
William Golding
Alianza Editorial, 2010
288 páginas
13,50 euros
Posiblemente por una falsa etimología, la palabra que en hebreo designaba morada —tsebal—, y más aún la morada del abismo, el infierno, la confundió el pueblo llano con tsebub, el nombre que reserva el hebreo para la mosca. Aplicada a Belcebú, pasó de ser «el señor de la amplia morada» —del reino oscuro— a hacerse «el señor de las moscas», el dueño de la podredumbre o los excrementos, o, por decirlo crudamente, «el señor de la mierda». El inglés William Golding (1911-1983) recibió en 1983, al año siguiente a García Márquez, el Nobel de Literatura. Por toda su obra, claro está. Pero la celebridad de su narrativa se cimenta en su primera novela: The Lord of the Flies (El señor de las moscas). En esas páginas de 1954 se representa la maldad en la cabeza de un jabalí clavada en una lanza, en el claro de un bosque, con una comitiva de centenares de moscas que revolotean mientras ese ídolo se pudre sin remedio. De todos modos, en el borrador se titulaba Strangers from Within. Se inspiró —noblemente— en la novela de náufragos niños ideada por un prolífico escocés, R. M. Ballantyne, aparecida un siglo antes, The Coral Island.
Golding deja solos y sin nada a una treintena de adolescentes varones, y británicos, en una isla del Pacífico tras tal vez una hecatombe atómica. El señor de las moscas sobre todo es una narración. Inteligente, viva, con certeras descripciones y peripecias bien enlazadas, esbozos de temperamentos y agudeza paisajística. Ropas o desnudeces, sombras y lugares y animales y objetos como la caracola insinúan simbologías y controversias. Ese conjunto de aciertos incita con su analogía —casi su parábola— a repensar sobre la naturaleza humana. ¿Nacemos buenos o malos? ¿Cómo aprendemos? Y marca el tajante corte de optar entre civilización o barbarie, democracia o autoritarismo, y de paso desliza el contemporáneo perderse la inocencia de la infancia hasta dar la zancada hacia la madurez. Y zigzaguean las contradicciones y la fragilidad de cualquier persona, y preguntas como si la agresividad es instintiva, cardinal, en el género humano o dónde desembocaría si una educación restrictiva, fundada en la dominación, se relajara o hasta qué límites choca el miedo de una criatura.
