Llegar a casa de Joan Sales no es fácil, a pesar de las minuciosas explicaciones con que a uno le indican cómo se va. Desde el santuario de Nuestra Señora del Coll —una ermita del siglo XI, hoy absorbida en un barrio extremo de Barcelona—, hay que ascender, por detrás de un grupo escolar pintado de verde manzana, hacia la cumbre del monte Carmelo. Casi en la cima, una verja de jardín nos señala que no estamos en los escasos reductos de monte que la urbanización ha dejado libres en el municipio, sino en la entrada de la última casa antes del campo.
A través de la ventana llega la melodía de una flauta dulce que alguien tañe en la habitación superior. Esta sorpresa sola compensa agradablemente la excursión: por la delicada expresión de los acordes, por la lograda armonía que manifiestan, se trata sin duda de las manos de un ser sensible de modo especial a la belleza.
¿Cómo haremos para no interrumpir su deleite, que ahora ya es también el mío? Hay una puerta y un timbre, y unos pájaros me dicen que, en el momento en que pulse con mi dedo el botón, desaparecerá el encanto de esta música. Y, con él, el de quien la produce y el de quien la escucha. Vale la pena, pues, esperar unos minutos, hasta que un contrapunto permita intervenir con un timbrazo que parezca integrado en la composición.
Pero ha sido inútil: efectivamente, me abre la puerta la chica de la flauta. Ya lamento con mi presencia romper el hilo de su melodioso discurso, quién sabe qué pensamientos, qué ensueños, qué deseos incumplidos y quizás ni siquiera formulados. Inoportunidad que acorta el propio Joan Sales, siguiendo al cual descendemos por una estrecha escalera que recuerda, no sé por qué, las que tenían los trolebuses de dos pisos, aquellos «Imperiales» que circulaban en nuestra infancia por el Paseo de Gracia y que vi por última vez junto al Hotel Londres del San Sebastián de los primeros setenta.
En un recodo se insinúa un despacho lleno de libros, pero la escalera desemboca más abajo, en la sala de estar de la casa. La ventana del fondo, enmarcada con geranios y madreselvas, se abre a la ladera del Carmelo, una de las praderas vírgenes que quedan a la metrópoli, que bulle espesa a su alrededor trasladando —como cada tarde— a millones de personas de sus barrios-oficina a sus barrios-dormitorio. El ruido y la prisa de la guerra cotidiana dejaron escondido este rincón o lo abandonaron por pobre, de forma que los cristales cierran el paso a un viento todavía esencialmente aromático, de plantas que florecen en esta primavera.
UN «GENTILHOMME CAMPAGNARD»
El escritor —70 años de intensa vida— se recorta a contraluz, con su jersey azul y su cabellera blanca. Guarda la imagen perfecta del gentilhomme campagnard, de, por ejemplo, un notario rural de Provenza o Languedoc. Algo parecido a lo que le hubiera gustado ser, según narra en sus cartas, a Marius Torres.
Me ofrece complacido uno de los dos sillones Luis XV de fabricación corriente. En un ángulo de la habitación está preparada la merienda. Más cerca, varias cajas de celofán insinúan en su interior bombones alineados en filas y columnas, forrado cada uno con su papel de plata color lila. Cuatro rosas se desangran en un bibelot, como cuatro heridas rojas que perfuman el aire con el jugo de nuestros antepasados, convertidos en el fango de esta tierra nuestra y destilado por las raíces y los tallos del rosal.
Sobre la estufa nos aguardan tres botellas. Después sabremos que una es de ratafía, otra de moscatel y la tercera de un licor cuya naturaleza fue imposible averiguar, pero tampoco importa. Acaso ya no es una estufa, sino otro objeto estival que sirve para sostener tres botellas. Ya se ve, pues, que ésta es una «sala de hablar», precisamente en la hora en que la tarde se despoja de su «uncertain glory of an April day», el conocido verso de Shakespeare que da título a la novela de Joan Sales.
NOVELA AUTOBIOGRÁFICA
¿Cómo comenzó a escribir?
De una forma muy natural, que se confunde con los primeros recuerdos de mi infancia. Escribir ha sido cosa de temporadas. En ocasiones me coge una cierta aprensión hacia la literatura; en otros momentos, me siento muy atraído.
¿Puede decirse que Joan Sales es un intelectual?
Soy de temperamento muy poco intelectual. La palabra «intelectual» no me gusta, al menos como sustantivo. Quizás quede bien como adjetivo: por ejemplo, al decir que alguien realiza una profesión intelectual. Pero antes se decía profesión liberal, y este calificativo me parece mucho más acertado y digno.
Entonces, la literatura es sólo una diversión.
No, tampoco. Lo que pasa es que hay que tener algo que decir. En mi adolescencia había escrito algo de poesía lírica, como todos. Y después una especie de ópera bufa, una adaptación muy libre para niños de 10-15 años de Tirant lo Blanc, la novela de caballerías que tanto gustaba a Cervantes y que aparece citada en el Quijote. Luego escribí Incerta Glòria, cuyas cuatro partes, en realidad, son como cuatro novelas distintas, con protagonistas diferentes.
«LO QUE PASA ES QUE HAY QUE TENER ALGO QUE DECIR»
Joan Sales tardó veinte años en acabar definitivamente Incerta Glòria, precisamente el tiempo que transcurre durante la acción de la novela.
¿Cuál fue la génesis?
Incerta Glòria es efectivamente una novela autobiográfica. La guerra es el telón de fondo y sucede en teatros bélicos que conocí muy bien —el frente de Aragón— por estar destinado allí. Los pueblos son reales, aunque cambiando el nombre. Los personajes, directamente inspirados en los de aquel momento. El argumento, en cambio, es inventado. Tiene que haber un argumento en toda novela y la vida casi nunca lo proporciona.
«LITERATURA COMPROMETIDA»
¿Cómo actúa la realidad en la mente del literato?
Una cosa es la intención y otra es el resultado. No se trata de desfigurar la realidad, sino de pretender ser testigo de lo que fue, en este caso aquella guerra. Pero Incerta Glòria no es una novela bélica, aunque tenga un fondo de guerra.
Entonces, ¿qué piensa de la literatura comprometida? ¿No debe comprometerse toda literatura?
No hay que engañarse; en general, literatura comprometida es igual a literatura marxista. Y el marxismo, sobre todo para un literato, es una pedantería tremenda.
Volviendo a su obra, ¿por qué Incerta Glòria?
Porque la gloria de aquella guerra fue muy incierta, tan incierta como la que atribuye Shakespeare a un día de abril. El título también hace referencia a la incierta gloria de toda juventud. Aspira a una gloria que en este mundo no se halla, sino en el otro. Y esto no es una postura pesimista; todo lo contrario, porque hay vida eterna.
«ASPIRA A UNA GLORIA QUE EN ESTE MUNDO NO SE HALLA, SINO EN EL OTRO»
Las campanas del viejo reloj en el ángulo de la sala dan la hora en punto y hacemos una pausa para merendar. La diferencia entre los pueblos civilizados y los demás es que aquellos, a una hora en punto de la tarde, hacen una pausa para merendar. Mientras continuemos siendo capaces de reunirnos alrededor de una comida tan inútil como la merienda, seremos todavía un pueblo civilizado.
La perrita «Tim» salta desde su rincón junto a la chimenea y me arrebata un sequillo de un hábil lengüetazo. Se llama «Tim» porque lo quiso Nuria, una nieta de Joan Sales. «Ya sé que no es nombre de perra, pero a mí me gusta», dio por toda justificación. Me explican también que la casa había sido de un tranviario, que se la había ido haciendo poco a poco. Después, la habían adaptado y arreglado hasta darle las características actuales.
LA GENIAL RODOREDA
Hablamos de sus otros nietos y de Mercé Rodoreda de quien, por diversas circunstancias, el matrimonio Sales fueron grandes amigos en los últimos años de su vida.
Rodoreda —afirma Joan Sales— es genial. Se puede decir ahora que ya no está entre nosotros. La Plaça del Diamant es una novela extraordinaria. Aunque fue mal recibida por la crítica, el público lo entendió enseguida. Durante bastantes años, sin ningún tipo de publicidad o de propaganda, se vendió muchísimo.
De esto se deduce que las buenas novelas han de entenderse por todos.
Evidentemente. La poesía, por ejemplo, puede ser enigmática. Pero la novela ha de ser entendible por todos, como ocurre con las de Rodoreda. Mercé decidió ser escritora a los 16 años. Su idea de «escritora» era la de una persona que escribe mañana y tarde. Y ella se puso desde entonces a escribir, mañana y tarde. En cambio, para mí, el impulso para escribir no es propiamente literario, sino extraño a la literatura: tener algo que decir, una idea que defender, una pasión que te arrastre. Escribir por escribir, en mi caso, me parece una absurdidad.
«LA POESÍA, POR EJEMPLO, PUEDE SER ENIGMÁTICA. PERO LA NOVELA HA DE SER ENTENDIBLE POR TODOS»
Y un escritor, ¿puede ganarse la vida escribiendo?
Escribiendo en catalán es difícil. Prácticamente ninguno lo ha conseguido, salvo Rodoreda y muy al final.
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EL UNIVERSO DEL QUIJOTE
¿No es malo que no pueda haber escritores profesionales?
Al contrario, es bueno. No hay que creer en escritores profesionales, sobre todo si son jóvenes. Se hablaba hace poco en Estados Unidos de dar becas —en dólares, claro— para la formación de novelistas. Se accedería por concurso-oposición entre los aspirantes. Piense: ¡Qué novelas escribirían! ¿Qué conocerá de la vida un novelista formado gracias a una beca? Lógicamente, sólo podrá hacer novelas que hablen de novelistas, y aún únicamente de novelistas que ganan becas.
En cambio, de la vida de Cervantes, que podríamos calificar de «perra», sale el Quijote. Y en el Quijote aparece todo el Universo. ¿Por qué? Porque Cervantes, en los sesenta años que precedieron a la redacción del Quijote, lo conoció todo. Es también el caso de Rodoreda, que, desde los nueve años en que abandonó la escuela, llevó una existencia en ocasiones muy dura.
«¿QUÉ CONOCERÁ DE LA VIDA UN NOVELISTA FORMADO GRACIAS A UNA BECA?»
Luego para escribir una buena novela hace falta haber vivido muchos años. ¿No puede existir la precocidad en literatura?
Depende. La poesía lírica, por ejemplo, sí que permite la precocidad y el aislamiento. La lírica habla de los propios sentimientos y de la intimidad del sujeto. Muy temprano se pueden descubrir y escribir sobre ellos. Pero novelistas precoces no hay. Cervantes publicó el Quijote en la vejez. Françoise Sagan escribió a los 17 años Un certain sourire. Entonces causó sensación; pero hoy día, con un juicio más sereno, se ve que no hay para tanto.
«NOVELISTAS PRECOCES NO HAY»
¿Quién puede escribir entonces?
Lo pueden hacer todos, a condición de que se tengan cosas interesantes que explicar y de que se esfuercen en hacerlo del modo más sencillo y correcto posible. Un ejemplo: del XVIII leemos a Casanova de Seingalt que, siendo italiano, escribía en francés para vender más. No es ningún modelo de estilo, ni lo que podríamos denominar un «intelectual» de la época. En cambio, nadie lee ahora al poeta Rousseau, que en ese siglo era considerado algo así como sublime. Ocurre que Casanova relata cosas que a él le pasaron y que son muy divertidas. La fuga de la prisión de Venecia, por ejemplo, sigue siendo para todos una maravilla de intriga y acción.
PROYECTOS
¿Qué piensa hacer ahora Joan Sales?
Pienso escribir otra novela, totalmente distinta. Tengo 70 años y acabo de jubilarme. Fíjese que todos llegan a los 90: Mompou, Miró, Foix. Tengo, por lo tanto, bastante tiempo por delante. También me gustaría escribir algún tipo de memorias, que complementarían las cartas a Marius Torres.
En todos estos proyectos, ¿cuenta con el lector?
Se escribe con el propósito de ser leído. Es decir, para publicar. Aunque esto no ocurrió en un principio con las cartas a Marius Torres. Pero después de tantos años, me parecieron un documento objetivo de su época vista por un joven que no es político, con una visión muy diferente de la de los políticos. Y así me animé a publicarlas.
Pero, ¿no piensa que hoy ya no se escriben cartas? La mayoría de los grandes hombres del pasado han mantenido correspondencia con sus semejantes. Algunos tan abundante que parece mentira que hayan dispuesto de tiempo para escribir tal cantidad de cartas sin descuidar su trabajo diario. Pero hoy día…
Pues una carta es lo más natural de escribir. Yo, como me encuentro mejor, es escribiendo cartas a mis tres nietas. Y en los momentos de depresión, leo el Quijote. Lo he releído más de treinta veces. A los diez años, aquellas aventuras me parecieron verdad y me causaba admiración el heroísmo de arremeter contra los molinos de viento. Después, fui cayendo en el tono humorístico de la obra. Es el mejor remedio para la depresión: una persona como Cervantes, que tenía sobrados motivos para amargarse y estar harto de todo, nos ha dejado una obra repleta de humor y de una bondad inmensa, que constituye una perenne lección de buenos sentimientos.
«EN LOS MOMENTOS DE DEPRESIÓN, LEO EL QUIJOTE. LO HE RELEÍDO MÁS DE TREINTA VECES»
Y las lilas del jardín, cromáticas y alegres como cada año, perfuman intensamente nuestro paseo, mientras descendemos a la abigarrada urbe.