Lianta

8 de enero de 2026 4 minutos

Ignacio Uría Biografía

Ignacio Uría (Gijón, 1971) es historiador, periodista y profesor de la Universidad de Alcalá. Estudió Derecho en la Universidad de Navarra y fue editor de Nuestro Tiempo de 2012 a 2018. Colabora con distintos medios en la sección de política internacional. Ha publicado cinco libros y dos centenares de artículos de opinión y divulgación histórica. Lector omnívoro –con predilección por el ensayo y la poesía–, le apasionan el cine, la conversación y los viajes en Vespa, con la que ha recorrido media Europa y el norte de África. 


«La cría puede mirarte de frente o de soslayo, pero en ambos casos captará tu atención. Si es de frente, para interrogarte con pericia de policía viejo; si es de reojo, peligro, porque la sentencia volará como una flecha»

Nació con prisa un 11 de abril, el mes de los locos, y algo loca está, no puede negarse. Con ocho meses empezó a hablar y, con nueve, ya caminaba, descubriendo así que había un mundo por recorrer y poco tiempo para hacerlo. También tenía prisa por reír, por salir a la calle y por comer chocolate
—el chocolate es una pasión irrefrenable—, dispuesta a robarlo de la despensa sin el menor remordimiento. «Es que estaba ahí», dijo una vez como explicación al hurto.

Pipa tiene unos ojos grandes y negros, con unas pestañas que se asoman a la vida y una nariz que, de niña, parecía un botón. Pipa viene de piparra, que significa guindilla en euskera, y el sobrenombre le va al pelo. Su carácter es enérgico; su alma, eléctrica. Por eso a veces se enciende, como en aquella ocasión en la que su abuela le afeó que gritase a sus hermanos y ella se rebeló diciendo: «No me riñas, Abu, que ya no les pego». Inapelable.

La cría puede mirarte de frente o de soslayo, pero en ambos casos captará tu atención. Si es de frente, para interrogarte con pericia de policía viejo; si es de reojo, peligro, porque la sentencia volará como una flecha. Por ejemplo, cuando su madre pacificaba una riña apelando al cariño familiar y ella soltó: «Mamá, decir que “nos queremos” no es suficiente para dejar de pelear». Claro que sí, discutir es compatible con quererse.

Pipa tiene iniciativa desde siempre. En casa la llamaban Señorita Money porque no dejaba de abrir negocios: una peluquería, una cafetería (solo con reservas por teléfono), un supermercado o una librería. En esta última, revendía libros birlados a sus padres y su progenitor, cartesiano, le preguntó: «¿Por qué voy a comprar algo que ya es mío?». Ella lo miró extrañada y le dedicó una caída de ojos que ni Liz Taylor en Cleopatra: «Porque te gustan y, además —concluyó, mientras enseñaba unos dientes de ardilla—, querrás recuperarlos». Algo mafioso se esconde ahí o, quizá, simple capitalismo.

Esto del capitalismo lo padeció uno de sus hermanos cuando quiso hacerle la competencia. Sin calcular los riesgos, Yago abrió una tienda donde se podía encontrar, entre otros tesoros, un lápiz mordido a diez céntimos; un balón desinflado por treinta, y, atención, un iPad que no funcionaba a dos euros. Aquello fue demasiado para ella y, con siete años y ninguna piedad, hizo su oferta: «Te-lo-compro-todo». Pienso en la escena y surge Mafalda negociando con Manolito en el colmado porteño. «¿Qué? ¿Cómo que todo?», dijo el pequeño. «Todo por cuatro euros, pero tienes que dármelo ahora». El niño aceptó y, con el botín, se fue a comprar chuches dando saltos de alegría. La felicidad le duró hasta que volvió a casa y vio el nuevo bazar de su hermana donde un lápiz mordido costaba veinte céntimos; un balón desinflado, sesenta, y el iPad, ¡cuatro euros! La sensación de haber sido estafado le dura hasta hoy.

Ha pasado media vida —de la suya— y aquella revoltosa ha crecido. Ahora acarrea libros de Economía y madruga rumbo a la facultad. Le gusta socializar y debatir (ha salido a madre). El chocolate, por supuesto, sigue en la lista de caprichos y ha desarrollado una curiosa facilidad para dar titulares. Por ejemplo, el celebrado «Me miro y me admiro» o el amenazador «En mi casa no se van a comer cosas caducadas». Ay, las familias numerosas.

Todavía mantiene su afición al lío, pero de otra manera. Ahora sabe que no hay nada más noble que ser una persona para los demás. Comprometida con mejorar el mundo sin renunciar a sus raíces, que son profundas y, por católicas, universales. Dispuesta a conocerlo todo de inmediato y a ser muy buena en lo suyo, aunque aún no sepa exactamente qué significa «lo suyo».

Sus padres la miran perplejos, como el primer día, dispuestos a apoyarla y, si fuera necesario, a frenarla. Tampoco es cuestión de que se lleve por delante el mundo en el que vivimos, aunque ella, como buena lianta, estaría encantada de hacerlo.

LA PREGUNTA DEL AUTOR

¿Qué travesura de la infancia te parece que mejor define quién eres hoy?

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