Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 713

Una máquina para vivir

Texto: Laura Juampérez [Com 05]. Colaboradora: Ana Eva Fraile [Com 99]

La pandemia ha puesto patas arriba muchos aspectos de nuestra existencia. Uno de ellos, nuestros hogares. Por primera vez en la historia, el mundo entero se vio encerrado entre cuatro paredes durante meses. Fruto de reflexiones que ya venían dándose en la arquitectura y la edificación, los expertos ven en este momento la oportunidad de transformar la vivienda para que sea, de verdad, la máquina que nos ayude a vivir de manera sostenible y no un mero contenedor donde sobrevivir.


 

LA PRIMERA CIUDAD BOSQUE DEL MUNDO

[Foto principal] Imagen: ©Stefano Boeri Architetti

 

Qué: La naturaleza como elemento central del paisaje humano. Además de proteger la biodiversidad y combatir la contaminación, la ciudad será plenamente sostenible y autosuficiente en cuanto a energía y alimentos. 

 

Cuándo y dónde: Comenzó a construirse en 2017 en Liuzhou (región de Guangxi, China). Cubre 175 hectáreas a lo largo del río Liujiang, de las que 138 serán verdes.

 

Algunas cifras: Acogerá a 30.000 personas, absorberá unas 10.000 toneladas de CO2 al año y producirá 900 de oxígeno. 40.000 árboles y un millón de plantas rodearán los edificios. 

 

Quién: Estudio de Stefano Boeri (Italia), conocido por sus bosques verticales, concepto al que dio forma en Milán en 2014.

 

«La casa es una máquina para vivir», sentenció Le Corbusier allá por 1914 cuando creó el concepto de la Casa Dominó. Había una necesidad real, concreta, urgente: la Primera Guerra Mundial estaba asolando el continente y se debía reconstruir Europa con ligereza. El modelo Dominó del suizo permitía levantar viviendas mucho más rápido gracias a un sistema estructural para la fabricación en serie, la racionalidad y la funcionalidad en el diseño. Cien años después, la última premio Pritzker —el equivalente al Nobel en esta disciplina—, la francesa Anne Lacaton, recogió en Pamplona ese testigo atemporal del maestro y sostuvo en septiembre de 2021, durante el VI Congreso Arquitectura y Sociedad, que «la casa es el reto más hermoso al que se enfrenta la arquitectura contemporánea». 

Entre ambas concepciones del espacio habitado media un siglo durante el cual se han sucedido corrientes que prometían crear la vivienda perfecta, más bella, cómoda, funcional, económica y adaptada a las necesidades de los usuarios: de la Bauhaus a la escuela de Chicago, del eclecticismo a la arquitectura estalinista. ¿Cuál es el desafío, entonces, de nuestro siglo? Los hay de muchos tipos, pero los expertos consultados por Nuestro Tiempo, con perspectivas más o menos convergentes, han coincidido al enfrentarse a este ejercicio distópico en tres puntos vertebrales: el papel creciente de la tecnología, la electrificación de la movilidad y, sobre todo, un cambio de mentalidad que deje de lado el consumo exacerbado. Y por encima —o quizás por debajo— de todo ello señalan un reto inaplazable: la sostenibilidad, tanto en términos ambientales como sociales. La casa del futuro se situará —así al menos lo desea la Declaración Universal de los Derechos Humanos— en una ciudad y una comunidad «sostenible, inclusiva, segura y resiliente»

 

EL MODELO AGOTADO DE «USAR Y TIRAR»

Uno de los elementos que parecen definir la casa del futuro es su apertura. No es ya la casa sola, sino que la idea de habitar se extiende al entorno inmediato —el bloque, el barrio— y más lejos todavía —la ciudad— para señalarle a la arquitectura un camino integrador.  Ana Sánchez-Ostiz, directora del Máster en Diseño y Gestión Ambiental de Edificios de la Universidad de Navarra, piensa en Copenhague cuando busca un modelo imitable de casa, barrio y ciudad. La capital de Dinamarca, con sus casi dos millones de habitantes en el área metropolitana, edifica, urbaniza y habita de modo sostenible. «Existe en esa ciudad con un marcado carácter social un equilibrio entre la presencia de la naturaleza y del agua», resume.

La ONU propuso en 2015 diecisiete Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que considera deseable alcanzar antes de 2030. Muchas de esas metas hacen hincapié en la sostenibilidad. Sánchez-Ostiz considera que «la vivienda del futuro tiene que integrarse en un entorno que equilibre los ODS ambientales y los sociales. Y aquí cada persona debe asumir la responsabilidad que le toca para lograrlos. Lo más disruptivo en nuestra forma de habitar será el cambio hacia un consumo responsable de los recursos».

Dentro de este nuevo paradigma, la experta apuesta, sin duda, por una casa «altamente eficiente que, además de no producir impactos negativos, genere otros positivos en el medio y en las personas». Esto quiere decir que las viviendas serán autosuficientes y producirán energía de sobra. «Para que sea así resulta imprescindible concebir estas casas en barrios o manzanas solidarias en términos energéticos, donde las viviendas con mayor exposición al sol compartan el excedente que obtengan a través de placas solares con aquellas menos soleadas, por ejemplo». 

La directora del Departamento Técnico de VISESA —la sociedad pública vasca de vivienda y rehabilitación urbana—, Nerea Morgado  [Arq 99], también señala esta tendencia a la creación de «comunidades energéticas» con el objetivo de producir energía limpia colectiva: «El cambio climático nos va a obligar a introducir la refrigeración en los hogares mediante fuentes renovables. La generación de frío va a tener, de hecho, más importancia que la de calor, e implicará el uso de bombas de calor y una mayor electrificación».

Esta representación de la ciudad como un organismo vivo y altamente interconectado facilita comprender las posibles soluciones de futuro, porque la importancia y el tamaño de las ciudades no va a hacer más que crecer en los próximos años. La mitad de la humanidad —3500 millones de personas— vive hoy en ciudades, pero se estima que para 2050 será ya un 70 por ciento. Las metrópolis, que ocupan el 3 por ciento de la Tierra, consumen entre el 60 y el 80 por ciento de la energía y generan el 75 por ciento de las emisiones de carbono. Al mismo tiempo, una de cada cuatro personas en esas ciudades —unos 883 millones— malvive en barrios marginales, en su mayoría en Asia oriental, donde el 90 por ciento de los moradores respira aire contaminado, lo que causa indirectamente unos 6,5 millones de muertes al año, según un informe publicado por la ONU a finales de septiembre de 2021. El estudio prevé que el 95 por ciento de la expansión de terrenos urbanos en las próximas décadas se dé en el mundo desarrollado, y alerta: «La rápida urbanización está ejerciendo una presión insostenible sobre los suministros de agua dulce, las aguas residuales, el entorno de la vida y la salud pública».

Tratando de atajar este problema, Miguel A. Alonso del Val, fundador y director del estudio AH Asociados y profesor de Proyectos en la Universidad de Navarra, considera que «la regeneración urbana es prioritaria porque la ciudad acarrea costes sociales y económicos enormes. Y aunque la nueva construcción resulta inicialmente más barata, el valor de la recuperación y la reutilización supone un retorno social muy superior en el medio y el largo plazo, que es la perspectiva que hay que tomar para introducir cambios significativos en nuestro modo de habitar». Sánchez-Ostiz coincide en este diagnóstico y añade a la ecuación la idea de circularidad: «No podemos seguir en el usar y tirar, derribar y volver a construir, sino que hay que pasar al concepto de durabilidad. Y para eso la rehabilitación resulta clave».

Para Alonso del Val, la reducción del impacto en la construcción también debe comprender su mantenimiento: «Vamos a rehabilitar de forma más eficiente y a construir de modo que las viviendas requieran menos recursos. No obstante, en el caso de España habrá probablemente un impulso notable de la obra nueva ya que el consumo actual de metros cuadrados por habitante es inferior al de otros países de nuestro entorno». Una familia de cuatro miembros en Suiza vive en más metros cuadrados de media que una española, y esa demanda de espacio se ha disparado tras la pandemia, «cuando muchas personas se quedaron aisladas en microcasas y sufrieron muchísimo».

En este sentido, en opinión de Evyatar Erell, profesor del departamento de Geografía y Medioambiente de la Ben Gurion University of the Negev, en Israel, la mayor parte de las viviendas que ocupará el género humano en el año 2050 en los países desarrollados ya están construidas. Por eso vaticina que los cambios más relevantes «no se experimentarán en los espacios interiores, sino en el medio exterior y en el espacio público, donde el peatón volverá a recuperar el protagonismo en lugar del automóvil». 

 

EL RASCACIELOS CULTIVABLE

 


©Precht

 

Qué: The Farmhouse (marzo de 2019) es una granja vertical, construida con módulos prefabricados de madera contralaminada (CLT), que pretende devolver el medioambiente a las ciudades. Persigue revertir el cambio climático y reconectar a los ciudadanos con el proceso de cultivo de los alimentos, ya que cada vecino tiene su huerto.

 

Cómo: La granja funciona con un ciclo de vida orgánico. El calor generado por el propio edificio ayuda a crecer a las plantas; en el sótano los residuos biológicos se convierten en abono para cultivar más alimentos; y un sistema filtra y enriquece con nutrientes las aguas pluviales y grises para reutilizarlas en los invernaderos. Los jardines verticales actúan como amortiguadores climáticos entre la torre y su alrededor, al tiempo que contribuyen a ventilar naturalmente los espacios interiores.

 

Quién: Estudio Precht (Austria), liderado por Fei y Chris Precht. Consideran que, si la sociedad permanece desconectada del ecosistema, será incapaz de encarar la emergencia climática. Por eso sus proyectos aspiran a devolver la naturaleza a las ciudades a través de la arquitectura. 

 

DEL HORMIGÓN A LA MADERA PREFABRICADA

La casa del futuro será de madera. Resultar barata, rápida, manejable y con menor huella ambiental son sus principales ventajas. Aunque se ha rechazado tradicionalmente este material por ser muy inflamable, su respuesta al fuego —la capa carbonizada aísla o protege de quemarse al resto— permite diseñar edificios seguros. Además, existen hoy tratamientos que vuelven ignífuga la madera. El profesor Erell, que ha estudiado la adaptación de la vivienda a entornos desérticos a través de la casa que él mismo levantó y habitó en el corazón de Israel, considera que el estándar de nueva construcción debe ser una apuesta por «los edificios de altura media, los más sostenibles en la mayor parte de los entornos, hasta que los edificios en madera puedan alzarse como la realidad más extendida. En ellos caben mejoras en la envolvente térmica y en las instalaciones con menor coste y máxima eficiencia».

Los edificios de madera en altura, no obstante, ya han dado el salto del ensayo a la realidad. Ejemplos como la Torre Mjøstårnet en Noruega, situada en la ciudad de Brumunddal, demuestran que ya es posible elevar con este único material dieciocho pisos para apartamentos, un hotel, oficinas y zonas comunes con una superficie de 11.300 m2 y 81 metros de altura. «En el caso de la residencia para estudiantes Brock Commons Tallwood House,  en la Universidad British Columbia, sus dieciocho pisos de altura se construyeron en sesenta y seis días y el material para hacerlo se prefabricó en setenta, con una estimación de ahorro de 679 toneladas de gases de efecto invernadero y un reservorio de CO2 de 1753 toneladas», explica José Manuel Cabrero, director de la Cátedra Madera de la Universidad de Navarra y el Gobierno de Navarra.

Cabrero vislumbra que la vivienda del futuro combinará, cada vez con mayor frecuencia, distintos materiales pero con prevalencia de la madera, por sus ventajas competitivas, ligereza, facilidad de trabajo, propiedades térmicas y acústicas y su adaptación a otro ámbito completamente disruptivo en la construcción: la digitalización. «Ahora mismo las casas de CLT (paneles de madera contralaminada) se diseñan con un modelo informático que llega a la empresa y en obra solo hay que colocar las piezas. Esto supone una reducción en los tiempos de fabricación y montaje inalcanzable con otros materiales. A su vez, esa digitalización asegura unos estándares de calidad del resultado final muy elevados y una gran personalización de cada casa al gusto del cliente».

Estas ventajas se hacen aún más evidentes en el medio urbano. «En Londres —continúa Cabrero—, donde se comenzó a construir con CLT en altura, han visto cómo se simplifica enormemente la cimentación, ya que pesa mucho menos y son edificios ideales cuando existen instalaciones en el subsuelo de la ciudad, como el metro. Levantarlos provoca menos ruido, menos camiones en la obra, mucho menos tiempo de construcción». 

Si además tenemos en cuenta que la vivienda del futuro debe adaptarse a unas condiciones climáticas externas y requerimientos internos de confort cambiantes, el profesor apunta que la madera vuelve a ser la materia prima idónea: «Ya existen procedimientos técnicos para cambiar las propiedades de la madera y hacer que la vivienda reaccione a las condiciones de humedad, temperatura o exposición al sol». Este material también ayudará, en opinión del experto, a favorecer un espacio interior mucho más flexible que el que disfrutamos en la mayor parte de las viviendas. «Ya no hablaremos de salón, cocina o habitaciones —añade Miguel A. Alonso del Val— sino que todo el espacio tendrá usos compartidos e intercambiables. No se trata del formato que ya se probó de “la casa que crece” [una construcción a la que se le añaden habitaciones si son necesarias] sino que los mismos metros cuadrados se reordenarán de manera diferente para cubrir las necesidades del usuario, sin separaciones físicas entre usos o entre zonas de trabajo».

En esa línea, Nerea Morgado asegura con contundencia que «la casa de 2050 va a ser un hogar sin jerarquías. Previsiblemente, tendrá menos estancias pero de más tamaño, y los espacios serán versátiles para permitir integrar todas las vertientes de la vida: la familia, el ocio, el trabajo, el descanso, el deporte o la formación. También contará con espacios exteriores o de transición, verdes, que le doten de mayor desahogo con el máximo aprovechamiento solar, óptima calidad del aire interior y tecnología avanzada de control para facilitar la gestión y optimizar los recursos». 

Morgado observa además otra tendencia: entender la casa como un servicio, no como un producto. El País Vasco, donde trabaja, es una de las comunidades autónomas con mayor demanda de hogares y menos disponibilidad de suelo. En un contexto así cobra más importancia la rehabilitación y la regeneración urbana, para reconvertir inmuebles obsoletos. En este sentido, considera que la vivienda pública de alquiler será una opción generalizada en las ciudades, de modo que las casas sean capaces de adaptarse y responder a las diferentes etapas vitales de sus ocupantes.

 

RENOVADORES DEL LEGADO URBANO

 

©Lacaton&Vassal

 

Qué: Las ciudades del futuro tendrán como pilares edificios ya en pie. Por ello, la actualización del entorno construido resulta clave para frenar el impacto del sector en el cambio climático. Un claro ejemplo es la transformación del antiguo Hospital Saint Vincent de Paul en un edificio de apartamentos de altura media.

 

Cuándo y dónde: Proyecto en curso en París desde 2021.

Cómo: Esta propuesta ilustra una visión de la sostenibilidad entendida como un equilibrio entre lo económico, lo medioambiental y lo social. Al tiempo que se renueva una infraestructura anticuada, se incrementa el espacio habitable gracias a la incorporación de jardines de invierno y balcones, en los que se recurre a paneles de policarbonato y a tecnologías propias de invernaderos.

 

Quién: Estudio Lacaton & Vassal (París), fundado por Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal. Les define la máxima «Nunca demoler» y su trabajo se centra en cuidar los edificios existentes en las áreas urbanas. En 2021 ganaron el Premio Prtizker por su compromiso con una arquitectura restauradora que es a la vez tecnológica, innovadora y ecológicamente sensible, según destacó el jurado.

 

CASA INTELIGENTE, AUTOSUFICIENTE Y AUTOGESTIONADA

César Martín-Gómez, catedrático de Instalaciones y Sistemas Energéticos en la Universidad de Navarra, compara la casa del futuro con un coche: «Igual que hemos aprendido a utilizar con sencillez una herramienta tan sofisticada como un coche —con sus sistemas de geolocalización, de audio, de climatización diferenciada en las distintas partes del habitáculo, que integra motores híbridos o eléctricos y que incluso se pilota automáticamente—, nuestras viviendas van a ser cada vez más complejas pero más fáciles de manejar y de mantener gracias a sistemas que se comportarán de un modo muy fiable. La inteligencia artificial ya permite que nuestro hogar aprenda nuestras costumbres y se adapte a ellas. En pocos años podremos, además, reutilizar completamente el agua, producir y acumular energía térmica y eléctrica y que la gestión de nuestros residuos se realice en su mayor parte, o en su totalidad, en la propia vivienda».

Este incremento en la complejidad tecnológica supondrá más profesionales implicados en el diseño de las viviendas, y los arquitectos, al parecer del profesor Martín-Gómez, se encargarán de coordinar todo el proceso: «Arquitectos e ingenieros, fundamentalmente, crearán las tripas tecnológicas que facilitarán la vida de los usuarios, pero estos no sufrirán una curva de aprendizaje de semanas para vivir en su casa, sino que será todo mucho más sencillo. Al igual que las luces de los coches se encienden, regulan y apagan en función de la iluminación exterior o los nuevos modelos de automóvil se diseñan para que duren cada vez más tiempo, ¿por qué no lograr la misma facilidad de uso y durabilidad para nuestro hogar?».

El reto, en este sentido, será cómo sustentar esa mayor tecnologización y al mismo tiempo reducir las emisiones de gases contaminantes. «Las personas seguiremos ocupando viviendas cada vez más amplias equipadas con aplicaciones que demandarán más energía —razona el profesor Evyatar Errell—. Aunque esas aplicaciones se vuelvan más eficientes, nuestro consumo va a crecer a un ritmo superior. Lo vemos claramente en los dispositivos de aire acondicionado, que casi han doblado su eficiencia en los últimos treinta años sin que haya disminuido el consumo medio de energía». Por eso, el investigador apostilla que la reducción de emisiones de CO2 solo será posible si se reemplazan los combustibles fósiles por energía solar o eólica y se electrifica nuestro consumo.

En efecto, lo más probable es que dentro de treinta años se haya producido un desarrollo vertiginoso de los dispositivos electrónicos y el internet de las cosas, tal y como indica Jesús Miguel Santamaría, director del Instituto de Biodiversidad y Medioambiente de la Universidad de Navarra. Este avance tecnológico, junto con el aumento de la temperatura del planeta, propiciarán muchos cambios. «Para hacer frente a los impactos que se deriven de la crisis climática —como sequías, inundaciones, contaminación, pandemias, elevado consumo eléctrico…— la tecnología proporcionará herramientas de control que los minimizarán. Permitirá a los edificios, a través de la colocación de una gran variedad de sensores, manejar datos que ejecuten modelos matemáticos y se anticipen a un entorno cada vez más cambiante», vaticina Santamaría.

«Las ciudades y los hogares serán inteligentes —asegura—. Permitirán monitorizar con gran precisión las condiciones ambientales y las concentraciones de contaminantes en los distintos espacios de la vivienda. En función de esos datos, el ordenador central tomará decisiones, como la apertura o el cierre automático de ventanas, la activación de filtros y extractores, el aumento o descenso de temperatura, de humedad relativa, etcétera. De modo que se reducirá la exposición a sustancias tóxicas y mejorará muchísimo el confort personal».

Este contexto resulta a la vez complejo y apasionante, en opinión de Cristina Abaigar Ansorena, presidenta de Abaigar Promoción y Construcción, una empresa con más de sesenta años de trayectoria en el sector: «Aunque la edificación está fuertemente influida por muchos factores externos que no controlamos —demográficos, económicos, legislativos o políticos, entre otros—, hay que ser conscientes de que el urbanismo hace sociedad y de que los planteamientos de hoy definirán a las comunidades futuras. Se trata de lograr una relación con el entorno que facilite la vida saludable y el mínimo consumo de recursos».

 

EL DESAFÍO DEL URBANISMO SUPERPUESTO

 

© Architect Jean Nouvel with Samuel Nageotte

 

Qué: Jeuneville es un barrio vertical que reinventa el modo de vivir, trabajar y disfrutar del tiempo de ocio de forma sostenible. Este nuevo ecosistema, con capacidad para 1500 residentes y 6000 trabajadores, representa una alternativa a la concentración de las áreas urbanas.

 

Cuándo y dónde: Se prevé que se empiece a construir en 2022 en el barrio parisino de Gennevilliers, frente a la Villa Olímpica de 2024.

 

Cómo: El proyecto contempla 30.000 m2 de espacios públicos y verdes, entre ellos una plaza central, y más de 95.000 m2 dedicados a residencias de estudiantes, un campus, oficinas, zonas verdes, hostelería y comercios. Para garantizar la baja huella de carbono del edificio, se emplearán materiales específicos y se seguirán estrictos parámetros de eficiencia energética y ventilación natural. Además, Jeuneville producirá la energía que consume a partir de paneles solares, y contará con estaciones de carga eléctrica, lanzaderas (vehículos autónomos) eléctricas gratuitas, salas para guardar bicicletas, etcétera. 

 

Quién: Estudio de Jean Nouvel (Francia), ganador del premio Pritzker en 2008, en colaboración con Samuel Nageotte.  

 

BLOQUES «VERDES» CONSTRUIDOS POR CAPAS

La vuelta de la naturaleza a la metrópoli es una clave, según todos los expertos, para lograr a la vez la sostenibilidad ambiental y la social. «Las ciudades se han deshumanizado porque se han desnaturalizado», opina Ana Sánchez-Ostiz. Con medio natural, no se refiere a más parques en el centro urbano, sino a que este tenga su espacio en cada casa, en cada fachada, mediante cubiertas verdes e incluso dedicadas a huertos colectivos. «Necesitamos contacto visual y físico permanente con la naturaleza. Y ese contacto también nos puede ayudar a recuperar una alimentación más saludable, con edificios donde produzcamos parte de nuestras frutas o verduras, por ejemplo». Además, la renaturalización ayuda a disminuir el efecto de isla de calor en el centro de las ciudades.

El confinamiento, considera Sánchez-Ostiz, ha hecho palpables los puntos débiles de ciudades y casas. El periodo de encierro obligó por primera vez a toda la población mundial a mirar de modo profundo su entorno más cercano, que no es otro que el hogar y el barrio. «Precisamente es en el nivel del barrio donde podemos introducir mejoras que hagan la ciudad sostenible, ampliando espacios cercanos de relación social —plazas, paseos… que no estén solo en los centros urbanos—, con más naturaleza y con solidaridad energética».

Una explosión de verdor que —añade Sánchez-Ostiz— vendrá propiciada por la probable desaparición del coche del espacio urbano. «Además del evidente recurso al transporte colectivo y todas las nuevas formas de movilidad —bicicletas y patinetes eléctricos, coches compartidos…— con el peatón como centro, se vislumbran tendencias al alza, como el “pago por uso” —¿para qué voy a tener un coche aparcado toda la semana que solo empleo para salir el sábado?— o el demand response —que mi lavadora funcione cuando haya más energía disponible en el sistema y resulte más barata—».

Paolo Tombesi, profesor del Laboratorio de Construcción y Arquitectura de la Escuela Politécnica Federal de Lausana, Suiza, visualiza el espacio habitado futuro lejos de la idea de urbanización. «Para reducir nuestra huella de carbono no es posible seguir ampliando las viviendas unifamiliares, adosados, etcétera. Es necesario disminuir el crecimiento de la ciudad. Tenemos que vivir más juntos, mezclando edificios con topografía para que la habitación humana sea parte del paisaje y no al revés». 

Esta renaturalización de los hogares, paradójicamente, será posible gracias a su tecnologización. En la casa —piensa Tombesi— «se colocarán» una serie de capas que ejerzan como sistema de control ambiental, una especie de «tela desmontable» que adaptará el edificio a los cambios externos y las demandas internas y minimizará el uso de energía. Sin embargo, «los avances tecnológicos estarán accesibles solo para una pequeña porción del planeta. De modo que Suiza, España, Dinamarca o Alemania podrán acercarse a las metas de la Agenda 2030, mientras que en muchas regiones del sur los avances solo serán aspiraciones. La casa del futuro, para una gran parte de la humanidad, seguirá siendo su morada de hoy». 

«El reto que nos ocupa a los profesionales —termina— consiste en poner a disposición de todos la tecnología que mejor sirva al contexto social y medioambiental». El mercado cuenta ya con muchas y muy variadas tecnologías: ¿seremos capaces de utilizar y potenciar solo aquellas que sirvan mejor a las personas y al planeta?

En 1914, Le Corbusier diseñó un modelo de construcción que respondía a las necesidades de su tiempo. En el nuestro, la arquitectura busca ser sostenible, tener un impacto menor en el planeta. Pero no renuncia a su tarea de facilitar a los seres humanos el placer del habitar. «La casa —lo dijo también Le Corbusier— debe ser el estuche de la vida. La máquina de la felicidad».

 

EDIFICIOS QUE RESPIRAN COMO ÁRBOLES

 


©SOM (Skidmore, Owings & Merrill)
 

Qué: Inspirado en los ecosistemas naturales, el proyecto Urban Sequoia va más allá de la huella neutral en carbono: se trata de un edificio con emisiones negativas que purifica la atmósfera. 

 

Cómo: El prototipo puede absorber hasta 1000 toneladas de CO2 al año, equivalente a 48 500 árboles. Una capacidad que aumenta con el tiempo: después de sesenta años eliminaría hasta un 400 por ciento más del carbono que se emitió al levantarlo. Además de esta tecnología, la edificación integra biomasa avanzada y biomateriales. El bioladrillo, el cáñamo, la madera y el biocemento reducen el impacto de carbono de la construcción en un 50 por ciento. Urban Sequoia plantea una economía circular alrededor del carbono capturado: con él se podrían producir biomateriales para carreteras, pavimentos y tuberías. Por su parte, las algas y la biomasa cultivadas en la fachada podrían convertirse en fuente de biocombustible para sistemas de calefacción, automóviles y aviones.  

 

Quién: Estudio SOM (Skidmore, Owings & Merrill). El proyecto se presentó en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2021.