Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 709

Palabras corteses y golpes cortantes


Por coherencia, el trasfondo literario, biográfico y teológico de Las crónicas de Narnia exige el triple salto moral de la alegoría; pero su ética se lanza de cabeza al corazón, con una frescura redoblada por el contraste con el juego de espejos cruzados. Hay una defensa sin ambages de la amistad, del valor, de la aventura y del buen humor.

Frente a los problemas, si no queda más remedio, apartar ligeramente el rostro: «Si tienes que llorar, Jill, vuelve la cabeza y ten cuidado de no mojar la cuerda del arco», conmina, bellísimamente, el príncipe Tirian en La última batalla. El arco siempre tiene que estar tenso. Y a Eustace Scrabb, el otro niño, le insta a que se deje de lloros: «Y tú, silencio, Eustace. No farfulles como una criada. Ningún guerrero farfulla. Palabras corteses o golpes contundentes son su único lenguaje». Por reforzar aún más la paronomasia, lo he cambiado ligeramente a «Palabras corteses y golpes cortantes», y me lo he pedido de lema de la casa, de motto del escudo.

La buena educación y el buen humor están continuamente presentes. Los comentarios del autor, escritos al margen, inciden con insistencia pedagógica. Tampoco los personajes dejan jamás de darnos ejemplo, a veces malo, para reconvenirnos, pero casi siempre bueno. Perla, la majestuosa unicornio, ofrece al humillado burro Puzzle una piadosa conversación de igual a igual, «hablándole de cosas de las que ambos entendieran, como hierba, azúcar y el cuidado de los respectivos cascos».

Parecería paradójico que unos libros famosos por su carácter apologético-alegórico resulten más eficaces como llamadas (llamaradas) francas y desnudas a la ética. Claro que no deja de haber en ello otra luz indirecta. A Lewis le gustaba citar al Dr. Johnson —poeta y ensayista inglés del siglo XVIII— para recordarnos que, cuando falta el valor, el resto de virtudes solo sobrevivirán por casualidad. Y viceversa: quien se porta como un valiente y es delicado terminará dando con la verdad más alta. Podríamos llamarlo la alegoría de la conducta.