
Donde mueren las bestias
Scott Preston
Impedimenta, 2026
297 páginas, 22,95 euros
Una pira. Una enorme hoguera de carne. De ovejas. Donde mueren las bestias comienza exactamente ahí, en el sacrificio y la quema de centenares de ovejas enfermas de fiebre aftosa, en una región que se llama Cumbria, al norte de Inglaterra, en 2001. El primer capítulo te arroja de cabeza en el barro y ya no puedes salir de ahí hasta trescientas páginas después.
Steve pierde a todas sus ovejas excepto a un cordero recién nacido, Rusty (como el investigador de True Detective, una serie con la que comparte muchos elementos, empezando por esa atmósfera oscura y sofocante a cielo abierto). Steve lleva a Rusty a la granja vecina, donde William, un calvo poco escrupuloso, se ha atrincherado con sus peones y sus escopetas para que los soldados no sacrifiquen a todo su rebaño y poder escamotearle al Ministerio de Agricultura al menos noventa cabezas de ganado que pretende esconder en los fells.
Los fells son una de esas palabras intraducibles que dan singularidad y textura al debut de Scott Preston, un paisano de Cumbria nacido en 1991 que ha sido constructor de muros de ganado, paisajista, filósofo y, por último, novelista. Y de los buenos. Ese es uno de los grandes aciertos del libro: que recrea con tanta precisión esa región ignota. Ni una concesión al cosmopolitismo. Es como si Preston escribiera para un solo lector, y eso lleva al incauto que acaba entre sus páginas a lo completamente ajeno y extraño: a esquilar, desparasitar, aparear, pastorear, a distinguir en la orografía un circo de un ponche o los distintos tipos de viento, y en los rebaños a una jacob de una norfolk, un capón de un semental. Se parece mucho también a As bestas de Sorogoyen. La misma rabia antimoderna: la rabia de los perdedores.
Desde el principio y sin concesiones, Donde mueren las bestias es una novela de perdedores. Desde luego que lo es es el resignado protagonista, Steve, pero también William y su apocado hijo adolescente, Danny; y lo son esos gañanes de mala vida, Colin y sus secuaces, que se dedican a la droga, el robo y el boxeo; lo son los paisanos del bar The Crown y el entrañable agente de policía, Simply Red. Tal vez la única que no lo es del todo es Helen, casi el único personaje femenino, que, como los demás, se debate entre quedarse en la tierra que la vio nacer o marcharse quién sabe a dónde para hacer Dios sabe qué.
A pesar de tanta derrota y del olor a mierda de oveja que desprenden todas las páginas del libro, Donde mueren las bestias es una novela preciosa, un gran poema triste sobre el paisaje y la tierra y lo que queda después de la posmodernidad. Un poema triste, pero también un poema épico, una epopeya campestre llena de adrenalina y gestas, sangre, disparos, persecuciones y la gran oscuridad de la noche a campo abierto.
El thriller y la meditación contemplativa se ligan en esta intensísima narración solo a través de la prosa contundente de Scott. No hay ni una frase de relleno, ni un diálogo innecesario, todo ocupa exactamente su lugar y el lenguaje está al servicio de un proyecto poético, un proyecto que el mismo Steve revela hacia el final: no conocer el mundo en su extensión, sino este pedazo de tierra en toda su profundidad. Y ni siquiera eso nos es dado. Una novela rabiosa, emocionante, y antiposmoderna.




