El piano suena algo desafinado en el granero. Lisa Massahi toca I'm Kissing You, de Des'ree, con una mano y sostiene a Jörd con la otra. El bebé de nueve meses golpea algunas teclas y se ríe. A unos metros, Parsa, el padre, termina de ajustar una estructura que pronto servirá para cultivar hortalizas. La escena me resulta extraña y mágica. Un piano dentro de un invernadero en las islas Lofoten, por encima del Círculo Polar Ártico. Un lugar abandonado, donde el sol no llega a salir durante semanas en invierno, al que esta familia quiere darle una segunda vida.
El inicio de la historia de Lisa y Parsa sucedió en Oslo el 17 de mayo de 2017. Parsa, nacido en Dinamarca en 1992 en una familia de origen iraní, vivía nómada. Lisa, a sus 30 años, de origen suizo y crecida en Noruega, estudiaba Sociología y yoga. Empezaron a viajar juntos: Islandia, Bali, Hungría. En 2022 se establecieron y formaron una familia.
En 2022 compraron una típica granja lechera en Noruega, donde unas cuatrocientas desaparecen cada año porque ya no son rentables. Las políticas agrarias favorecen solo a las explotaciones más grandes. El establo seguía en pie, pero la ganadería ya no resultaba viable, de modo que reutilizaron la estructura original para habilitar un invernadero. «No necesitamos construir algo nuevo —me dice Parsa mientras corta tablones de madera—. La mayoría de estas granjas están vacías. Nosotros queremos demostrar que todavía pueden servir para producir alimentos».
«LA MAYORÍA DE ESTAS GRANJAS ESTÁN VACÍAS. NOSOTROS QUEREMOS DEMOSTRAR QUE TODAVÍA PUEDEN SERVIR PARA PRODUCIR ALIMENTOS»
«No se trata solo de producir comida, sino de aprender a vivir de otra manera», añade Lisa. Cultivan verduras adaptadas al clima extremo (col rizada, rúcula, patatas…), recolectan algas en la playa para utilizarlas como fertilizante natural y venden una porción de la cosecha a restaurantes locales. Pero también organizan cenas abiertas al público, las pizza nights, en las que visitantes de distintos países comen alrededor de un horno de leña mientras Parsa les explica su forma de vida: agricultura vegana y economía circular. En este lado del mundo, el clima hace muy difícil cultivar durante algunos meses, así que alquilan habitaciones en Airbnb, organizan talleres, proyectan películas ambientales y dan cursos de alimentación o agricultura.
«Queremos que Jörd, Arda y Balder crezcan entendiendo que la naturaleza no es algo separado de nosotros», me cuenta Lisa una tarde mientras prepara la cena. Los niños solo ven dibujos una vez a la semana. La mayor parte del tiempo la pasan correteando entre semilleros, herramientas, juguetes y libros.
REGENERAR EL SUR
A miles de kilómetros de allí, un grupo de jóvenes observa cómo el agua se infiltra, poco a poco, en un suelo que, durante décadas, ha perdido fertilidad, y le va devolviendo la vida. Otra escena mágica y extraña. En la finca de La Junquera (Murcia), una de las zonas más desertificadas de Europa, Alfonso Chico de Guzmán y Yanniek Schoonhoven han forjado una familia —hoy con dos hijos, Elena y Leo— y una comunidad con algunos agricultores, investigadores y emprendedores, una decena de personas. Hielo. Sequía. Norte. Sur. Los habitantes de estas latitudes opuestas se preguntan si es posible habitar lo rural de un modo respetuoso y sostenible.
Un antepasado de Alfonso compró esta finca en 1829, durante la desamortización, y se dedicó al cáñamo y al esparto. A partir de 1930, se sustituyeron esos cultivos por cereales y, en 1969, los 120 habitantes del pueblo se marcharon. Alfonso volvió a vivir aquí en 2012, con 24 años —había estudiado ADE en la Northeastern University de Boston— con la idea de repensar la propiedad familiar como un laboratorio al aire libre, un espacio de aprendizaje sobre agricultura regenerativa. Un paisaje duro: suelos erosionados, escasez de agua y un entorno marcado por años de labranza intensiva y degradación ambiental.
Un día de 2017 apareció Yanniek. Vino desde los Países Bajos, donde nació en 1991, para realizar prácticas de agroecología unas pocas semanas, pero conoció a Alfonso y ya no se marchó. Esta investigadora especializada en Ciencias Ambientales comenzó a imaginar una nueva vida para aquel terreno histórico. Fundó la Regeneration Academy, que codirige con Jacobo Monereo Bernabéu de Yeste. Impulsan cursos y experiencias prácticas de agricultura regenerativa para jóvenes y profesionales de distintos países. Algunos se quedan unos meses; otros, años.
«EL SUELO, EL AGUA, LA ECONOMÍA LOCAL, LA BIODIVERSIDAD… NO PUEDES REGENERAR UNA COSA SIN PENSAR EN LAS DEMÁS»
«Lo importante es entender que todo está conectado», me explica Yanniek. Camina junto a Elena, su hija, entre los viñedos. «El suelo, el agua, la economía local, la biodiversidad… No puedes regenerar una cosa sin pensar en las demás», continúa. Por eso no solo experimentan cómo mejorar la fertilidad del suelo o aumentar la infiltración de agua y recuperar la biodiversidad, sino que son una incubadora de iniciativas ligadas al territorio: una bodega de vino natural, proyectos de comunicación ambiental, talleres artísticos y programas educativos. La regeneración se entiende aquí como una vía para reconstruir tejido social y económico en zonas rurales que han perdido población y oportunidades.
Polarhagen —que Lisa y Parsa han vendido hace unos meses para instalarse cerca de Oslo— y La Junquera no son dos historias separadas. Laboratoria empezó en el sur de España, después de la pandemia, cuando muchas comarcas conocieron una pequeña revitalización. Me interesaba observar cómo el cambio climático afectaba de manera distinta a cada territorio, y así apareció el norte. En ambos lugares me encontré con personas que intentaban reconciliar producción, sostenibilidad y cotidianidad. No creían en soluciones milagrosas: trabajaban desde el método de la prueba y error, construían pequeños ecosistemas. Compartían nuevas formas de habitar.
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