Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 707

Profesor Moneo, ¿me enseña usted a mirar?

Texto Beatriz Sánchez Tajadura [Com Fia 15]  Fotografía Manuel Castells [Com 87]  

Las cosas más obvias no se piensan. Nadie reflexiona sobre cómo se cepilla los dientes o la manera en que corta el filete: lo hace y punto.


En cierto modo tiene sentido: si uno tuviese que meditar cada tarea cotidiana, terminaría agotado; así que el cerebro lo hace solo y ahorra energías. Lo mismo cuando uno está en su habitación. La ve a diario, es un lugar habitual. Poquísimas personas levantarán la cabeza y se fijarán en el techo. Algunas lo harán para asegurarse de que no hay telarañas o para limpiar la lámpara, que ya tiene polvo; pero sin reparar en la viga cubierta, ni en el gotelé, ni en las ondulaciones de la pared. Y si lo hacen, son gente peculiar: arquitectos.

El espacio es una de esas cosas en que la gente no repara. Y sin embargo, no es como lavarse los dientes o trocear el filete; tareas necesarias y cotidianas, no, la arquitectura es otra cosa. Crea sensaciones sin que uno lo sepa. Algo tan fácil como comparar una celda sofocante con un polideportivo amplio y con eco. En la primera uno se encoge y le cuesta respirar, en el segundo puede estirar los músculos. Aunque solo esa minoría peculiar contemple el techo de su habitación, el espacio le influye a todo el mundo: para empezar, porque más de la mitad de la vida se va dentro de los edificios.

A veces las cosas no se piensan por obvias, otras, porque no se percibe la utilidad. Pensar en la pared de gotelé, en sí, no nos cambia la vida. Tampoco es útil decir “te quiero” o contemplar una pintura al óleo, pero aun así se hace; si el valor fuese igual a la utilidad, la mayoría de las cosas no existirían. Mirar la arquitectura es como mirar una obra de arte: no sirve para nada. Pero uno lo disfruta. La arquitectura es un arte que se vive, sí o sí. Incluso el anacoreta del desierto se refugia bajo un techo. Rafael Moneo, Premio Pritzker –el más importante en arquitectura– y Premio Príncipe de Asturias de las Artes, señala una casa y comenta que esa pared busca la calma, la espiritualidad, y sigue: “Ese espacio propicia un gusto por sentirse vivo, una satisfacción metafísica”. Entonces, uno puede pensar dos cosas. La primera es que los arquitectos no andan del todo bien de la cabeza, al fin y al cabo se refieren a paredes. La segunda es que algo misterioso habrá ahí para que un tudelano de 75 años diga eso, y el auditorio lo mire con los ojos como platos. La arquitectura es una de esas cosas obvias que a uno le traen sin cuidado, hasta que alguien como Moneo señala la pared.

La bonita contradicción

“Mirar un edificio es como comer galletas o turrón. Probar uno de aquí, otro de allá. Se trata de educar la mirada igual que se educa el paladar”, sostiene Joaquín Lorda, profesor de Historia de la Arquitectura en la Universidad de Navarra. “Solo con ser observador, sin educación arquitectónica, uno se da cuenta de muchas cosas”. Así, si uno mira la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, verá un edificio horizontal y gris, como un autobús muy largo. Tiene las paredes de hormigón liso, limpias y sin decoración. Puede que haya estudiado arte y lo relacione con el minimalismo, pero ya. Uno se queda ahí.

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