
Marta Jiménez Serrano
Alfaguara, 2026
160 páginas
18,90 euros
Decía Joan Didion en una de sus citas más célebres: «Escribo estrictamente para averiguar qué estoy pensando, qué estoy mirando, qué veo y qué significa». Oxígeno nace de una urgencia similar, la que aparece cuando su autora, Marta Jiménez Serrano, y su pareja, el también escritor Juan Gómez Bárcena, casi fallecen en el piso de alquiler que compartían por una fuga de monóxido de carbono. Ella cayó desplomada en el baño y se golpeó la cabeza y él, gracias a que había bajado a comprar una Coca-Cola minutos antes o a que había sido fumador y tenía cierta tolerancia al monóxido de carbono —hipótesis lanzada por uno de los sanitarios del servicio de emergencias que les atendieron— pudo avisar a una ambulancia.
El libro parte de la necesidad de entender lo que pasó: la pérdida de conocimiento en el baño, el traslado a Urgencias, la negligencia de la propietaria del piso. No es literatura, como dice ella, porque sería necesaria una trama, un sentido y una estructura lógica, y aquí no lo hay. El talento de Marta Jiménez Serrano está en haber armado un artefacto de ciento cincuenta páginas donde los demás no habrían pasado de una intensísima indignación a la que habrían dado forma de denuncia, prueba de que cualquier material es literario en manos de un auténtico escritor.
Además, Oxígeno es también un texto sobre caseros a los que les da igual quién vive en su inmueble, sobre los malabares que hay que hacer para pagar un alquiler en un sitio que no cumple con las garantías de seguridad y sobre cadenas de responsabilidades que nadie quiere asumir. Es fácil empatizar con la pareja de escritores —y enfadarse mucho— cuando uno lee los mensajes que llegaban de parte de la propietaria, a miles de kilómetros. Esa rabia está ahí, sin aspavientos, integrada en la respiración del texto.
Lo que se está mirando aquí es un accidente doméstico, casi tragedia, que se convierte, página a página, en una pregunta sobre cuánto de lo que nos rodea está fuera de nuestro alcance. Sostener esa mirada, permanecer dentro del suceso y a la vez fuera, rodeándolo e interrogándolo sin llegar a una conclusión fácil, es probablemente uno de los motivos que ha llevado a Alana S. Portero a ubicar, en la faja del libro, a la escritora madrileña en la misma escuela literaria que Didion. Eso y una prosa que quita el aliento.
