«Gorbachov era audaz, seguro de sí mismo, ambicioso, idealista, carismático, inexperto y un improvisador inveterado. Es decir, poseía las características necesarias para hundir un imperio»
El 26 de abril de 1986, una explosión en el reactor 4 de la central nuclear Vladímir Ilich Lenin de Chernóbil, en la República Socialista Soviética de Ucrania, cambió la trayectoria vital de cientos de miles de personas en la URSS. El accidente tuvo lugar durante el transcurso de una compleja prueba técnica cuyo desarrollo se vio afectado por la escasa formación de los trabajadores que la llevaron a cabo y algunas deficiencias en el diseño de los reactores RBMK soviéticos –ocultadas incluso a los protagonistas del experimento fallido– como consecuencia de la pobreza de los medios empleados. La voluntad del ingeniero al mando, Anatoli Diátlov, de intentar la operación a toda costa, omitió precauciones elementales de seguridad y desató la tragedia: un desastre de proporciones aún hoy difíciles de calcular.
A pesar de que solo se ha reconocido, como víctimas inmediatas, la muerte de dos trabajadores de la central y de veintiocho bomberos que acudieron a sofocar el desastre, centenares de miles de personas sufrieron la radiación. Se han documentado, por ejemplo, 5.000 casos de cáncer de tiroides en niños de los alrededores. En torno a 200.000 personas, ya a partir de las 36 horas del suceso, fueron desalojadas de su casa para siempre. Las autoridades locales, que sí pusieron a salvo a sus familias, tampoco repartieron cuando debían el yodo necesario para contener la radiación. En los alrededores del reactor, cubierto hoy por un sofisticado sarcófago financiado con ayuda internacional, existe una zona de exclusión de treinta kilómetros. Como ha recogido Ander Izagirre en esta misma revista, el accidente golpeó hasta lo más hondo las vidas de los habitantes de aquella región: «Tenemos un Chernóbil en cada casa», afirmaba una profesora al recordar los estragos físicos y morales.
La historiografía ha puesto de relieve el impacto de Chernóbil en el hundimiento que padeció la Unión Soviética a finales de los ochenta. Todo hubiera sido distinto si no hubiera estado al frente de la URSS un nuevo secretario general del Partido Comunista, Mijaíl Gorbachov, un hombre joven para los estándares del régimen y decidido a solucionar los problemas endémicos de la segunda potencia internacional. De entrada, el desastre de Chernóbil avergonzó a Gorbachov, que había emprendido ya algunas medidas absolutamente insuficientes para reformar el país. Entre otras cuestiones, le humilló el desprestigio que el accidente suponía ante el resto del mundo y cargó contra dos de los poderes fácticos de la nación: la industria militar y el Ejército. Además, espoleado por el ocultamiento de datos sobre el suceso, que habían sufrido incluso las más altas autoridades —el presidente del Consejo de Ministros, Nikolái Rizhkov, tuvo que presentarse en el lugar del accidente para recabar una información fiable—, potenció una incipiente y controlada libertad de prensa que, como es lógico, debía alumbrar un debate en el marco del marxismo-leninismo. Y se aventuró a andar nuevos pasos en la reducción de armamento nuclear y, en general, la excesiva presión militar del Ejército soviético sobre el planeta.
Las consecuencias de estas políticas de Gorbachov, como las del ingeniero jefe adjunto de Chernóbil, Diátlov, nos recuerdan el peso que pueden tener las decisiones de los individuos, aún hoy negado por un sector de la historiografía confinado en una concepción mecánica de la historia. Como asegura Vladislav Zubok en su libro Un imperio fallido, el mandatario soviético era audaz, seguro de sí mismo, ambicioso, idealista, carismático, inexperto y un improvisador inveterado. Es decir, poseía las características necesarias para hundir un imperio. En el transcurso de esta historia, el desastre nuclear agravó el déficit económico de la Unión Soviética, que ya padecía algunas decisiones equivocadas de Gorbachov, como una desmesurada inversión en la industria pesada o su campaña en contra del vodka, que constituía tradicionalmente uno de los ejes de la Hacienda rusa. No obstante, conviene reconocer que Gorbachov tuvo mala suerte. La crisis económica empeoró debido a la caída de los precios del petróleo, que contribuía de una manera extraordinaria a su sostenimiento.
Por lo demás, su política de transparencia, la célebre glásnost, deslegitimó los presupuestos morales del régimen al dar a conocer no pocos errores de un Estado que en sí mismo debía de ser perfecto porque respondía a las infalibles coordenadas ideológicas del marxismo-leninismo. El caos circense provocado por las discusiones en la prensa animó a algunos reformistas que, como Boris Yeltsin, se atrevieron a cuestionar los privilegios del secretario general y de su inteligente y sofisticada esposa, Raísa Maksímovna Gorbachova. Además, en el marco de un creciente malestar de las repúblicas socialistas con respecto al Gobierno central, prólogo de posteriores independencias, la tragedia de Chernóbil abrió los ojos a la población ucraniana.
«La nube letal que se había alzado sobre Chernóbil era una metáfora de las condiciones en las que se desarrollaba la vida pública soviética», ha escrito el estudioso Robert Service en su Historia de Rusia en el siglo XX. De hecho, el accidente se ha consolidado como un símbolo de algunos males de la Unión Soviética como la pobreza, el clientelismo, la mentira y la crueldad inherente a unos postulados intelectuales deshumanizantes. También ha servido para recordar algunas virtudes que los soviéticos manifestaron en ocasiones trascendentales. Es el caso de los liquidadores que arriesgaron su vida para contener la radiación, con camaradería y una extraordinaria capacidad de sufrimiento. Los retrata una exitosa serie de HBO (2019). Chernóbil ilustra también las contradicciones de la ideología fundacional de un régimen que, de acuerdo con aquel Lenin leído con avidez por Gorbachov, debía haber servido para liberar a sus habitantes y establecer una igualdad perfecta. A la altura de 1986, los mandatarios soviéticos se habían convertido en oficinistas dedicados a desburocratizar el país más grande y anquilosado del mundo.
Sin embargo, al cumplirse cuarenta años del accidente nuclear de Chernóbil, amplían su alcance reflexiones de otra índole. La periodista Svetlana Aleksiévich, premio Nobel de Literatura en 2015, ha escrito a raíz de sus conversaciones con testigos que esta tragedia es «un enigma que aún debemos descifrar […]. Tal vez el enigma del siglo XXI»; después de ella «algo se ha vislumbrado», asegura en Voces de Chernóbil. Más allá de contribuir al hundimiento de la URSS y prefigurar sus males internos, este suceso pone sobre la mesa algunas cuestiones en torno al poder. De entrada, Chernóbil invita a reparar en la íntima conexión entre la virtud y la política y, en concreto, en la primera como condición necesaria para la fecundidad de una actividad que no deja de ser intrínsecamente humana. En segundo lugar, muestra la capacidad corruptora de la mentira, capaz de levantar una superpotencia mundial y devastarla con la misma cruel facilidad. «Los científicos y su estúpida obsesión por los motivos», reprocha un gerifalte del KGB a Valeri Legásov, miembro de la comisión investigadora de lo sucedido, según el excelente guion de la serie de HBO. Este accidente constituye, además, una advertencia severa acerca de la tentación de la arrogancia o el triunfalismo ante los avances técnicos. Chernóbil, lejos de inspirar soluciones escépticas, recuerda que el poder exige tanta delicadeza como humildad y criterio.