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Fahrenheit 451

29 de mayo de 2026 2 minutos


CLÁSICOS

Ray Bradbury
Traducción de Marcial Souto
DeBolsillo, 2021
192 páginas
14,96 euros

Ciertas definiciones negativas —«La paz es ausencia de guerra», por ejemplo— excluyen aspectos esenciales, como la que asegura que «La paz es fruto de la justicia». Aunque poco estética, la afirmación «Dios no es injusto» quizá ayuda a comprender con mayor esperanza y misericordia más situaciones humanas que limitarse a la contundente verdad de que «Dios es justo».

Un paso más lo dan los duplicados y las contradicciones del mundo al revés: peces que vuelan, aves que nadan o, según actúan en la novela de 1953 de un joven Ray Bradbury (1920-2012) Fahrenheit 451, bomberos que provocan incendios. El fuego admite ambivalencias: destruye pero también purifica, acrisola. Aunque esos profesionales del siglo XXIV, tras dos guerras atómicas, queman en una ciudad estadounidense sobre todo libros. 451 grados Fahrenheit equivalen a 232,8 ° Celsius, temperatura a la que arde el papel. El peligro no está en las hojas sino en su contenido: quienes leen reflexionan, debaten y pueden descubrir las raíces de los problemas de su sociedad y proponer vías mejores hacia el futuro. Los libros, «guiñapos y ruinas de la Historia», están prohibidos. Se permiten tebeos y revistas eróticas tridimensionales. Y en la época de esta novela distópica —es decir, un sitio donde se ha alterado el vivir humanamente— el último campus de Letras ha cerrado por falta de alumnado y de patrocinios. La definición negativa de una vida lograda. La desfiguración de la vida. Y esas desfiguraciones —literarias— quieren advertir más que pronosticar, o al menos mostrarse escepticismo ante avances técnicos que no agrandan la naturaleza humana (y la novela anticipa adelantos tecnológicos que usamos casi todos hoy).

A los treinta y pocos años, Bradbury reflejó las devastaciones que ocasiona la censura, los peligros que siguen a la irreflexión y la ignorancia y alertó contra el control inflexible de los medios de comunicación.

Los personajes —la joven Clarisse McClellan, Guy Montag, su esposa y las amigas de esta, el capitán Beatty (zarandeado por contradicciones), Faber, la anciana que repite unas palabras del XVI…— no son tan esquemáticos. Tampoco el brillo de la felicidad.


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