Boston, 6 de la tarde del 1 de octubre. Frank había presidido dos días de congreso y estábamos cenando… por decir algo.
Harvard, Stanford, París Cité y la National University of Singapore habían unido sus fuerzas para afrontar temas clave sobre salud de la mujer en ese encuentro. Por ejemplo, ¿por qué casi no hay imágenes de cerebros femeninos examinados en investigaciones de alzhéimer si la demencia afecta más a la mujer? ¿Por qué no se estudia más el papel que tiene la vida reproductiva femenina en el riesgo cardiovascular? ¿Qué relación guardan los contraceptivos hormonales con el cáncer de mama o las enfermedades autoinmunes? ¿Cómo prevenir en una mujer con diabetes gestacional una futura diabetes tipo 2 o una cardiopatía?
Nada de cena formal. Gran ajetreo. Nos rodeaban decenas de pósters científicos interactivos de última tecnología. Otros tantos congresistas pululaban. Bocados más bien frugales.
Soy catedrático de salud pública en la Universidad de Navarra y Frank Hu, director del Departamento de Nutrición de Harvard, me había invitado como ponente de este simposio. La feliz coincidencia era que Frank cumplía 60 años ese día. Somos amigos desde hace muchos años. Publicamos nuestro primer paper conjunto en 1999. Nació en China. Está vivo porque el día de la masacre no fue a manifestarse a la plaza de Tiananmen. Se salvó porque había ido a recoger a un amigo que venía de viaje. Luego se fue a Chicago, de ahí llegó a Harvard en 1996 y lleva exactamente media vida aportando ciencia rompedora desde el estudio de las enfermeras.
Al día siguiente de nuestra frugal cena, el 2 de octubre, tendría lugar el gran jubileo de Nurses-Health-Study, un gigantesco estudio que goza de la más fructífera vida científica del mundo. Busco lo indexado en PubMed. El término «Nurses-Health-Study» me devuelve unos 3500 artículos publicados, casi siempre en las mejores revistas médicas. Empezó hace exactamente medio siglo, cuando más de 120.000 enfermeras de Estados Unidos se prestaron a informar cada dos años de su salud y su dieta. Lo hicieron de manera puntual y perseverante.
En ese 2 de octubre de 2026, los protagonistas de cinco décadas de ciencia hablaron mucho de generosidad. Desde la Universidad de Navarra bien hemos comprobado tal generosidad; Frank nos ha ayudado mucho. Son más de veinte los jóvenes que le hemos enviado desde España a Harvard para formarse con él a lo largo de las últimas dos décadas. Le hemos invitado muchas veces a que nos visite y aporte sus grandes conocimientos a nuestros encuentros científicos y revise nuestros protocolos y nuestros ensayos. Un día me dijo: «Estoy viajando a España más que a China». También hemos tenido desde 2013 cientos de videoconferencias de todo el equipo con él. Un martes al mes.
Estuve con él y su esposa, hace cuatro años, en la basílica de San Pedro, en Roma. Desde el ángulo que lo permite, les mostré la imagen de san Josemaría, fundador de la Universidad de Navarra, que luce en el exterior de la basílica de San Pedro. Les traduje el cartel en latín, bajo la imagen: «Cuando sea levantado en alto, todo lo atraeré hacia mí». Expliqué su contexto. San Josemaría tuvo conciencia de que en esa frase del evangelio de san Juan se concentraba el mensaje de santificar el trabajo y poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, para realizar un servicio eficaz a la sociedad. Algo a realizar desde muy dentro del mundo, con la mejor profesionalidad posible. Un principio que está bien presente en los cimientos del ideario de la Universidad de Navarra. Entonces, Frank comentó, emocionado, y no precisamente en voz baja: «Yes, to serve. To serve». «Para servir. Para servir»
Meses después, en Boston, frente a su ordenador, estuvimos corrigiendo un paper que escribíamos a cuatro manos. Le pregunté cómo podía mantener, año tras año, ese ritmo de publicar más de un artículo a la semana en las mejores revistas médicas. Se quitó importancia. «Investigators are lazy», dijo. «Los investigadores son vagos». Frank ocupa el puesto número 7 del ranking mundial de Best Medicine Scientists 2026. Es de las personas más inteligentes que he conocido. Pero adujo que el secreto no está ahí, sino en vencer día tras día la pereza. Una idea presente también en el ADN fundacional de mi universidad.
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Vuelvo al 2 de octubre de 2026. En el Departamento de Medicina Preventiva, que dirigí durante años, no podíamos evitar la emoción al ver quién era la persona designada para narrar esos cincuenta años de aventura científica: Andrea Romanos-Nanclares, alumni navarrensis, doctorada en nuestro Departamento, ahora jovencísima assistant professor en Harvard.
Andrea empezó con gran soltura. Diapositivas didácticas a más no poder, magistralmente sintetizadas. De pronto, se cortó la presentación ante una muda audiencia repleta de sesudos investigadores de fama mundial. Andrea echó mano de una increíble desenvoltura y siguió adelante. Sin balbuceos.
Pasaban los minutos. Al cabo, se levantó su jefa con un portátil y se lo puso en el atril. Pero ella ya se había lucido gracias al fallo técnico. Brilló más su trabajo bien hecho. Las cuestas arriba llevan más alto. El aplauso final fue rotundo. Desde luego, nadie pensaría que esta investigadora «is lazy».