Alumni Moda Nº 727 Sociedad

Yuniya Kawamura:«La moda sostenible es un lujo»

Yuniya Kawamura es profesora de Sociología en el Fashion Institute of Technology de Nueva York. Cuando escribió su famoso Fashion-ology (2004) no se estilaba unir moda y ciencia pero, para ella, el vínculo era evidente: la cultura. Veinte años después de doctorarse en Columbia, ha recibido en la Universidad de Navarra el International Fashion Science Award, que reconoce cómo ha embastado su carrera profesional con multitud de preguntas: ¿Puede ser la moda un objeto de estudio académico y riguroso? ¿Cuándo y cómo una prenda de ropa se convierte en icono simbólico? ¿Es la industria de la moda justa y ética? ¿Qué dice de nosotros la ropa que llevamos? 

5 de noviembre de 2026 18 minutos

Victoria De Julián

Fotografía: Ester Lozano

Desde que vio a su madre y a su abuela bordar sus propios kimonos, quiso ser diseñadora de moda. Su padre ejerció de diplomático, y la familia Kawamura vivió de aquí para allá. De ascendencia japonesa, Yuniya nació en Praga en 1963, después pasó cuatro años en Moscú, otros cuatro en Tokio y asistió al colegio entre Sydney, la India y Austria. A los diecisiete años, de vuelta en Japón, se matriculó en Filología Inglesa en la Universidad Sofía. En cuanto obtuvo su licenciatura en Artes, dejó la Filología para desenterrar su sueño de la infancia. Fascinada por Kenzo, decidió seguir sus pasos en el Bunka Fashion College de Tokio. En 1988, saltó al Fashion Institute of Technology (FIT) de Nueva York, donde se especializó en la técnica detrás de la moda. Probó suerte diseñando ropa en la capital del planeta en una época adversa. La crisis económica de la década de 1990 provocó muchos despidos en la industria de la moda, así que Kawamura aceptó un empleo de periodista para pagar el alquiler. Trabajó de traductora en la redacción neoyorquina del diario económico Nikkei. Pero se aburría. Entonces, sus jefes le ofrecieron un incentivo: acreditarla como corresponsal en eventos de moda. Aunque disfrutó codeándose con los nombres del momento —Donna Karan, Geoffrey Beene, Bill Blass—, le frustraba carecer de formación para analizar tendencias culturales. Por eso, a los treinta años, regresó a la universidad. Estudiar Sociología en Columbia le proporcionó los fundamentos de su investigación.

Tras graduarse en 2001, se zambulló en los estudios doctorales porque anhelaba demostrar que se podía hacer ciencia de la moda. Publicó su tesis en dos volúmenes: La revolución japonesa en la moda de París (Berg, 2003) y Fashion-ology (Berg, 2004), su obra más reconocida e influyente por sentar las bases teóricas de la sociología de la moda. Se ha traducido al italiano, sueco, ruso, chino, turco y coreano, y Bloomsbury la ha reeditado. Desde su doctorado, la profesora Kawamura ha plasmado en libros los frutos de sus pioneras investigaciones sobre las metodologías cualitativas aplicadas al vestir (2011), y fenómenos contemporáneos como el coleccionismo de zapatillas (2016), la apropiación cultural (2022) y las subculturas juveniles japonesas (2012). Otro exponente de cómo Kawamura ve en la moda un reflejo de la cultura es su última obra, publicada en octubre de 2026 en inglés: Kawaii-ología. Construyendo la estética y la identidad japonesas de lo tierno a través del ukiyo-e, el manga y la moda Harajuku.

Aunque disecciona la moda en lugar de crearla —como fantaseaba de niña—, hace un lustro volvió a diseñar: fundó con una alumna suya el proyecto solidario NY Close-Knits para el que tejen gorros y los donan a personas sin hogar de Nueva York, bebés prematuros y pacientes de cáncer. El 18 de julio de 2026, Yuniya visitó el campus de la Universidad de Navarra en Madrid para recoger el International Fashion Science Award (IFSA). El premio, que ha alcanzado su quinta edición, existe, en parte, gracias a ella, pues ha dedicado su carrera a unir moda y ciencia, a cimentar este fenómeno cultural desde la sociología. «Ha ampliado las fronteras de la investigación en moda —afirmó el profesor Pedro Mir— aportando un enfoque imprescindible para comprender el sistema global contemporáneo». Durante la ceremonia de entrega, Kawamura sostenía una hoja manuscrita en boli azul y rojo, doblada por la mitad. Entre tachones y reescrituras, mostró su agradecimiento: «He tenido mucha suerte de encontrar mucha gente que ha apoyado mi trabajo. Quiero hacer lo mismo con la siguiente generación de estudiantes».

Fotografía: Ester LozanoFOTO 1: cambiar por la descripción de la imagen
El 18 de julio de 2026 Yuniya Kawamura recibió el International Fashion Science Award (IFSA) en el campus de la Universidad de Navarra en Madrid.

¿Qué significa este premio para usted?

Cuando ingresé en la escuela Bunka, la moda era una disciplina muy nueva. Pocas personas se interesaban por ella; no se la tomaban en serio porque la veían como superficial o trivial. Nunca imaginé entonces que llegaría a existir un premio que reconociera la investigación académica en moda. Han pasado veinticinco años desde que me doctoré y ahora estudiar moda está más extendido. Recibir el International Fashion Science Award significa muchísimo porque legitima la disciplina. Espero que mi legado anime a las nuevas generaciones a investigar con rigor.

¿Qué es la moda?

La moda es una tendencia colectiva, un estilo concreto que mucha gente sigue. Suelo explicar a mis alumnos que la esencia de la moda radica en la novedad. Si quieres que algo permanezca siempre nuevo, debes cambiarlo.

«SI QUIERES QUE ALGO PERMANEZCA SIEMPRE NUEVO, DEBES CAMBIARLO»

Pero esa novedad constante exige aumentar la producción y el consumo. ¿Cómo afecta a la sostenibilidad de esta industria y a las condiciones laborales de sus trabajadores?

El público está preocupado y un gran número de jóvenes alzan sus voces para defender el reciclaje —porque esta dinámica de cambio genera mucho desperdicio— y denunciar circunstancias injustas. Algunas marcas, como Patagonia, promueven reusar ropa vieja para crear nuevos tejidos o venderlos como vintage. Por otro lado, desde el derrumbe de la fábrica Rana Plaza en 2013 en Bangladés, donde fallecieron un millar de personas, se empezó a prestar atención a la responsabilidad que tienen las grandes compañías de que los salarios sean justos. Se está intentando.

¿Y usted cómo se enfrenta a lo que le preocupa de la moda?

Mi estrategia es escribir libros. Esa fue mi respuesta al problema de la apropiación cultural, por ejemplo. En mis elecciones diarias, no suelo buscar detalles del proceso de producción. Si se trata de una tienda pequeña, no hay forma de saberlo. En las grandes, como Zara, a veces sí los busco. Pero si me gusta el producto…, lo compro igualmente [Se encoge de hombros y ríe]. Lo reconozco. Admiro mucho a una de mis alumnas. Es una verdadera activista. Nunca compra ropa nueva. De la cabeza a los pies, viste de segunda mano. Lo hace por sostenibilidad y por asegurarse de que los productos se fabrican de manera justa. Se ha ganado el respeto de todos.

¿Qué tipo de ropa compra? ¿Qué lleva ahora mismo?

Esta chaqueta la adquirí en internet. El tejido no es bueno, lo elegí por el estampado de girasoles. Tengo otras con La joven de la perla de Vermeer y un cuadro de Salvador Dalí. Me encantan los pintores europeos. La he combinado con el negro [Viste camiseta, pantalón y zapatillas de ese color] para que destaque el amarillo de Van Gogh [Y de sus calcetines]. El pantalón es de Uniqlo [Cadena japonesa de moda y complementos perteneciente al grupo Fast Retailing], donde voy con frecuencia. En mi armario hay también algunas prendas caras, pero solo me las pongo en ocasiones especiales, para no lavarlas tanto y evitar que se estropeen. Suelo fijarme en la calidad de la tela y de la confección, sin importarme la marca. No compraría algo solo porque es de firma, si veo que no está bien cosido.

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Pero la gente no quiere pagar más por ropa de calidad. ¿Cómo hacer la moda ética y que quien cose reciba un salario justo?

Muchos pequeños diseñadores quieren que su empresa sea sostenible y justa. Pero si el coste de fabricación es muy alto, también lo será el producto final. Y si su público objetivo son jóvenes… Los jóvenes no tienen dinero. ¿Quién comprará su ropa? Ante este problema, sacrifican la sostenibilidad para abaratar los precios.

Es como si la sostenibilidad fuese elitista.

¡Eso es! [Expresa con hartazgo]. Es un lujo. Mis alumnos quieren ser sostenibles y políticamente correctos, pero no tienen dinero para comprar moda sostenible. He ahí la ironía.

¿Vestir bien es frívolo o superficial?

No… Vestir bien es ir arreglado, en orden; los zapatos lustrosos, el pelo cepillado, la barba recortada, la ropa impoluta, oler a limpio. La apariencia, y la moda, nos importan. ¿Por qué? Sobre eso discutimos a menudo en mis clases. Con quienes pertenecen a nuestro círculo más cercano, no reparamos en la apariencia. Piensa en tus seres queridos. Si en tu casa alguien va en pijama a deshora, no lo consideras una falta de respeto hacia ti. Sin embargo, en el mundo moderno, sobre todo en grandes ciudades, te cruzas con muchísimas personas anónimas y sin el tiempo suficiente para sentaros a hablar y entenderlas. De ahí surge la necesidad de presentarse a través de la apariencia. Por eso la moda nació en centros urbanos. En los pueblos pequeños, los vecinos se conocen y no resulta imprescindible comunicarse mediante la ropa. Cómo visten no importa tanto.

«LA MODA SURGE EN GRANDES CIUDADES, DONDE HAY MENOS CONTACTO HUMANO Y MENOS INTERACCIONES PROFUNDAS»

¿Entonces la moda es un síntoma de aislamiento social?

Sí. En ciudades como Nueva York hay menos contacto humano, menos interacciones profundas. Se tiende a la superficialidad. Es probable que esto suceda en Madrid, pero no en una zona rural de España, donde es más fácil tener conexiones humanas reales.

Sin embargo, la moda del kimono nace de vínculos familiares estrechos.

En realidad, se observa una intención diferente a la hora de vestir. La ropa ayuda a mostrar quién eres. Pero en un ambiente familiar ya conoces la identidad del otro. Así que el folclore —como el kimono— es más un modo de continuar la historia y la tradición cultural, de expresar la identidad comunitaria.

«LA ROPA ES UNA FORMA DE MOSTRAR QUIÉN ERES, DE CONTINUAR LA HISTORIA Y TRADICIÓN CULTURAL Y DE EXPRESAR LA IDENTIDAD COMUNITARIA»

¿Por qué terminó investigando el vínculo entre los diseñadores japoneses y la moda de París?

¡Por Kenzo! Mientras estudiaba Sociología, en la asignatura de Priscilla Ferguson, experta en cultura francesa, escribí un artículo sobre Issey Miyake y Kenzo. Le gustó y me propuso expandirlo en una tesis doctoral, para lo que tendría que viajar a París… [Ríe]. Viví allí un año. La profesora Ferguson hizo todas las gestiones, incluso me encontró un piso. Como parte de un extenso trabajo de campo, conocí a diseñadores, famosos o en apuros. Había muchos muchos muchos creadores japoneses jóvenes que querían ser como Kenzo. Hablé con ellos, fui a desfiles de moda, de alta costura, de prêt-à-porter… Charlé con periodistas, escritores y directivos de la industria. Francia y Japón se necesitaban: los diseñadores japoneses necesitaban París para legitimarse y París necesitaba aire fresco para que el sistema siguiese vivo. En ese momento, me interesaba la moda francesa para entender cómo funciona el establishment, la autoridad que da la pasarela para producir tu imagen. Ahora cambiaría de forma radical el planteamiento porque, gracias a las redes sociales, no tienes que pasar por el aro de la industria. Puedes crear tu imagen sin necesidad de shows y pasarelas. ¡Reescribiría todo mi libro! [Ríe]. Lo cierto es que mucha gente hoy en día cuestiona la autoridad de la alta costura y de la moda francesa.

«MUCHA GENTE HOY EN DÍA CUESTIONA LA AUTORIDAD DE LA ALTA COSTURA Y DE LA MODA FRANCESA»


La moda nació a la vez que las luces de París, entre los espejos de Versalles y el barro de Le Marais. Mientras los ilustrados editaban L’Encyclopédie, María Antonieta causaba furor por su blusa de campo de algodón, dejando de lado el corsé. Fue Luis XIV, el Rey Sol, quien interpretó por primera vez la ropa como herramienta para mostrar el poder. Al igual que su rey, los revolucionarios jugaban a distinguirse por su atavío: color negro y cuellos altos para alejarse de la aristocracia. Influidas por María Antonieta, las mujeres llevaban blusas ligeras y comenzaron a abrigarse con chales de cachemira que importaban los ingleses desde la India. Uno de esos ingleses era Charles Frederick Worth. En 1838 tenía doce años y entró de aprendiz y dependiente en Swan & Edgar, una prestigiosa tienda de telas y confección de Piccadilly Circus, en Londres. Se mudó a París con veintiún años, cinco libras y sin saber una palabra de francés. Por su destreza cosiendo, los clientes le pidieron que hiciera él la ropa. Sus creaciones llegaron a la Exposición Universal de 1855, vistió a la mujer de Napoleón III y, en 1858, fundó su propia empresa: la famosísima House of Worth en el 7 de la rue de la Paix. Nació así la alta costura.

Fotografía: Ester Lozano FOTO 3: cambiar por la descripción de la imagen
El referente de Kawamura es el diseñador Kenzo por su uso vibrante del color.

Fue en 1854, la década estrella de Worth, cuando Japón se abrió al comercio internacional. Europa, fascinada, tomó de ellos la seda, los botones de cerámica, los abanicos de marfil, los estampados de cerezos, el tejido rinzu que usaban las mujeres de la clase samurái y hasta el kimono, que se popularizó como bata para estar en casa. El traqueteo de la revolución industrial trajo consigo la innovación del acero, por lo que la moda del chal y el kimono convivieron con el regreso del corsé y de los vestidos abultados en la cintura, hasta se podía apoyar en ellos una taza de té. El terciopelo, el encaje y las plumas engalanaron la opulenta belle époque hasta que Coco Chanel sepultó la estética recargada con su minimalista vestido negro. Después Christian Dior quiso que las mujeres lucieran faldas como flores y Jackie Kennedy cambió ese estilo floral por uno limpio y recto. Un año antes de que Yves Saint Laurent lanzase al mundo el primer esmoquin femenino, un acérrimo fan suyo acababa de llegar a la gare de Lyon soñando imitarle. Era el 1 de enero de 1965: Kenzo Takada había viajado en barco un mes desde Japón. París le pareció gris, lúgubre y deprimente, excepto por Notre Dame. El japonés estaba a punto de redefinir la industria de la moda con su explosión de color.


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¿Por qué es Kenzo su referente?

Siempre me gustaron sus combinaciones de color y sus estampados floridos. Lo tomó de la tradición de los kimonos. En la cultura occidental se coordinan dos tonos, tres como mucho, pero el kimono resalta lo variopinto. En Japón, intentamos darle protagonismo a cada elemento: la ropa, las sandalias, los calcetines… ¡Todo destaca! Kenzo trajo esto a Europa. En esa época, él era el único diseñador asiático en París. Vio que tenía que hacer algo diferente. Y triunfó. Los críticos franceses adoraron su trabajo. Sin embargo, ahora, cuando los jóvenes llevan kimono, lo hacen al estilo occidental, con un uso más sobrio y armonizado del color. Lo que me interesa de esto es que, aunque el fenómeno cambie, la idea de moda existe en todas partes, en cualquier momento de la historia.

«AUNQUE EL FENÓMENO CAMBIE, LA IDEA DE MODA EXISTE EN TODAS PARTES, EN CUALQUIER MOMENTO DE LA HISTORIA»

¿Cómo una prenda se convierte en moda?

Por la conciencia de que, al ponértelo, vas a la moda. Hay quien solo piensa que lleva ropa. Me gusta explicar que la ropa atraviesa todo un proceso para pasar de ser un trozo de tela a una pieza de moda. Primero, el diseñador se inspira en la tela, luego confecciona la prenda y después viene lo apasionante. Quizá ha creado dos faldas muy parecidas, pero solo una despunta como fenómeno cultural. ¿Por qué? Una marca incorpora la falda en su colección, la lleva a París, Milán o Nueva York, se luce en una pasarela, los periodistas escriben sobre ella, sale en una revista, la gente comenta… Hasta hoy, si un diseño no recorría este ciclo, era solo tela. Pero las redes sociales han revolucionado la industria: facilitan la conciencia colectiva necesaria para transformar la ropa en moda.

Hay modas que nacen de la pobreza, como el bordado sashiko.

Exacto. El sashiko comenzó en el norte de Japón, donde el clima es muy frío en invierno. Aquella región era muy pobre y, como no podían permitirse comprar telas, reutilizaban. A sus chaquetas les iban añadiendo capas y capas de retales viejos para no pasar frío. Eran de color añil o azul marino, porque sacaban sus telas de la única planta de la que disponían, el índigo. Y solo tenían hilo blanco, de manera que daban puntadas blancas sobre tejidos oscuros. Fue Kenzo quien convirtió ese estilo en moda al aplicarlo en una prenda que terminó en la portada de la revista Elle. Ahora es todo un fenómeno, aunque se ignoran sus raíces. Conocí a una familia de la zona rural de donde provienen los artesanos del sashiko que sentía vergüenza al hablar de sus costumbres. Preferían callar para que no se descubriera que su origen era muy muy pobre.


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La portada de Elle.

En las aulas, ¿cuáles son las preguntas que más le plantean sus alumnos?

Se interesan, sobre todo, por problemas sociales. En mis clases, no importa tanto leer a autores del siglo XIX como discutir dilemas. Nueva York es un crisol de culturas, y toda la migración que ha recibido ha tenido un gran impacto en la moda. No podemos obviar la historia de opresión de los distintos grupos étnicos que han convivido en América. En este contexto, la apropiación cultural suele protagonizar intensos debates. Como la vez en que las modelos de Valentino desfilaron con peinados afroamericanos. A raíz de este hecho, una periodista de la sección de moda de The New York Times contó que, en el colegio, ella era la única niña negra de su clase y sus compañeros se burlaban de su pelo. Si Valentino usa el estilo afro, parece algo creativo y genial. Pero, si se trata del peinado de los niños negros, no es tan glamuroso. Incluso mis alumnos negros, cuando acuden a entrevistas de trabajo, procuran no llamar la atención con su pelo. Se produce un dilema al tomar algo de otra cultura y utilizarlo como un adorno.

«LAS REDES SOCIALES HAN REVOLUCIONADO LA INDUSTRIA: FACILITAN LA CONCIENCIA COLECTIVA NECESARIA PARA CONVERTIR LA ROPA EN MODA»

Sorprende la influencia de Valentino, de Kenzo… Tocan algo y se convierte en oro.

Sí. Es la fama de su marca: consiguen que la gente hable de lo que quieran.

¿Qué sueña para la industria de la moda?

La industria está demasiado centrada en Occidente. Nueva York, Londres, Milán y París mantienen su poder, pero otras capitales están consolidando sus propias semanas de la moda, como Madrid, Tokio o São Paulo. Me gustaría que hubiese más igualdad, no tanta jerarquía. Últimamente me fijo mucho en la fashion week de Copenhague: promueve la sostenibilidad y exige que las marcas que participen empleen telas sostenibles en al menos el 70 por ciento de lo que producen. París y Nueva York aún no siguen este nuevo camino. Están en un pedestal y no advierten lo que está sucediendo en otras ciudades. Ojalá las diferencias se acorten en un futuro y no sean necesarios los shows de moda y las pasarelas. Espero que internet permita un acceso más igualitario a la moda y que los jóvenes gocen de más oportunidades.

«PARÍS Y NUEVA YORK ESTÁN EN UN PEDESTAL, SIN FIJARSE EN LAS TENDENCIAS QUE ESTÁN SURGIENDO EN OTRAS CIUDADES»


Yuniya Kawamura observa que el espíritu de España es relajado y casual. Lo ve en los vaqueros y las camisetas de fútbol que visten los madrileños el día 19 de julio, cuando se realizó esta entrevista y se jugó la final del Mundial 2026. Sin embargo, le agrada que en las calles de Madrid no ha visto pantalones rotos ni tops muy ceñidos, como los que ve en Nueva York. Ahí, cuenta, lo importante ahora es ir cómodo, en chándal o ropa deportiva. Lo último en lo que ha posado su mirada Kawamura es en la moda del kawaii —mono, infantil o tierno en japonés— que surgió en el barrio Harajuku, una selva de arte callejero contemporáneo. En octubre de 2025 vio la luz su biografía de Sebastian Masuda, la primera en inglés sobre el creador de la tendencia del kawaii, cuyo espíritu radica en la rebeldía no violenta y la valentía para vestir colores chillones de neón y accesorios de la cabeza a los pies. Al inicio de su carrera, Kawamura fundó su Fashion-ology y estudió cómo Kenzo trajo color a Europa. En la cumbre de su trayectoria, ha acuñado un nuevo término —Kawaii-ology— a partir del estilo vibrante de Masuda en su último libro. Donde unos solo ven cultura estridente o cursilerías, Kawamura disecciona hasta llegar a cómo el grabado de La gran ola de Kanagawa y el arte de lo efímero influyen en la estética de hoy en día. Donde unos ven solo tela, Kawamura ve ideas, cosmovisiones, el espíritu de una sociedad, todos los universos que cuenta la ropa que llevamos.

Fotografía: Ester LozanoFOTO 5: cambiar por la descripción de la imagen
 

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