Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 707

La pregunta que derribó el Muro de Berlín

Texto Elena Díaz-Casanova [Com Fia 17], Pablo Úrbez [Com His 17], Inés Díaz Argelich [Com His 17], Jesús Dorado [Com His 17] y Javier Marrodán [Com 89 PhD 00] Fotografía Alberto Di Lolli/El Mundo (apertura) y Alamy 

El 9 de noviembre de 1989 el periodista italiano Riccardo Ehrman llegó a la rueda de prensa que estaba ofreciendo el portavoz del Politburó Günter Schabowski sin ser consciente del papel que la historia le tenía reservado. Su pregunta sobre cuándo iban a entrar en vigor los permisos para pasar del Berlín oriental al occidental y la respuesta insospechada de Schabowski —«De inmediato»— movieron a miles de berlineses que estaban viendo la televisión a dirigirse a los puestos fronterizos del Muro. Unas horas después, a medianoche, la Policía decidió levantar las barreras. Era el principio del fin del comunismo. Riccardo Ehrman vive en Madrid y, a pesar de sus noventa años, recuerda con nitidez los acontecimientos de aquel día.


La tarde del jueves 9 de noviembre de 1989 transcurría con normalidad en Berlín. El Gobierno germano-oriental daba una rueda de prensa sobre una ley de viajes. Hacía poco había entrado en vigor otra normativa muy criticada y parecía que el Politburó quería corregir sus errores. Nada nuevo bajo el sol. Desde hacía tiempo el bloque comunista, y en particular la Alemania Oriental, estaban sufriendo fuertes tensiones. Las personas sometidas a los regímenes comunistas satélites de la URSS se manifestaban, anhelando una libertad que sus líderes no podían o no querían ofrecer. Los diferentes gobiernos intentaban mantenerse en el poder, cediendo un poco. Sin embargo, nada hacía presagiar que esa misma noche sucedería uno de los acontecimientos más decisivos de la historia reciente. El muro de 155 kilómetros que desde 1961 dividía Europa en dos mundos opuestos se destruyó. Un muro que se levantó en una noche y cayó derrumbado en otra. 

 

Una pésima solución a la división entre la urss y el resto

 En 1945, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Europa estaba devastada y habían muerto más de cincuenta millones de personas. El Reino Unido, Francia, Estados Unidos y la URSS, las potencias vencedoras, se reunieron en la Conferencia de Postdam para estudiar un nuevo orden geopolítico. Con el objetivo de evitar una nueva guerra, pactaron repartirse Alemania entre ellos. La parte occidental quedó en manos de británicos, franceses y estadounidenses y la oriental, en las soviéticas. La ciudad de Berlín, que se encontraba en zona oriental, quedó también dividida. El pueblo germano tendría que esperar casi cincuenta años para volver a ser un país unido.

Pronto surgieron discrepancias entre los vencedores. Los aliados occidentales querían implantar una moneda más estable en todo su territorio, y los soviéticos vieron en esta medida una provocación, pues pretendían instaurar su propia unidad monetaria no solo en su ámbito sino también en la ciudad de Berlín. Los aliados anunciaron que en la zona occidental de la capital únicamente sería válida su moneda. Así empezó el conflicto. En 1948 Stalin bloqueó las rutas terrestres hacia Berlín oeste. Pretendía controlar toda la ciudad.

Durante once meses los soviéticos aislaron el núcleo urbano. Las potencias occidentales no cedieron a las presiones del Kremlin y organizaron un puente aéreo. Los aviones sobrevolaban día y noche el cielo berlinés para entregar provisiones a los ciudadanos. Berlín occidental acabó mejor abastecido que el oriental, que tenía todas las fronteras abiertas. Viendo que su estrategia no daba resultado y que incluso se volvía en su contra, Stalin levantó el bloqueo en mayo de 1949.

Poco a poco, Moscú introdujo el sistema comunista en la zona oriental. Las expropiaciones se volvieron habituales. Todo quedó bajo el dominio del único partido: el SED, el Partido Socialista Unificado. De esta manera comenzó el enfrentamiento entre los dos núcleos de poder que querían controlar Europa, cada uno de los cuales representaba un estilo de vida completamente distinto; la URSS era el paladín del comunismo mientras que EE. UU. lo era del capitalismo. La ruptura tomó forma con el nacimiento de dos países diferentes; el 23 de mayo de 1949 la Alemania Occidental se convirtió oficialmente en la República Federal Alemana y, en octubre de ese mismo año, con una constitución soviética, nació la República Democrática Alemana.

Pronto se mostraron claras las preferencias de los alemanes. Numerosos ciudadanos del Este emigraron hacia la Alemania Occidental; entre 1949 y 1960 tres millones de personas abandonaron la zona comunista y en 1960 huyeron doscientas mil. Debido al éxodo masivo, la República Democrática se fue quedando sin capital humano. 

Ante semejante tesitura, los responsables políticos no vieron otra solución. La noche del 12 al 13 de agosto de 1961 construyeron un muro en Berlín. Su objetivo no era impedir la entrada en el país, sino evitar la salida de sus propios ciudadanos. Sin embargo, los comunistas lo bautizaron como «muro de protección antifascista». En Occidente lo llamaban «muro de la vergüenza». 

 

El Berlín comunista

 El muro cumplió quince años en 1976, cuando Riccardo Ehrman —periodista florentino nacido en 1929— llegó al este de Berlín como corresponsal. Ehrman, que trabajaba para la agencia italiana de noticias ANSA, no sabía el papel que la historia le tenía reservado. Después de haber ejercido su profesión en Canadá y en Estados Unidos, el contraste al llegar al Berlín comunista resultó más que evidente: «La gente no se atrevía a expresar su contrariedad. En efecto, si tú le preguntabas a alguien cómo estaba, la respuesta clásica alemana era “Es mufs”, es decir, “Como se debe”. No te decían “Bien”, sino “Es mufs”».

El desempleo no estaba generalizado en la RDA, pero el salario era mínimo para todos: «La Alemania del Este era un Estado que tenía aspectos increíbles: había trabajo y casa para todos. No había mendigos. Decían que no existía prostitución. Era falso. ¿Y las drogas? No, no, en absoluto. Pero, claro, era un país comunista. Un conductor de tren cobraba casi tanto como un profesor universitario, porque decían que el trabajo es el mismo. No veían la diferencia básica entre una ocupación intelectual y otra manual».

La falta de libertad y de prosperidad era lo que hacía infelices a los alemanes orientales. Berlín Este se había convertido en una prisión de máxima seguridad. Seiscientos guardias fronterizos y trescientas torres vigilaban el Muro a todas horas. Los soldados tenían orden de disparar a matar a cualquiera que se atreviese a cruzarlo. El Ministerio para la Seguridad del Estado, más conocido como Stasi, controlaba la actividad diaria de los ciudadanos. Muchos alemanes del Este vivían frustrados y descontentos, pero no había una oposición organizada contra el régimen. La represión de la Stasi era eficaz: quien se oponía corría el peligro de desaparecer. «Sucedía lo mismo que hoy en Cuba: nadie se atrevía a oponerse porque ibas a acabar en prisión. Había una cárcel, cerca de Dresde, que se llamaba Bautzen; era el terror de todos los alemanes porque, si te lanzabas a hacer algo o a expresar opiniones diferentes, te llamaban fascista y te mandaban a la cárcel y desde allí a campos de reeducación, que eran realmente de concentración; las personas no morían allí, pero eran muy duros. “Existe el terror”, decíamos; lo llamábamos miedo, pero en realidad se trataba de terror».

El Muro no era noticia en la Alemania Oriental. Nunca se publicaba sobre las fugas ni sobre las víctimas. En Berlín, Riccardo no podía informar sobre ello. La propia agencia ANSA establecía que los periodistas de la Alemania Occidental eran quienes se encargaban de las novedades sobre el Muro. Los titulares procedían de la parte occidental. «Por un acuerdo con los compañeros de Bonn, las daban ellos. En la zona oriental, ni una vez salió una noticia sobre los intentos de pasar a Occidente. Algunas veces hablaban de un ciudadano al que habían hallado culpable de alta traición por una “fuga del Estado”. Así definían ese crimen: staatflucht».

Riccardo vivía y trabajaba en Berlín Este, pero todas las mañanas cruzaba a la otra zona a través de uno de los puestos fronterizos del Muro. Allí se dirigía al consulado italiano a leer la prensa occidental. No era fácil ser periodista en un régimen en el que apenas había información. «Rarísima vez te comunicaban que había accidentes de tráfico con muertos o con heridos. Te daban solo noticias positivas: la inauguración de un nuevo círculo cultural comunista o la apertura de una fábrica con fotos de sus empleados contentos».

 

Honecker, puesto en evidencia por la Perestroika

 Ehrman se relacionaba con personas importantes del régimen para conseguir datos y referencias, especialmente con el embajador de la RDA en Roma, Klaus Gysi, a quien invitaba a tomar comida italiana en su casa. Siguiendo al embajador, otras autoridades como el ministro de Asuntos Exteriores o el director de la agencia de noticias oficial, la ADN, pasaron por el domicilio de Riccardo. Allí no podían hablar de asuntos políticos, pues había micrófonos ocultos en varias habitaciones: el baño, la cocina, el dormitorio... El periodista los descubrió cuando, durante las primeras semanas de su estancia en el Berlín oriental, visitó al jefe de Prensa de la embajada estadounidense. «El encargado de prensa, un señor muy simpático, me dijo que era de la CIA. Luego me comentó: “¿Quieres saber dónde están los micrófonos en tu casa?”. Yo respondí: “Sí, claro”. “Mañana te mando a uno de los míos”, replicó. Vino un tipo que tenía un detector de metales y localizó todos».

A través de Klaus Gysi, Riccardo se enteró, por ejemplo, de que Erich Honecker, el presidente de la RDA desde 1971, iba a ser destituido en el otoño de 1989. Pero no lo pudo hacer público, pues la censura estaba a la orden del día. Muchos periodistas occidentales acabaron siendo expulsados por intentar saltársela. «La censura consistía en eso: si alguna vez escribías algo que no les gustaba, no te lo cortaban, pero al día siguiente te decían: “Herr Ehrman, hemos leído su noticia. No era perfecta; la próxima vez lo puede hacer un poco mejor”». 

Relacionarse con miembros del régimen y seguir informando con independencia resultaba complicado. Riccardo debió rechazar en más de una ocasión puestos que le ofrecieron algunas autoridades. «Me proponían: “¿Usted querría ser miembro de nuestra organización cultural?”. “No, gracias. No puedo”. Se trataba de mantenerse fuera. Creo que me respetaron bastante. No tuve ningún problema con las autoridades del Este».

Por otra parte, la prensa occidental estaba prohibida. La desinformación hizo que los alemanes orientales se las ingeniasen para adaptar sus televisores y ver los programas de la zona oeste. «La televisión de esos años era una propaganda constante y perfecta del buen modo de vivir occidental. Mostraba viviendas espléndidas, coches maravillosos… Todos tenían casas con lujos increíbles. Los pobres alemanes del Este veían aquello, pero lo tenían prohibido. Para ellos, conocer eso era también un motivo de infelicidad». Los alemanes del Este quedaban impresionados asimismo con los artículos básicos que aparecían en la publicidad: desodorantes, perfumes y jabones. En más de una ocasión, algunos berlineses le pidieron a Riccardo que les trajese productos del otro lado del Muro.

Para Riccardo, uno de los errores que cometieron los soviéticos, no solo en la Alemania Oriental sino en todos los países comunistas, fue la apertura de las tiendas intershop, es decir, establecimientos en los que solo se podía comprar con dinero occidental. En Rusia se llamaron matrioskas. «Esa medida generó ciudadanos de dos categorías. Ellos, que afirmaban que vivían en una sociedad sin clases, en verdad habían creado dos: los que tenían el dinero occidental y los que no lo tenían».

A partir de mediados de los ochenta, el presidente soviético Mijaíl Gorbachov impulsó la Perestroika, una reestructuración económica y social y, poco a poco, se liberalizó el sistema comunista de la URSS. Esta apertura también llegó a la Alemania del Este, y más de cuarenta mil personas abandonaron el país con salvoconductos legales. Pero aun así hubo muchos que continuaron escapando de modo ilegal, a través de peticiones de asilo en las embajadas de Hungría, Checoslovaquia y Polonia. A causa de la presión internacional, la RDA se vio obligada a abrir sus fronteras con Austria y con Hungría en junio de 1989. 

En octubre de ese año, el presidente Honecker abandonó el Gobierno del país, pues sus políticas no coincidían con las más aperturistas de Gorbachov. El Politburó oriental sometió a votación la expulsión de Honecker y, por disciplina de partido, tuvo que votar contra sí mismo. Así, hubo unanimidad.

«Más tarde Schabowski me confesó que Honecker, que era mucho más estalinista que Gorbachov, quería intervenir en Polonia después del movimiento de Solidarnosc [Solidaridad]. Había movilizado al Ejército para realizar una operación rápida y eliminar al jefe del sindicato, Lech Walesa. Por suerte, los dirigentes comunistas se dieron cuenta de que resultaba imposible que los alemanes invadieran una vez más Polonia: recordaba a los inicios de la Segunda Guerra Mundial».

El 4 de noviembre un millón de personas se manifestó en Berlín a favor de la democracia, y tres días después dimitieron siete miembros del Consejo de Ministros. 

 

La gota que colmó el vaso

 El 9 de noviembre Riccardo Ehrman acudió como de costumbre a un encuentro informativo en el Centro de Prensa. Llegó tarde por problemas de aparcamiento. Eso hizo que al entrar tuviese que sentarse a los pies del estrado, donde intervenía el portavoz del Politburó, Günter Schabowski.

Dos días antes, el Gobierno había propuesto una nueva ley de viajes que prometía supuestas facilidades para cruzar las fronteras con un visado que podía obtenerse en treinta días. Riccardo sabía que esta era una de tantas promesas sin cumplir del régimen comunista. Tras largas declaraciones del portavoz, Ehrman formuló una pregunta que no tenía preparada: «Señor Schabowski, ¿no cree que ha sido un error la ley de viajes que usted mismo comunicó hace pocas semanas?».

Esta pregunta desencadenó todo. Schabowski, incómodo, comenzó a decir que el Gobierno de la RDA no se equivocaba. Poco después, sacó un documento de su bolsillo y anunció que desde ese día los ciudadanos podían salir de la RDA. «Fueron tres cuestiones en realidad, porque después de que él dijera eso yo le pregunté: “Ab wann?” (“¿Desde cuándo?”). Probablemente él cometió un fallo porque, mirando el folleto, dijo: “Aquí no está escrito, pero, que yo sepa, desde este momento; seguramente desde este momento”. Se equivocó, porque en realidad debía ser desde la mañana siguiente. Por último, planteé si eso se aplicaba también para Berlín Occidental, y Schabowski contestó: “Sí, vale también para Berlín Occidental”».

Las ruedas de prensa del Berlín Este solían ser monótonas y huecas. Pero ese día Riccardo se dio cuenta de que lo que anunciaba Schabowski iba en serio. «Nunca antes habían hecho declaraciones tan precisas. Antes decían: “Vamos a dar facilidades para  viajar” o “Desde los próximos días será posible obtener el pasaporte de modo bastante rápido”. Todas eran promesas falsas, pero en ese momento se podía comprender que esto era creíble, que era verdad, que era una decisión tomada».

Riccardo creía que muchos periodistas saldrían pensando como él de la rueda de prensa. La noticia era demasiado importante como para no comunicarla en ese mismo instante. Pero, para su sorpresa, solo dejaron la sala él y un diplomático alemán, el jefe de Prensa de la delegación de Alemania Occidental. Él llamó inmediatamente a su agencia para darles su opinión sobre la inminente caída del Muro pero, de entrada, no le creyeron.

Riccardo no sabía que la rueda de prensa se había retransmitido por televisión y que miles de alemanes, que la habían seguido en directo, se estaban abalanzando hacia los puestos fronterizos para pasar a Occidente. Él se dirigió al más cercano al Centro de Prensa: la estación de ferrocarril de Friedrichstrafse. «Entre la multitud que estaba esperando alguien me reconoció y empezó a decir: “¡Es él, es él!”. Entonces me subieron a hombros y como periodista viví una experiencia única».

Las personas que se agolpaban en la frontera pidieron a los guardias que los dejasen pasar, aludiendo a que lo había dicho el Gobierno por televisión. La Policía no sabía nada: no habían recibido ninguna orden. Ni siquiera el propio Schabowski era consciente de lo que él mismo había notificado en la rueda de prensa. «Schabowski no quiso decírmelo, pero me hizo comprender que él había recibido ese folleto justo antes de hablar a los periodistas y que el nuevo jefe de Estado —Egon Krenz— le había dicho: “Günter, aquí tienes algo para tu rueda de prensa”. Así que no estaba nada preparado y solo después fue consciente de lo que estaba divulgando».

Pasaron las horas. Millares de personas se aglomeraban a ambos lados del Muro. El contraste era enorme. En una zona, los berlineses occidentales, muy excitados, intentaban echar el muro abajo y cruzar. En la otra, los orientales esperaban con precaución y miedo, en silencio, a que los guardias tomasen una decisión. A medianoche levantaron las barreras. Fue un milagro que no se produjese ningún disparo. Solo uno hubiera bastado para desencadenar la tragedia. 

Jóvenes y no tan jóvenes treparon por aquellas paredes. Algunos portaban bengalas y ondeaban la bandera alemana. Vitoreaban, cantaban, bailaban. Otros cogieron picos y empezaron a destruir poco a poco el muro que durante veintiocho años les había mantenido separados de Occidente. Fue el inicio del fin del comunismo. Un icono de los desastres del siglo xx estaba desapareciendo en pocas horas.

Tras equivocarse y anunciar la entrada en vigor inmediata de una ley aprobada para algo más adelante, Schabowski pasó a la historia como el político que sacó a la calle a los berlineses dispuestos a derribar la pared que les separaba de su libertad. Junto a otras figuras destacadas del régimen de la Alemania Oriental, fue condenado por asesinatos relacionados con el Muro y las fronteras. Fue el único que aceptó su culpabilidad moral y eso hizo que pasara únicamente tres años en prisión, entre 1997 y 2000.

Ehrman y Schabowski se hicieron amigos. «Él me dijo: “Nadie se había atrevido antes a hablarme así. Has sido el primero y también el último”. Admitió que la caída del Muro resultaba inevitable; era necesario abrir las puertas para la alegría del pueblo alemán».

Antes de fallecer en 2015, Schabowski publicó en 2009 un libro sobre el régimen de la RDA: «Cuando fui a verle por última vez hace unos años en Berlín me dio un libro suyo titulado Wir haben fast alles falsch gemacht, que significa “Nos hemos equivocado en casi todo”. Me lo entregó mientras me decía: “Aquí está la contestación a tu pregunta”».

Riccardo recibió años más tarde una medalla conmemorativa de aquella rueda de prensa. El presidente alemán Willy Brandt le felicitó por haber realizado «una pregunta corta, pero con un gran efecto»: el final del Muro de Berlín. Pero quedan otros: «Yo creo que los muros son malos por definición, estén donde estén: en Israel, en México, en Europa... No tendrían que existir, no debería hacer falta construirlos. Esperemos que todos se derriben como el de Berlín».