José M. Giménez y Jorge M. Montoya
Eunsa, 2026
142 páginas, 12,90 euros
Dejarse sostener. Una idea tan simple como abrumadora. Sobre esta premisa se articula Vulnerabilidad, virtud y cuidado, el nuevo libro de los profesores de la Universidad de Navarra José Manuel Giménez Amaya y Jorge Martín Montoya, que pone el foco en la ética del cuidado. A pesar de constituir una arista esencial para el bien común, es de las más descuidadas por lo incómoda que resulta. ¿Quién tiene tiempo para fijarse en los demás?
El texto fuerza a parar. Derrumba el mito de la autosuficiencia, obliga a bajar del pedestal y asumir que somos perfectibles. En definitiva, desata un descenso vertiginoso pero necesario para alcanzar la realización más sincera. Y la brújula para el recorrido es su antropología de la vulnerabilidad.
Los autores parten de las ideas de Alasdair MacIntyre, Aristóteles y Tomás de Aquino. Consideran las dotes del virtuoso —misericordia, justicia y amistad— vitales para el individuo, pero también para la comunidad que lo sustenta. Cuidar requiere misericordia, la integridad necesita justicia y la comunidad se teje con amistad, que enseña a dar y recibir sin cálculos.
El ciudadano contemporáneo, acostumbrado a decidir qué verduras incluir en la lista o en qué ciudad quiere vivir, encuentra en estas páginas una paradoja. Entre las infinitas posibilidades que se pueden tomar, se le escapan las que importan. No se escoge envejecer ni necesitar. Pero sí se puede elegir preocuparse por el otro, y es en este gesto donde se condensa la plenitud.
En un momento en el que el éxito se cuantifica con metas tecnológicas y económicas, este libro propone ampliar el marco. El verdadero progreso se mide con la capacidad de cuidarnos mutuamente. Se empieza por admirar la pequeñez no como un obstáculo, sino como fortaleza.
Por ello, las unidades de cuidados paliativos son el epítome de esta propuesta: la abnegación que supera cualquier lógica comercial o de intercambio. Demuestran que la auténtica grandeza está en la generosidad con la que elegimos sostenernos unos a otros. Porque, en cuanto reconocemos nuestra fragilidad, consideramos la del otro. Así lo explicaba MacIntyre: «Dar depende en parte de conocer qué y hasta dónde hemos recibido». Dejarse sostener es entender qué es el ser humano.