«Radical —entiéndase— etimológicamente, de raíz. No es que prefiramos este o aquel programa electoral: es una manera de ver al ser humano y la sociedad. Si procuramos no basar el sentido de la vida en un carpe diem salvaje estaremos siendo radicales, aunque a algunos les parezca extremista»
Recuerdo muy bien la primera vez que fui a una boda. En realidad, no es muy complicado: en los veinte años de mi vida he asistido a dos. Tendría diez u once años y se casaba mi prima. En Madrid. Cientos de invitados. Comida a mansalva. Platos que no sabía que existían. Solo en el aperitivo, vi reunida sobre las decenas de mesas del salón más comida que toda la que se acumuló en la cocina de mi casa durante años. Para mí, las expectativas de ese día estaban por las nubes. Mi objetivo era comer hasta reventar. Y no comer lechuga, precisamente. Mi padre me avisó cuando, nada más entrar al salón después de la ceremonia, me vio correr hasta la mesa, agarrar el primer plato que vi y comenzar a llenarlo de lo que se me antojaba: «No comas con los ojos, ten cuidado, que te puede sentar mal». Tendría que haberle hecho caso.
Así somos los jóvenes, radicales por naturaleza. O eso dicen. Visto con perspectiva, aquello era más impulso ciego que radicalidad. Ya entrado en la adolescencia, el sentido común se me fue a dormir, como a todos. Tomaba esa falta de criterio, de nuevo, por radicalidad: con los sentimientos, con las opiniones, con las relaciones sociales…
En la segunda boda a la que fui ya tenía dieciséis años. También de otra prima. Esta vez fue en La Coruña. Pero acudí con las expectativas igual de altas que la anterior, aunque no las mismas. En vez de comer hasta explotar, mi intención fue beber hasta que saliera el sol. El resultado fue igual de nefasto. Aún tenía mucho que aprender. Cualquier madre puede dar una lista extensa de ejemplos de errores adolescentes.
Pero ¿qué es un radical? Las acepciones negativas de hoy no se ajustan a la etimología. La palabra radical proviene del latín radicalis, que significa «relativo a la raíz». En la lengua latina medieval, y también en la castellana, ya se empleaba este término en un sentido más figurado: «fundamental, esencial». A partir del siglo xviii, en política empezó a usarse para describir a quienes proponían reformas profundas, «de raíz». ¿En qué momento ha tomado esta palabra su carácter negativo de hoy?
Hace unos meses, el presidente del Gobierno de España dijo con mucha preocupación que los jóvenes de su país nos estamos radicalizando. Lo hizo pocos días después de que el CIS publicara una encuesta que revelaba que preferimos opciones conservadoras. ¿Los que nos identificamos con unos valores más añejos somos unos rígidos? Quizá, después de aquella falsa radicalidad de la adolescencia, estemos llegando a una radicalidad verdadera.
Radical —entiéndase— etimológicamente, de raíz. No es que prefiramos este o aquel programa electoral: es una manera de ver al ser humano y la sociedad. Si procuramos no basar el sentido de la vida en un carpe diem salvaje, si defendemos que no todo es relativo, que existen verdades objetivas y tradiciones valiosas como la familia, estaremos siendo radicales… Aunque para algunos esa manera de vivir parezca extremista. En el fondo, la familia es la raíz que sostiene todo lo demás. Y empieza —ya que estamos hablando de bodas— en el matrimonio.
La próxima boda a la que acudiré será dentro de poco; tengo muchas primas. Otra vez en la capital. Para esta, espero llegar lo suficientemente radicalizado como para no arrepentirme al día siguiente.