La culpa de ser

23 de octubre de 2026 3 minutos

Valeria Benavides Biografía

Valeria Benavides es periodista, limeña y una observadora entusiasta del mundo. Tiene en Vargas Llosa a uno de sus referentes y en resaltar libros, un mal hábito que no piensa corregir. Mira a su país con inquietud y suele encontrar en él motivos para escribir.

Hay culpas que avisan de un daño y se apagan cuando lo reparamos. Y hay otras que no vienen de ningún acto, no tienen remedio y, aun así, no se van. Una columna sobre esas segundas, de Kafka a Ribeyro, y sobre por qué quizá no queramos soltarlas.

La culpa tiene mala fama entre los psicólogos contemporáneos; Walter Riso, por ejemplo, propone liberarse de ella. Lo mejor, dicen, es soltarla, perdonarse. Y es cierto. No conviene vivir con la sensación de llevar un hilo tenso tirando desde adentro. Pero hay alguna que no merece su mala fama. Que es incluso necesaria. Aquella que sobreviene a un daño que hemos hecho y que no cede hasta que sea enmendado. El obispo Erik Varden la llama conciencia de culpa y la considera un «signo de salud espiritual». Un alma que la siente, dice, es un alma despierta. El problema es que las culpas obedientes —las que uno puede identificar, reparar y archivar— son una minoría. Las que más pesan son otras, las que no se dejan soltar, porque no se sabe de dónde vienen.

Tengo una lista mental de cosas que me hacen sentir culpable. No es larga, pero tampoco se acorta, pues no hay mucho en ella que pueda solucionarse. Soy el hijo pródigo, el que se fue lejos de casa, se llevó lo que le correspondía y volvió. Soy Zavalita, el de Vargas Llosa, que sigue sin saber qué hacer con haber nacido en el lado amable de un país que no lo era. Otras veces, todo se reduce a un día en el que debí estar y no estuve. No sé si soy responsable de todo eso. Sé que no consigo librarme de nada.

Josef K., el protagonista de El proceso, despierta una mañana detenido sin saber por qué. «Alguien debió de haber calumniado a Josef K., porque una mañana, sin haber hecho nada malo, fue arrestado». Así intenta describir Kafka una culpa patológica como condición. En sus diarios, el autor volvía de forma obsesiva sobre la misma idea. Que hay una carga de conciencia anterior a cualquier acto. Una que no se refiere a lo que hicimos, sino a quiénes somos a los ojos de alguien cuya mirada internalizamos hasta olvidar que era ajena.

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Por desagradable que sea, este es un sentimiento con el que se aprende a vivir, a contar con él incluso. Y con el tiempo uno ya no recuerda cómo era el cuerpo sin esa molestia de fondo. Pero se aprende a guardarlo como un abrigo viejo: ni se usa, ni se tira.

El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro pasó buena parte de su vida en París, enfermo y sin dinero, tomándole el pulso a una culpa de ese tipo. Durante cuatro décadas, llevó un diario que tituló, con precisión de diagnóstico, La tentación del fracaso.

Lo que emerge de esas páginas es un remordimiento metódico, el de quien conoce sus fallos y los repite. La página no escrita. Las rutinas incumplidas. El cigarro que siguió encendiendo. Una traición constante a un ideal que él mismo se había impuesto.

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Hay, sin embargo, algo en ese diario que lo salva del puro lamento. La sospecha de que el fracaso le convenía. Que la vida contemplativa, el café, la desidia —que el éxito le habría quitado— dependían de esa falla sostenida. Que la culpa era el precio, pequeño, por conservar una forma de vivir.

No sé si lograré deshacerme de alguna de las culpas de mi lista. Presiento que las kafkianas no me darán esa opción. Y de las ribeyrianas podría intentar liberarme, pero temo que descubriré, llegado el momento, que prefiero no hacerlo. Quizá los psicólogos tengan razón y haya que aprender a soltarlas. O quizá parte del trabajo sea otro: entender cuál de ellas, a fin de cuentas, hace falta para seguir siendo uno.

LA PREGUNTA DE LA AUTORA

¿Cuándo deja la culpa de ayudarnos y empieza a hacernos daño?

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