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En abril volví a Asturias. Siempre lo hago después de Semana Santa, fecha arriba o abajo, un poco por amistad y otro poco por nostalgia, que es un aguijón dulce. Allí paseo por Gijón, una ciudad de primera, aunque el Sporting esté en segunda —no importa, todo se andará—. Regresé también a Cangas de Onís porque se abría la campaña del salmón, un pez de plata que lleva en sus agallas la cultura de la paciencia.
Para los pescadores hay fechas sagradas y abril es una de ellas porque termina la veda fluvial, palabras mayores si se lleva una caña en el alma. La temporada se prolonga hasta mediados de julio y este año solo se pudo sacar un centenar y medio de ejemplares. Va a ser la campaña más restrictiva de la historia por el declive de las poblaciones, lejísimos de 1980, donde no había cupos y se capturaron 6500 peces.
Yo, lo confieso, no pesco más que gripes. Carezco de la disciplina de los que madrugan para caminar por los ríos antes del alba, pero me encanta oír su jerga ribereña. Verlos intercambiar secretos —como druidas acuáticos— sobre los lances salmoneros. Debatir con pericia sobre cebos, pozas y otros enigmas indescifrables. Admiro, en fin, la obsesión del que se prepara toda la vida para derrotar a un animal.
En los tiempos del hambre, levantar ese pez mítico era una noticia colosal. Los inviernos son crueles en la montaña astur, con la tierra congelada y la despensa vacía, pero el regreso del salmón a las aldeas aseguraba comer de verdad durante unas semanas. Entonces, las campanas de las iglesias cantaban la llegada del rey del río, por eso llaman campanu al primero que se echa a tierra. Solo al primero.
Históricamente, su pesca estuvo vinculada a la monarquía asturiana, dueña de los cotos fluviales. Ya en el lejanísimo año 775 se regulaban las capturas, controladas después por la nobleza y los monasterios cercanos a los caudales. A comienzos del xix, el Estado pasó a gestionar los cauces y los peces se convirtieron en moneda de trueque y, algunas veces, en motivo de conflicto entre concejos. Durante la Segunda República se autorizaron las primeras sociedades de pesca y nacieron los cotos reglamentados. El último gran cambio ocurrió en 1942, al establecerse la caña como única arte admitida y comenzar a precintarse los ejemplares recién capturados.
Este invierno ha sido abundante en nieves y el campanu, remolón, tardó más que nunca en aparecer. Las aguas bajaron más frías de lo normal; pero lo hicieron con fuerza, limpias, caudalosas. Eso les gusta a los salmones, que son unos aristócratas. Desde su nacimiento, los esguines sueñan con el viaje ancestral para desovar en sus cabeceras de origen. Allí los esperan depredadores de dos patas con artes antiguas (mosca seca, cola de rata, látigo) y el íntimo anhelo de entrar en la posteridad por haber pescado un campanu.
En la ribera de los ríos asturianos también se habla de apuestas. Por ejemplo, si Mori levantará o no su sexto campanu o dónde picará el primero. Sin duda, se recordará también a alguna caña histórica (como la de Pidal, que andará por los cotos del Cielo) y se intentará adivinar cuánto se pagará por la primera pieza. Se vio hace un par de años cuando salió del Narcea y la puja reglamentaria llegó a veinte mil euros. El encante se celebra a mano alzada y con toda la emoción del mundo, ya sea en el Puente Romano de Cangas de Onís o en el monasterio de Cornellana. Aunque no siempre hay subasta. En 2007, un romántico se lo quedó para compartirlo con los amigos —honor y gloria eterna— y, unos años después, el simpar Canalón se lo regaló al rey. Ahora bien, la palma se la llevó un guaje de catorce primaveras que atrapó al salmón la primera vez que iba de pesca fluvial… y no sabía qué hacer con él.
Asturias. El campanu. Historia, tradición y orgullo regional. Amor a lo nuestro, a las raíces. Por muchos años.
