Opinión Campus Periodismo Desde la redacción
—Ayer no me quería acostar contigo. Sé que tú crees que sí. Pero no. Me convenciste con tus mentiras y lo hice, pero no te imaginas cuánto me arrepiento.
—¿No te lo pasaste bien?
—Sí, eres el mejor. Pero me arrepiento.
—Mala suerte, a veces nos equivocamos.
—Pero tú sabías que yo no quería, ¿verdad?
—Bueno, no sé.
—¿No lo dejé claro?
Este diálogo de la película Stockholm (2013), de Rodrigo Sorogoyen, encierra muchas de las preguntas que orbitan alrededor del consentimiento. Está el escollo de las distintas maneras de conceptualizarlo: desde el «no es no» al «solo sí es sí», o, incluso, con un paso más allá de ese consentimiento afirmativo: la apuesta por un paradigma que hace del deseo el criterio. También se ve la fricción entre el desear y la voluntad. Y las dudas sobre la honestidad de al menos uno de los personajes. Hay algo en lo que acaban de vivir que no termina de encajar, pero ninguno es capaz de nombrarlo.
En los últimos años, muchos autores se han preguntado por qué, a pesar de toda la tinta vertida sobre el consentimiento, a pesar de cada vuelta de tuerca que le damos al término, las relaciones de pareja no parecen mejorar —chicas que tienen relaciones sin desearlo, jóvenes que cada vez tienen menos sexo, abusos…— y seguimos encontrándonos en los titulares (y sufriendo en propia piel) las consecuencias de una sexualidad desligada de todo.
El consentimiento se presenta como la varita mágica que convierte cualquier encuentro sexual en bueno. Pero, el consentimiento es un criterio legal, no un criterio ético, señala Christine Emba, periodista especializada en sexualidad y feminismo. Además, apunta, «establecer el consentimiento como el listón más alto para cualquier encuentro equivale a esquivar las preguntas más difíciles», por ejemplo, si deberíamos hacer aquello para lo que hemos obtenido consentimiento o incluso «cómo sostener una relación que afirme nuestra condición fundamental como personas y nuestra dignidad humana». El consentimiento no puede responder a esas cuestiones, por eso es «el suelo, no el techo». Pero aspiramos a más.
¿El arrepentimiento que puede darse a la mañana siguiente (o a los meses) anula el valor del consentimiento de la noche anterior? ¿O más bien nos habla de que el consentimiento no es suficiente? ¿Qué más haría falta para vivir las relaciones sexuales con plenitud? Algunas feministas defienden que lo que falta es el deseo, y este llega así a reemplazar a la voluntad como quicio del consentimiento. Pero la realidad es que ni todo lo consentido es automáticamente «sexo bueno» en el sentido ético, ni el consentimiento crea «buen sexo» (placentero, satisfactorio) por sí solo.
Como objeta la filósofa y escritora feminista Clara Serra en El sentido del consentir, donde analiza el recorrido y las contradicciones de las distintas maneras de presentar el concepto, «podemos consentir sin que eso implique nuestro deseo, podemos desear sin que haya habido consentimiento». Y añade que «si las mujeres tenemos derecho a desear sin límites, debemos tener también el derecho a no seguir siempre nuestros deseos».
Aunque resulta refrescante que salve a la voluntad de la sospecha de estar «siempre potencialmente secuestrada» y del peligro de ser reemplazada por el deseo como único criterio de actuación, al desovillar sus argumentos, Serra acaba en una defensa de la pornografía, la prostitución y el sadomasoquismo. La voluntad que la autora promueve se convierte, de hecho, en una voluntad que crea en cada caso lo bueno y lo malo. No es una voluntad que busca adherirse a algo bueno. Así, un encuentro sexual sería correcto si nos aseguramos que la libertad de las personas involucradas no está en riesgo en cada contexto particular.
No sé qué opina Serra de Lily Phillips, una chica británica de 24 años, famosa por su perfil en OnlyFans, que superó en 2024 el ¿reto? de tener sexo con cien hombres en 24 horas. ¿Fue Lily Phillips realmente libre en su decisión? Y, aunque lo hubiera sido, ¿la elección que tomó fue lo mejor para ella? Las lágrimas de Lily y sus palabras al terminar aquel día, recogidas en un documental, hacen pensar que no. Pero, incluso si no hubiera habido llanto, incluso sabiendo que, poco después, anunció su siguiente desafío —repetir lo mismo con más de mil hombres—, ¿se puede decir que el sexo que tuvo Lily fue bueno?
Hay, en el libro de Serra, una reflexión sobre la necesidad de traer a escena la vulnerabilidad y la interdependencia, y una crítica a la idea de independencia neoliberal. Pero imaginar una voluntad todopoderosa al tiempo que se aboga por ampliar los márgenes del deseo supone entender el sexo desde la autonomía individual.
Desde ese prisma, parece que se trata de obtener el máximo beneficio propio de las relaciones intentando minimizar el riesgo de recibir cualquier clase de daño. Pero el sexo es, en esencia, relación, y una relación no comparable a otras, porque involucra la intimidad y la dignidad de la persona de una manera única, aunque décadas de revolución sexual nos hayan llevado a olvidar esta verdad tan sencilla.
Se nos ha vendido la moto de que podemos tener el sexo que queramos, cuando y como queramos, sin consecuencias —esto es, sin responsabilidad, o con la sola responsabilidad de «protegerse»—, que la espontaneidad es la guía vital y hay que dejarse llevar, que nunca sabemos en qué cama podemos amanecer, que no hay que reprimirse… Y ahora, sin levantar el pie del acelerador, se intenta pisar el freno hablando de límites, de consentimiento, de respeto, de preocuparnos de la persona que tenemos enfrente. Responsabilizarnos.
Responsabilidad viene de responder. Responder ante alguien, pero también responder ante la realidad. Para que la responsabilidad sea de verdad y no marcar un tick en las casillas de un cuestionario sin más, se necesita contar con que la realidad es la que es, con independencia de lo que pensemos de ella. El empeño por desligar al sexo de ataduras (biológicas, personales, sociales) ha llevado a desproveer al sexo de un significado. O más bien, ha llevado a la incapacidad (o la negativa) de reconocer que tiene un significado. Pero esa incapacidad (o negativa) no dobla la realidad al gusto del consumidor. Reconocer que el sexo tiene un significado no es un paso atrás. Es, quizá, el paso que falta.
Para redactar su artículo, Christine Emba preguntó a varias personas cómo sería un mundo sexual mejor. «Escucha», «cuidado», «responsabilidad mutua» fueron algunas de las palabras clave. Una mujer comentó: «¿Acaso no podemos tan solo amarnos los unos a los otros aunque sea un solo día?». El listón está muy bajo si nos conformamos con solo un día, pero la pregunta retórica rezuma una parte de verdad: el amor —una voluntad real de buscar el bien del otro— nos sacará de la rueda de sospecha e insatisfacción en la que muchos viven sus relaciones de pareja. Como defienden los filósofos estadounidenses Elizabeth y Nathan Schlueter: «Si el sexo deja de tener que ver con el amor, necesariamente tendrá que ver con la guerra».
