navarra y la Escuela Vieja, un edificio antiguo en la zona del Hospital de Navarra. Aunque pronto abrieron el Pabellón F —en el propio recinto del hospital, para las prácticas de los estudiantes— y la Escuela Nueva, el primer edificio del campus de la Universidad —parte del actual edificio de Investigación—.

 

Carmen Castillo en 1970. Es la segunda mujer catedrática de Filología Latina en España. Obtuvo el título en 1972. En su trayectoria académica sus grandes maestros fueron Antonio Fontán y Álvaro d'Ors. Mientras preparaba la tesis, estudió Periodismo en la Universidad | Archivo Fotográfico

 

En 1960, año en que el Estudio General pasó a ser Universidad de Navarra y se colocó la primera piedra del edificio Central, llegó a Pamplona Carmen Castillo, una joven licenciada en Filología Clásica. Había estudiado los dos primeros años en Granada, su ciudad natal, y luego en Madrid. Inició la tesis bajo la dirección de Álvaro d’Ors y Antonio García Bellido, y se matriculó en Periodismo. Carmen conocía a Antonio Fontán, entonces decano de Filosofía y Letras, porque había ido a sus clases en Granada, y le solicitó una plaza en su departamento. Comenzó como profesora ayudante de Historia Antigua, pero el profesor titular de la asignatura se puso enfermo y la joven doctoranda se tuvo que hacer cargo de aquellos alumnos de cuarto curso. Así, Carmen se dividía entre la tesis, las clases a las que asistía en la Cámara de Comptos y las lecciones que impartía en el Museo de Navarra, mientras repasaba sus apuntes a toda carrera por la cuesta de Santo Domingo. 

En aquellos años, podía distinguirse fácilmente a los alumnos de la Universidad por el centro histórico de Pamplona luciendo su uniforme con el escudo de Aralar bordado en la chaqueta. Ellos, americana azul y pantalón gris. Ellas, falda tableada. Acudían a sus clases en Comptos y en el Museo de Navarra, paseaban por Carlos III. Durante unos años Rectorado estuvo en un cuarto piso del número 44 de la plaza del Castillo, donde también comenzó la biblioteca de Derecho. La biblioteca de Humanidades tenía su entrada por la calle San Antón, en una casa de vecinos, y las ventanas daban a la plaza de San Francisco; la de Derecho Canónico pasó de la plaza Conde de Rodezno a un chalet de la Media Luna. En la calle Paulino Caballero se encontraba la redacción de Nuestro Tiempo. Cuando el campus era Pamplona.

 

 

PIONEROS EN UNA UNIVERSIDAD QUE AÚN NO SE LLAMABA UNIVERSIDAD

En la España de los años cincuenta el número de universidades no alcanzaba la veintena. González Ollé resalta el «optimismo desbordante» de don Ismael Sánchez Bella a la hora de empezar desde cero: «No teníamos ningún empacho en comentárselo amistosamente a él mismo. Estaba archiseguro de que la Universidad de Navarra iba a ser relevante. Y, cuando había que rectificar el rumbo de la nave, lo hacía con absoluta serenidad». Al profesor González Ollé le ilusionaba formar parte de sus orígenes. Reinaba la confianza en el proyecto, sin pensar en las dificultades que vendrían. Entre esos escollos resalta la ausencia de una biblioteca: «Cuando llegué, de mi materia no había más libros que los que yo traía, como Orígenes del español, de Menéndez Pidal, la Historia de la Lengua española, de Lapesa, o The Philosophy of Grammar, de Jespersen».

Para una amante de los libros como Carmen Castillo, una convencida de que una universidad sin biblioteca no es una universidad, la falta de una colección unificada también significó un reto. En sus años de doctoranda, trabajaba unas horas en la biblioteca del chalecito de la Media Luna: «No teníamos mucho dinero pero los libros que pedíamos nos los traían. Y así fuimos consiguiendo volúmenes de las distintas especialidades». Del chalet se trasladaron a los sótanos del Central: de esa época recuerda el ruido de las máquinas que iban puliendo el suelo del edificio sobre sus cabezas. La construcción de la Biblioteca de Humanidades no se terminaría hasta 1966. A Carmen no le generaba incertidumbre embarcarse como profesora en un centro académico tan joven y con pocos medios: «Es como si yo hubiese nacido para la Universidad. Para mí estar aquí era lo propio».

Al llegar a Pamplona, Diego Martínez-Caro se puso a disposición de Juan Jiménez Vargas, primer decano de la Facultad de Medicina. Se conocían de Barcelona. «Creo que él urdió mi venida», afirma Martínez-Caro. Aunque no existía el cargo de vicedecano aún, empezó a desempeñar esas funciones. Recuerda con emoción su trabajo junto a Jiménez Vargas: «Arrimaba el hombro de una manera heroica. Había dejado su puesto de catedrático en Barcelona para involucrarse en este proyecto con todo por hacer. Yo le ayudaba a organizar los horarios de las clases, a distribuir las pocas aulas que había, a atender a los alumnos, a programar las asignaturas médicas... Él supervisaba y al mismo tiempo daba mucha cuerda libre a la gente, y eso que la mayoría éramos jovencillos sin mucha experiencia. Pero se fiaba». 

 

Festividad de santo Tomás de Aquino, patrón de la Universidad, en 1957. Se celebraba con una misa, un desfile y una comida. También eran muy señalados los días del patrón de cada facultad | Archivo Fotográfico

 

En esa época también se incorporó a la Facultad de Medicina Eduardo Ortiz de Landázuri. «Los que le rodeábamos en esos primeros años quizá no éramos capaces de apreciar en toda su dimensión la enorme fe que demostró dejándolo todo en Granada, para embarcarse en un proyecto que aún no era nada más que ilusión y optimismo en torno a una idea del Gran Canciller», destaca Martínez-Caro. Ortiz de Landázuri desde el principio quiso ver pacientes, por lo que organizó una consulta en la Escuela Nueva, con diferentes especialidades. Martínez-Caro se encargaba de los informes cardiológicos: «Junto al aula donde atendíamos enfermos, don Eduardo instaló un pequeño aparato de rayos X que se trajo de su consulta. Yo monté un electrocardiógrafo bastante primitivo cuyos trazados fotográficos revelaba en un diminuto cuarto oscuro en el hueco de una escalera». 

El embrión de la Clínica no tardó en gestarse: «Se deseaba un centro hospitalario donde se pudiera llevar a cabo el desarrollo y perfeccionamiento de la actividad clínica de los profesores de la Facultad y la formación de los posgraduados, tanto médicos como enfermeras», explica el cardiólogo. A finales de 1958, el Estudio General había adquirido un terreno de unos 15 000 m2 en el desvío de la carretera de Logroño, hacia la entrada del Hospital de Navarra. En 1960 obtuvieron la aprobación para iniciar el proyecto. El responsable sería Diego Martínez-Caro. En junio comenzaron las obras de la primera fase y a finales de septiembre de 1961 se terminaron. 

En un pequeño equipo, encabezado por Martínez-Caro, recayó el control de las obras del edificio, la organización de la Clínica, la contratación del personal y la compra de los equipos médicos. El doctor recuerda cómo tuvieron que pensar hasta el diseño del anagrama que aparecería en la vajilla, las toallas y las sábanas. 

En 1963, el doctor Manuel Evangelista Benítez, experto en gerencia hospitalaria, relevó como director en la Clínica a Martínez-Caro. Ese mismo año a él le nombraron vicedecano de Medicina, cargo que desempeñó hasta 1966, cuando pasó a ser director de Estudios de la Universidad. Pero siguió ligado a la Clínica. Continúa, de hecho, yendo todas las mañanas a saludar a la gente, ha dado varias sesiones en la sede en Madrid —donde trabajan dos sobrinas suyas— y asegura que en los veinte años que lleva jubilado no ha tenido ocasión de aburrirse. Además de su apoyo a la Clínica, dedica su tiempo a investigar y a escribir libros, más de quince desde 2001.

 

LOS SURCOS QUE ABRIERON LOS PRIMEROS

Martínez-Caro confiesa que, antes de incorporarse a la Universidad, creía que no llegaría a ver en la recién nacida Facultad de Medicina personal que se dedicara a investigar con el material y los aparatos necesarios: «Al contemplar ahora el edificio del Cima y el alto nivel científico de los equipos pienso en lo que me decía san Josemaría y en lo corto que me quedaba yo cuando soñaba».

Pero, incluso en esos primeros años, Inés Dorronsoro no recuerda que hubiera pocos medios: «Para mí todo estaba perfecto, muy cuidado». Lo que sí preocupaba a los alumnos era el reconocimiento oficial de sus títulos. En 1.º les tocó examinarse en Zaragoza. En 2.º, con el Estudio General ya erigido como Universidad, parecía que no haría falta, pero, a finales de agosto, «don Ismael nos explicó por carta que las gestiones se habían torcido y que sí tendríamos que ir a Zaragoza».

Pilar Seguín cuenta que aquellas excursiones a Zaragoza en un autobús que se llamaba El Flecha solían tener un aire festivo: «Nos emocionaba ir a una ciudad grande porque rezumaba libertad. Otra cosa era el trayecto de vuelta: los resultados de las pruebas se recibían allí mismo y había auténticas escabechinas». Aunque también recuerda que otros profesores de Zaragoza respetaban la nota que les había puesto el catedrático de Navarra. Por ejemplo, el de Latín siempre decía: «Las chicas de Fontán, que salgan». Y las exoneraba. Inés tuvo la misma experiencia con algunas de sus asignaturas: el titular de Anatomía conocía al profesor de Pamplona, Luis María Gonzalo, y les dejaba la misma nota.

 

Un grupo de estudiantes de la Universidad paseando por la plaza del Castillo con sus uniformes. De fondo se ve el bar Bearin, donde Javier Arregui celebró su paso de ecuador | Archivo Fotográfico

 

En 1962, con el reconocimiento civil de los estudios realizados en la Universidad, las carreras se equipararon plenamente a las impartidas en los centros estatales y se acabaron las excursiones en El Flecha.

Al comienzo de esta mesa redonda, moderada por el profesor de Historia Pablo Pérez, en la que se unieron los tres profesores y los tres alumnos, Pilar Seguín se acercó a González Ollé y, como ella, por su experiencia docente, reconoce que cuando la saludan antiguos alumnos por la calle les suele preguntar su nombre y de qué promoción son, se presentó: «Don Fernando, soy Pilar Seguín». Entonces, él la miró y le dijo: «¿Y qué hace doña Pilar Seguín sin doña Esther Guibert?». Esther, Teté, es la amiga inseparable de Pilar. Estudiaron juntas Magisterio y juntas se matricularon en el Museo de Navarra. Ambas hicieron la especialidad en Historia. A Fernando González Ollé por aquellos años le llamaban Ferdi, según le conocía uno de sus colegas, también profesor de los primeros años, Luis Miguel Enciso, ya fallecido. «Tenía mucha retranca en sus clases. Era uno de los huesos de la carrera, pero me encantaba lo que explicaba. Impartía Lengua en 1.º y Literatura en 2.º. Todos tomábamos apuntes como locos. No regalaba las notas», recuerda Pilar.

 

Diego Martínez-Caro, a la izquierda, con Francisco Ponz —entonces rector—, don Ramón García de Haro y Eduardo Ortiz de Landázuri, en 1970, saliendo del edificio Central |Archivo Fotográfico

 

A pesar de su juventud y su rostro amable, Carmen Castillo se hizo, sin pretenderlo, con fama de dura: «La primera vez que tuve que examinar esperé a que los alumnos entraran en el aula y sacaran la papeleta. Yo permanecí inmutable mientras los escuchaba, porque no estaba segura de las respuestas. Pude parecerles un ogro, pero no era más que miedo». Aunque siempre ha sido conocida por su exigencia, muchos estudiantes guardan un buen recuerdo de aquellas clases en las que «intentaba unir la exigencia con atender personalmente en lo que hiciera falta a cada uno». Así, por ejemplo, no dudó en ayudar a unas graduadas que le pidieron que les preparara para las oposiciones de instituto. Repasa también con cariño los nombres de alumnos que ahora son profesores en la Universidad: Rafael Alvira —«de mi primera promoción, era muy buen estudiante»—, Ignacio Arellano, Concha Martínez Pasamar y Cristina Tabernero —«rivalizaban entre ellas para ver quién era mejor»—, Inés Olza —del último curso en el que dio clase—... 

La actividad investigadora de Carmen no acabó en 2002 con su jubilación: acude a su despachito en Pamplona —donde atesora su propia biblioteca— cuatro horas cada día y se reúne con dos alumnas internas de la Facultad que le ayudan en la tarea profesional que continúa realizando. De esos ratos de trabajo han salido en los últimos años varios títulos de la colección «Doce uvas» de Rialp y una edición de escritos reunidos titulada Scripta Senecana en la Editorial Académica Española.

«Todos los profesores eran muy cariñosos, te exigían pero se volcaban», afirma Inés Dorronsoro. Y rememora los dibujos de Anatomía de Luis María Gonzalo  —«una maravilla, cómo pintaba»—, el verano en el que Jiménez Vargas la invitó a trabajar con él, lo didáctico que era Gonzalo Herranz —«y nos traía bombones el día de su cumpleaños»—. De Ortiz de Landázuri resalta su inquietud: «Cuando volví de Estados Unidos y trabajé en la Clínica, él venía a preguntarme por temas que yo había investigado en mi estancia fuera y me pedía bibliografía. Su ejemplo te animaba a estar al día». 

 

Rafael Echevarría con los estudiantes del Instituto de Periodismo, creado en 1958. Los primeros años las clases se impartieron en Comptos y después en el edificio Central | Archivo Fotográfico

 

Inés se casó con Ramón Díaz, su novio de toda la carrera y alumno de la primera promoción de Medicina, el 26 de junio de 1965, en la capilla universitaria del Museo de Navarra. La víspera de la boda tuvo su último examen: Historia de la Medicina con el profesor Juan Antonio Paniagua. Los recién casados se fueron a Wisconsin, porque Ramón tenía una beca de posdoc del National Institute of Health. Ella trabajó en la Universidad de Wisconsin, aunque tenían claro el futuro: «Nuestra ilusión era formarnos y volver a Pamplona». Y así lo hicieron, en el 68, con tres nuevos miembros más en su joven familia. Del 71 al 73 se trasladaron a Francia, donde Ramón siguió investigando y a Inés la contrataron en la Universidad de Tours. A su regreso a Pamplona, defendió la tesis que había empezado en el país vecino. «Bajaba las persianas para que los niños [entonces ya cinco] pensaran que era de noche y durmieran y yo me ponía a escribir», recuerda. Inés fue profesora adjunta de Microbiología y jefe de sección en la Universidad y en la Clínica hasta 1982. Ese año consiguió por oposición la plaza de jefe del servicio de Microbiología en el Hospital de Navarra, trabajo que desempeñó durante veinticinco años, compatibilizándolo con una familia en crecimiento —en 1992 nació su décimo y último hijo—. 

Como docente y alumna, Inés corrobora el afán y la ilusión de los profesores por sacar adelante la Universidad, cómo se implicaban con los estudiantes más allá de lo exclusivamente académico. Pilar destaca además que los profesores impulsaban su inquietud intelectual, así como el espíritu crítico, y afirma que la Universidad le ha dado «las herramientas para crecer: para ser consciente de quién soy, de dónde estoy, de quiénes son los que me rodean; una base importantísima para ejercitarme en la vida profesional». Sus primeros trabajos fueron en la Escuela Normal de Maestras de Pamplona. Después impartió clases en la Escuela de Turismo de San Sebastián y en la Facultad de Geografía e Historia guipuzcoana. El resto de su dedicación ha estado vinculada al Instituto Navarro de Estudios Turísticos, en Pamplona, como profesora de Historia del Arte y de Geografía, y, durante una época, como directora. De esos tiempos explicando Geografía señala cómo le sirvieron los apuntes de Alfredo Floristán. Entre sus maestros recuerda también con cariño a Leonardo Polo: «A veces nos decía: “Mañana vamos a tener examen a las cinco de la tarde; si ustedes quieren pueden venir a las cuatro y tomamos café antes juntos”. Y durante el café, en el propio Museo, nos orientaba: “Pues les voy a preguntar a ustedes algo de Kant”».

 

De izquierda a derecha: Pilar Seguín, Fermín Lorda (Derecho), Marisol Saracíbar (Historia), Esther Guibert (Historia) y M.ª Jesús Beunza (Periodismo). Detrás: M.ª Ángeles Gastón (Historia) | Archivo Fotográfico

 

La lista de profesores que dejaron huella en Javier Arregui es larga. Para su curso un hombre muy significativo fue José Javier López-Jacoiste, notario y catedrático navarro de Derecho Civil, «que era la rama troncal por excelencia en nuestra carrera»: «Hacía disertaciones tan amenas que conseguían revelar la entraña de todos los conceptos básicos. Era un hombre con un carácter espléndido». También recuerda especialmente a Francisco Sancho Rebullida, «un hombre humilde, bueno, santo y sabio». De Francisco Gómez Antón, que entonces tenía unos pocos años más que los propios alumnos, cuenta que convertía una materia árida como Derecho Administrativo en una fórmula de enseñar deleitando, divirtiendo: «Era un genio». De todos resalta Javier su cercanía y su disponibilidad para resolver dudas o ampliar información. 

Muchos de aquellos primeros profesores de los años cincuenta y sesenta de la Universidad eran muy jóvenes y compartían su vocación universitaria «entendida como dedicación a la enseñanza y a la investigación», en palabras de González Ollé. También les unía su «confianza en la empresa: contábamos con el optimismo de don Ismael y con que la idea inicial era de san Josemaría y él había rezado mucho por esto». 

 

UNA BIBLIOTECA PARA UNA UNIVERSIDAD

«Llevo investigando más de sesenta años. No sé hacer otra cosa», asegura González Ollé, quien, cada día, acude a su puesto en la Biblioteca, como hacía antes de jubilarse en 2000. Estudió Filología Románica en Madrid y allí se doctoró con premio extraordinario. Entre sus profesores figuraban Rodríguez Adrados, Dámaso Alonso y Lapesa, quienes le propusieron como miembro correspondiente de la RAE, a la que ingresó en 1985. En su alma mater ejerció de profesor ayudante y luego fue catedrático en las universidades de Murcia, Granada y Navarra, aunque su docencia se ha extendido a centros de Hispanoamérica y Japón. Que su trabajo le apasiona lo reflejan sus más de doscientas publicaciones. La última data de 2019.

 

Fernando González Ollé en 1977. Se incorporó a la Universidad como profesor en 1955 tras un encuentro con don Ismael Sánchez Bella. Lleva investigando más de sesenta años. Cada día, baja al campus a su puesto en la Biblioteca, como hacía antes de jubilarse, en el año 2000 | Archivo Fotográfico

 

Uno de los maestros de Carmen Castillo fue Álvaro d’Ors, cuya labor resultó fundamental para la Biblioteca de la Universidad. Sus criterios marcaron la distribución por ciencias y materias, y las profesionales, formadas en la Escuela de Bibliotecarias que él había creado, pusieron en marcha el servicio de préstamo de libros. Confiesa que a d’Ors no le hizo mucha gracia su decisión de estudiar Periodismo, por temor a que la distrajera de la tesis. Carmen se había matriculado porque se dio cuenta de que no sabía casi nada de la sociedad en la que vivía «y eso no estaba bien, había que salirse un poco de la Roma clásica y estar en el mundo». Aunque no ha ejercido nunca como periodista, dice que aquellas clases le proporcionaron un interés permanente por la actualidad.

Llegar a ser la segunda mujer catedrática de Filología Latina en España no resultó sencillo. Antonio Fontán, uno de sus maestros, le había dicho: «Tiene dos dificultades: una, ser mujer; y otra, ir desde aquí [una universidad no estatal]». En 1965 leyó la tesis en Madrid y tres años después consiguió por oposición el título de profesora agregada. Tras obtener por concurso el título de catedrática en 1972, se trasladó a la Universidad de La Laguna, en Tenerife, durante un año. En su despacho apareció Manuel Ferrer, entonces decano de Filosofía y Letras en Pamplona, aprovechando su asistencia a un congreso de Geografía, para proponerle volver a Navarra. «No tuvo que insistir demasiado», admite Carmen.

 

 

UN PEQUEÑO CAMPUS ABIERTO AL MUNDO

Además del papel crucial de Álvaro d’Ors en la Biblioteca, Carmen Castillo destaca también todo lo que hizo para favorecer la internacionalización: «Era conocido en Europa y tenía muchos contactos. Invitaba a conferenciantes de fuera y también nos impulsaba a los profesores a participar en eventos internacionales. Gracias a esa inquietud, conocí Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Grecia, Rumanía y Bulgaria». Para su primer congreso en el extranjero viajó a Cambridge. Era muy joven, acababa de leer la tesis y era la única española: «Los franceses me decían con cierta guasa: “¿Así que usted es la representante de España?”». 

En mayo de 1964 Fernando González Ollé impartió un programa en la Universidad de l’Ouest y convenció a un grupo de estudiantes franceses de que se matriculasen en los cursos de verano de Lengua y Cultura Españolas en Pamplona, que dirigía el propio González Ollé. De esta actividad surgió el Instituto de Lengua y Cultura españolas para extranjeros (ILCE), que pronto firmó convenios con dos Universidades norteamericanas para regular la venida de estudiantes de esa nacionalidad. En total aquel año un centenar de jóvenes procedentes de Inglaterra, Marruecos, Francia, Norteamérica y Alemania participaron en ese curso. La experiencia se repitió otros veranos.

 

Estudiantes de Periodismo consultando la prensa. La Universidad recibía periódicos y revistas de todo el mundo | Archivo Fotográfico

 

Desde la Facultad de Medicina también se promovió desde los primeros años la incorporación de alumnos de toda América. En 1966, el doctor Martínez-Caro consiguió una subvención de la OMS para visitar facultades de Kenia, Congo, Nigeria y Uganda, donde entrevistó a jóvenes que quisieran estudiar en Navarra. Por entonces ya había algunos alumnos africanos en el campus.  

En la orla de Inés Dorronsoro aparece Rafael Obiang, un compañero que llegó a ser ministro de Guinea. Ya retirada, cuando Inés daba por sentado que no se dedicaría más a la microbiología, África la llamó. Desde el hospital de Monkole, en la República Democrática del Congo, solicitaban la ayuda de médicos recién jubilados. En 2009, Ramón —su marido—, Antonio Medarde —de la cuarta promoción de Medicina— y ella estuvieron unas semanas allí. Inés volvió unos años después. Ahora es la presidenta de ONAY (Organización Navarra para la Ayuda entre los Pueblos), ONGD que colabora estrechamente con el centro congoleño.

 

LA VIDA UNIVERSITARIA EN LA PAMPLONA DE LOS SESENTA

La vida universitaria bullía desde los comienzos: deporte, representaciones teatrales, pasos del ecuador, fiestas —guateques entonces—, días del patrón… Pero, como recuerda Pilar Seguín, eran otros tiempos. Apenas había cafeterías. Durante su carrera se abrió Miami, que estaba en la avenida de Franco —actual Baja Navarra—. Un poco más tarde Maxi, en la calle Olite, y el mítico Niza. «Además, era impensable que una chica entrara sola en un bar. Siempre íbamos con un chico o en grupo. Aunque hacia el 63 eso fue cambiando», puntualiza Pilar. Para Javier Arregui el bar por excelencia era el Bilbao, al lado de Comptos. Allí, por dos pesetas tenían la banderilla, y por veinte céntimos el vaso de vino. También recuerda el bar Bearin, en la plaza del Castillo, donde celebraron un 20 de febrero de hace más de sesenta años su paso de ecuador.

«En el Museo todos nos conocíamos y sabíamos quién estaba por quién», confiesa Pilar. Su historia de amor con Iñaki empezó entre tímidos saludos: «Hasta que un día, mientras yo iba a la modista, me abordó en la calle. Llovía y me dijo: “¿Te puedo acompañar?”». Ella estudiaba 2.º e Iñaki 3.º. Se casaron en el 66, en la capilla del Museo. De sus cuatro hijos, Iñaki, el mayor, se matriculó en Filosofía en la Universidad pero en 3.º les dijo a sus padres que había elegido otro camino: la montaña. A lo largo de su vida alcanzó la cima de doce ochomiles. Falleció en 2008 en el Annapurna (Nepal). Pilar recuerda con emoción los mensajes de apoyo que recibió de sus compañeros y lo arropada que se sintió durante la misa en el campus por su hijo.

 

En 1961, Inés Dorronsoro era una estudiante de 3º. de Medicina. En la foto se encuentra a la entrada del Hospital. Al fondo se ven los edificios de las distintas dependencias | Cedida

 

Iñaki Ochoa de Olza padre pertenecía al grupo de teatro e incluso representaron obras en el Gayarre. Pilar menciona Historia de un soldado, con música de Stravinsky. Javier Arregui afirma que Iñaki «tenía una mente prodigiosa, era capaz de escribir 35 versos en un minuto y ganaba certámenes literarios nacionales». Se conocían de haber estudiado juntos en Escolapios. Durante los exámenes Iñaki le recomendaba que comiera plátanos y miel para rendir más. Javier participó en la obra Esperando a Godot, jugaba en el Trofeo Rector y fue integrante del primer equipo de baloncesto. 

En la década de los sesenta, el campus vivió acontecimientos importantes, entre los que destaca la colocación de la primera piedra de la Universidad, el 25 de octubre de 1960: «Recuerdo ese día perfectamente. Fue una gran fiesta», dice Pilar. En octubre de 1967 se concedieron los segundos doctorados honoris causa. La Asociación de Amigos celebró una asamblea general a la que acudieron treinta mil personas y san Josemaría pronunció la conocida como «homilía del campus» en una misa al aire libre que tuvo como retablo la Biblioteca recién estrenada. Cuando ve las fotos, Carmen Castillo indica sin titubear dónde estaba situada. Para ella esa homilía supuso «una apertura de horizontes».

 

Prácticas de Histología, 1955. María Luisa Subirá y María Dolores Voltas (en primer plano), Jaime Antonio Satue, Juan Sasturais, José Javier Viñes y Jesús Ferrer, entre otros | Archivo Fotográfico

 

En los nueve años que Diego Martínez-Caro fue director de Estudios de la Universidad contribuyó a impulsar la atención a los alumnos. Además de promover el asesoramiento, se ocupaba de los comedores universitarios, del incipiente programa de becas, de las múltiples actividades culturales y deportivas, y de los colegios mayores y otros alojamientos. En Goimendi, uno de los primeros edificios terminados del denominado «campus de abajo», residió Inés Dorronsoro su último año de carrera. Destaca la vida universitaria en torno a los colegios mayores: «Solíamos organizar seminarios de diferentes temas. Yo daba uno de Bioquímica; lo preparaba con esfuerzo porque sentía que era mi manera de cooperar con la Universidad». 

Martínez-Caro recuerda con especial emoción la expedición a Roma que encabezó a finales de 1965, formada por más de cien estudiantes y varios profesores, para recibir como regalo del Gran Canciller la escultura de la Virgen María, Madre del Amor Hermoso. Finalmente, no pudieron traer la imagen a Pamplona tan pronto, ya que faltaban por terminar algunos detalles: llegó unos meses más tarde y el 8 de diciembre de 1966, siendo Francisco Ponz rector, se dejó a la Virgen en la ermita. La inscripción que figura en el muro posterior recibió su forma final gracias a  los profesores Juan Antonio Paniagua y Fernando González Ollé.

 

EL «HILO DE ORO» DE LA AMISTAD Y EL CARIÑO

Javier Arregui tiene una memoria prodigiosa: nombra la lista entera de sus compañeros de 1.º, de 2.º y de 3.º. Él le resta importancia: «Yo creo que esto de la memoria es el cariño que pongas en recordar». A Javier Repáraz, José Ignacio Mina y Gabriel Biurrun los conocía ya de Pamplona. Además de ellos, otros grandes amigos que hizo en la Universidad fueron Juan Fornés, Salvador Bernal, Esteban López-Escobar y Ramón Pi —estos dos últimos, además de Derecho, estudiaron Periodismo—. También José Ángel Yanguas, Luis M.ª Pérez de Ciriza, Íñigo Díaz-Guardamino, Julio González Blázquez, Juan de Dios García-Jalón, Juan Miguel Osés de la Cruz y Tato Bores. «El carácter del navarro era un tanto retraído», admite Javier, aunque luego añade: «Pero es verdad que, en cuanto hubo esa conexión con personas de toda España, surgió tal vínculo de amistad, de entrega a los que estaban fuera de casa, que ese “hilo de oro” que nos unió entonces se sigue conservando hoy». 

Desde 1957 están en contacto casi a diario y se han reunido varias veces en Sevilla y Madrid. Sin embargo, «están deseando venir a Pamplona. Aquí hemos celebrado los aniversarios de la promoción». De esa sexta promoción de Derecho han salido notarios, registradores, abogados del Estado, directores de empresa, catedráticos… Javier obtuvo el título de secretario de Administración Pública de Navarra y en 1969 consiguió, con la mejor nota, una de las doce plazas que convocaba la Caja de Ahorros de Navarra. Allí trabajó veinticinco años de secretario general, hasta su jubilación en 2005.

 

El equipo de baloncesto impulsado por Luis Felipe Areta (arriba, primero por la izquierda) en el frontón Labrit en 1961. Javier Arregui, en primera fila, lleva el número 6 | Archivo Fotográfico

 

Javier Arregui presume de haber sido uno de los primeros en colaborar con el programa de Becas Alumni. Desde el colegio hasta 1962, él estudió con una beca de 6.000 pesetas, justo para pagar la matrícula de entonces. Por eso, cuando «el bueno de JAF [José Antonio Fernández]» puso en marcha estas ayudas de la Universidad, no lo dudó: «Me parecía legítimo. Como se suele decir, “Es de bien nacidos el ser agradecidos”. No se puede perder un buen talento por falta de dinero». 

Que no pare de crecer este cariño por parte de los alumnos es uno de los sueños de Inés para la Universidad: «En Estados Unidos conocimos a un mecenas que había financiado el estadio de tenis de la Universidad de Wisconsin, de la que era antiguo alumno. Y en la entrada de las canchas puso una placa bien grande donde se leía: “En agradecimiento al privilegio de una buena educación”. A mí me gustaría que todos los estudiantes salieran con esta idea, conscientes de lo que han recibido».

También se imagina una institución cada vez más grande, como las norteamericanas, «un lugar donde muchas personas puedan compartir y vivir el mensaje de san Josemaría. Aunque lo importante es que eso no se pierda, y si tiene que ser pequeña, que sea pequeña». Carmen Castillo cuenta que, desde los comienzos, intentaban irradiar el ideario de la Universidad «fundamentalmente con la propia vida y estando pendientes de los alumnos». Ha pasado el tiempo, pero esto no cambia: al finalizar la mesa redonda que les ha unido seis décadas después, Fernando González Ollé invita a Pilar Seguín a una visita guiada por el campus. A ella y a su amiga Esther Guibert, por supuesto. «Sueña y te quedarás corto» fue la frase de san Josemaría que Martínez-Caro se trajo cuando llegó a Pamplona. Un sueño que pronto saltó de la maleta de don Ismael, como señala Javier Arregui: «¡Cómo supo implicar a tantas personas en esta magnífica aventura!».

 

 

 



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