Al fotoperiodista Mark Milstein lo interceptó un tanque serbio mientras recorría una de las calles de Sarajevo durante la guerra de Bosnia de 1993. Desde el balcón del departamento donde se resguardó junto a unos soldados bosnios, divisó a un hombre y una mujer que atravesaban un puente en medio del fuego cruzado. Con desespero preparó su cámara para capturar el momento, pero fue muy tarde: cuando tomó la foto, la pareja yacía inerte. Luego se identificaron los cadáveres como Bosko Brkic y Admira Ismic, un serbio y una musulmana bosnia de 25 años. Dos amantes miembros de bandos contrarios que murieron abrazados en tierra de nadie. Su historia se convirtió en un símbolo del dolor y sufrimiento que causa la guerra. Con el tiempo se les conoce como los «Romeo y Julieta de Sarajevo».
Estas historias de amor han cautivado a los humanos desde el romance entre Píramo y Tisbe hasta la obra de Shakespeare sobre los Montesco y los Capuleto. Quizás lo fascinante no sea el morbo de lo prohibido, sino el potencial de estos amoríos para conectar mundos separados. En la actualidad, varios artistas reconocen este poder. El difunto rapero venezolano Canserbero, a pesar de su voz ronca, sus líricas macabras y oscuras, y el título (Muerte) de su álbum más exitoso, se tatuó en el brazo izquierdo la frase: «All we need is love». ¿Y si solo hace falta un poco de amor para encontrar la salvación?
Uno puede amar no solo a su pareja sino también a su familia o amigos, pero tal vez en las relaciones románticas se evidencia mejor su potencial para crear comunidad. El filósofo austriaco Martin Buber planteó en su obra Yo y Tú que el amor no se da sin antes dirigirse genuinamente al prójimo de manera dialógica, pues «el amor que se queda en sí mismo se llama Lucifer». No se trata de conocer y comprender los defectos de los demás, sino de aceptar su inabarcable intimidad y el desafío de amarles por su esencia y no por lo aparente y contingente. Para Buber, este ejercicio consiste en un juramento: «Me lo prometo a mí y me prometo a él, prometo y creo».
El amor en tiempos de guerra encarna esta máxima. Buber propone que la realidad humana se conforma por la relación Yo-Tú. Ambos componentes se necesitan mutuamente, pero el segundo es imperceptible para el primero. Porque experimentar el Tú implica reducir la persona a características o circunstancias. Admira y Bosko encarnaron esto con su abrazo eterno en ese puente de Sarajevo. Su amor se basó en la esencia de cada uno y no en cualidades accidentales, como la religión o las inclinaciones políticas.
En el documental Romeo y Julieta en Sarajevo, dirigido por John Zaritsky en 1994, la madre de Admira explicó que muchos habitantes de la capital bosnia «solo juzgaban a las personas como personas, no por su nacionalidad», y lamentaba que fueran otros quienes «provocaron la guerra». La joven pareja apostó por su amor y, con su abrazo eterno, obligó a los soldados y a los dirigentes a ver a los civiles desde una lente más humana. Considerarlos biografías únicas e irrepetibles en lugar de números en una lista de bajas.
Eso hicieron mis abuelos, que pertenecían a polos políticos opuestos en un país tan azotado por la violencia ideológica como Colombia. No solo se arriesgaron a llevar la contraria a los estereotipos sociales de su entorno, sino que construyeron con éxito una familia basado en el respeto y el cariño. Mi abuela murió hace ya ocho años, y luego también le diagnosticaron alzhéimer a mi abuelo. Unas Navidades, escarbando en un abrigo suyo, descubrimos una nota manuscrita: «Mariela, seguir tu ejemplo es mi compromiso. Te amaré toda la vida». Relaciones así, que ni la enfermedad las detienen, han impulsado a la humanidad desde hace generaciones. Y quizás hoy tengan aún más potencial de tender puentes por donde otros Romeos y otras Julietas puedan escapar del fuego cruzado.