El síndrome del eterno candidato

24 de marzo de 2025 10 minutos

Andrea Blavia Biografía

Andrea Blavia Guédez  participó en la segunda edición del Programa de Edición de Revistas Culturales de Nuestro Tiempo y es consultora junior en Fortius Consulting, especializada en organizaciones del tercer sector. Estudia Filosofía, Política y Economía (PPE) en la Universidad de Navarra.


«El solapamiento de las identidades de gobernante y de líder de partido es la raíz del dilema existencial de la política contemporánea. En concreto, bajo un fenómeno que podría denominarse “el síndrome del eterno candidato”, un deseo de aprobación constante que mantiene a los líderes atrapados en una campaña perpetua, incluso después de una victoria en las urnas»

«Es normal», dice el psicólogo a unos padres preocupados por el comportamiento de su hijo adolescente. Inseguro, adicto a la atención continua, obsesionado con su imagen y siempre rehuyendo responsabilidades… Es solo una etapa, les explican. Con ese diagnóstico, los padres suspiran aliviados: no es un problema, es natural. Pero ¿qué pasa si los adolescentes se hacen con el Parlamento? Me pregunto cuál será la vigencia del consuelo: «Es normal, es político».

«Como los gobernantes no han respondido, pedimos ayuda a los jueces». Así justificó la Asociación de Damnificados Horta Sud su decisión de reactivar la vía judicial tres meses después de la DANA, que hoy continúa bajo la investigación de la magistrada Nuria Ruiz Tobarra. Familias y conciudadanos de los 228 fallecidos por las lluvias torrenciales de octubre presentaron querellas contra los responsables políticos, quienes en plena crisis se encerraron en su habitación excusándose con un eterno «Yo no fui». 

La falta de alertas, el caos en la respuesta y la negación de errores son solo unos de los «siete pecados capitales» en el manejo de la tragedia que desglosa Pablo Pombo en El Confidencial. Considero que los argumentos de Alfredo Cruz Prados, profesor de Filosofía Política y de Historia del Pensamiento Político de la Universidad de Navarra, son una vía valiosísima para entender el origen de esa negligencia en la gestión pública que hoy denuncian los españoles. 

En su libro El sentido de la moral, define la acción correcta como aquella que hace verdadera una identidad y un contexto. Es decir, para actuar acertadamente hay que saber quién se es. No de un modo abstracto, sino qué papel se ha de jugar en una situación o cargo concretos. Esto parece entenderse mejor en la vida cotidiana que en la política: cuando una madre responde con un «¿Quién te crees?» a la insolencia de su hijo, no está haciendo más que recordarle quién le corresponde ser. Porque no todas las acciones encajan con una determinada identidad. 

Las peleas de gallos y gallinas que protagonizan las sesiones parlamentarias y la indiferencia hacia la verdad en la esfera pública digital demuestran que los políticos actuales no tienen claro quiénes son. Una vez que estos comportamientos se normalizan y arraigan en las democracias de Occidente, resulta complejo desentrañar cuál ha de ser la acción acertada de quienes encabezan las decisiones públicas.

En conversación con Nuestro Tiempo, el profesor Cruz Prados recuerda que, «cualquier gobernante debería perseguir el bien de su sociedad, obviamente. Es decir, su perfeccionamiento en todos los ámbitos». Para ello, aclara, «lo primero es conocer las condiciones y las necesidades de su sociedad para poder dar una concreción, a corto plazo, de ese perfeccionamiento». Es esto lo que corresponde a su identidad y contexto. «El problema emerge cuando el político busca la acción correcta, pero no tomándose a sí mismo como gobernante de una sociedad, sino como líder de un partido. Líder, en el fondo, de una facción», continúa. Entonces, orienta su labor a asegurar la permanencia del partido en el poder, en vez de mejorar a la comunidad. 

UNA POLÍTICA ESTANCADA

«¿Alguna vez te has sentido perdido acerca de quién eres y cuál es tu lugar en el mundo?». Esta pregunta atraería a una persona inmersa en una crisis identitaria, ese periodo de confusión que, según los psicólogos, se caracteriza por la dificultad de tomar decisiones y la demanda extrema de validación.

Erik Erikson, a través de su teoría del desarrollo psicosocial, explica que cada etapa de la vida —él señala ocho— la protagoniza un conflicto central que debe resolverse para madurar. La crisis de identidad es propia del quinto estadio, la adolescencia, donde la persona busca su yo, mientras que en la adultez intenta forjar relaciones de confianza y contribuir al bienestar colectivo.

Aplicada esta tesis al ciclo político, la etapa de candidato conlleva el reto natural de hacer campaña, pero, una vez superado, debería comenzar la de gobernante, donde la prioridad es asumir responsabilidades y desarrollar reformas en beneficio de la sociedad. Pero las democracias no cuentan con un Erikson que dicte las fases de maduración de un líder, ni el político con un reloj biológico que lo impulse hacia el ejercicio virtuoso y maduro de su función. 

Como resultado, en palabras de Alfredo Cruz Prados, «nunca llega el momento de materializar un plan de gobierno efectivo. Y siempre persiste el ansia de conseguir el poder, de mantenerlo o de quitárselo al otro». Parece haber algo que impide al político avanzar en su carácter profesional y, lamentablemente, son crisis como la DANA las que se encargan de revelar los riesgos de esta parálisis normalizada.

El solapamiento de las identidades de gobernante y de líder de partido es la raíz del dilema existencial de la política contemporánea. En concreto, bajo un fenómeno que podría denominarse «el síndrome del eterno candidato», un deseo de aprobación popular constante que atrapa a los políticos en una campaña perpetua, incluso después de una victoria en las urnas. También los imposibilita para, como indica el profesor, «gobernar por el bien de su sociedad hasta el punto de que eso pueda ser contraproducente para su partido». Por eso, «hoy día, cuando un parlamentario sale de su disciplina afín y vota algo contrario, se considera escandaloso», continúa. El escaño se presenta como extensión del partido y no del pueblo, y estar en el Gobierno y gobernar no son conceptos unívocos. 

CUANDO LA CONFUSIÓN REINA EN LA POLIS

El sensacionalismo político y la polarización afectiva emergen como secuelas del síndrome del eterno candidato que, en muchos casos, se ve agravado por un fenómeno que en psicología se conoce como introyección: ese proceso por el cual una persona adopta características de otras —a quienes admira, teme u odia— y las integra como propias. De esta forma, los gobernantes sufren una doble alienación: ni saben quiénes son, ni actúan como quienes deberían ser.

El investigador Wolfgang Donsbach, en su artículo «Weimar 2.0: Acerca de la pérdida del espacio público», expuso que la enajenación de los gobernantes queda patente cuando la política «se pone al servicio de los valores que predominan en las noticias, edita los acontecimientos y acepta los programas de opinión televisivos [o Twitter] como parlamento sustitutivo», descuidando aspectos identitarios que la distinguen de los medios de comunicación. La credibilidad de estos últimos, por otro lado, ha caído debido a que los ciudadanos —el 83 por ciento de la población española, según concluye el último Informe de la Asociación de la Prensa de Madrid— perciben el periodismo como un reflejo de la polarización política.

La introyección ha dejado de ser una metáfora: los protagonistas de la gran obra colectiva titulada polis han asumido patrones ajenos. Entonces, si la acción correcta es aquella que hace verdadera la identidad, y las identidades se vuelven más borrosas, ¿resulta acaso posible saber cómo actuar adecuadamente en la política de hoy? El manejo de la DANA y otros sucesos anteriores, como la disputa de la amnistía y las consecuencias de las elecciones del 23J, permiten concluir que no: un teatro orquestado por líderes existencialmente confundidos oscurece el criterio moral en la toma de decisiones gubernamentales.

LA ESPIRAL HACIA ABAJO DE LAS DEMOCRACIAS

El clásico planteamiento que Walter Lippmann propone en su libro La opinión pública pretende determinar en qué medida difiere el ideal de la democracia del desempeño real de sus actores. Para conseguirlo, es imperativo preguntarse qué puede esperarse no solo de los políticos, sino también de su stakeholder —en teoría— primordial: los ciudadanos. 

«Da la impresión de que el electorado es menos apto, más individualista, materialista y despreocupado por lo común con tal de vivir bien privadamente», advierte Alfredo Cruz Prados. Como revela una encuesta emitida en enero por el CIS, al 42,1 por ciento de los españoles la política le interesa poco o nada, y el 77,3 por ciento no se ha implicado en cuestiones públicas a lo largo de 2024. Según Cruz Prados, esta desafección, sumada a un sistema político que prioriza el éxito electoral sobre su verdadero propósito de mejorar la sociedad, es uno de los principales peligros que amenazan las democracias contemporáneas.

Por eso se parecen tanto los panfletos electorales en España, cada vez más generalistas: «Las propuestas de los partidos son de peor calidad, ya que los candidatos no pueden apelar a grandes ideales o problemas comunitarios, porque no movilizan». Así lo explica el entrevistado, quien describe este fenómeno como «una especie de espiral hacia abajo en las democracias», en la que la pasividad cívica, amparada en la ideología, alimenta el vacío del debate público y obstaculiza el desarrollo psicosocial ericksoniano.

Parece que todos los actores en la vida política —gobernantes, ciudadanos y medios— están infectados a su manera. ¿Quién será la madre que los devuelva al orden? ¿Quién tendrá el coraje de mirar a los ojos a los hijos de la democracia y soltar un contundente «¿Quién te crees?»? 

CONOCERNOS PARA HACERNOS MEJORES

A finales de 2024 vi en un programa de entrevistas al cirujano Pedro Cavadas, conocido por sus opiniones contundentes sobre la gestión pública. Le preguntaron qué tratamiento le aplicaría a la política española. «La eutanasia», dijo, sin considerar paliativos. El profesor Cruz Prados comparte esta premura de reconfigurar el sistema desde sus raíces. Considera urgente organizar las prioridades de las democracias y posicionar a las instituciones en el primer puesto, ya que florecen como lo único verdaderamente público frente a los partidos, que se nutren de quienes se adhieren a la ideología que fomentan. De hecho, en El sentido de la moral, explica que las instituciones —desde el Parlamento hasta la universidad— tienen un cometido irremplazable: «Proteger la diversidad de identidades, el patrimonio social más importante que la humanidad ha conseguido».

Será viable conservar este legado, argumenta Cruz Prados, en la medida en que sepamos responder, como partícipes de un proyecto social común, cuestiones aparentemente simples, pero que sostienen la democracia, como qué es una institución pública o cuál es la identidad y los criterios de la acción que se adquieren al incorporarse a una de ellas.

Todo lo que contribuya a la transición consciente entre identidades políticas —de militante de partido a parlamentario o ministro, por ejemplo— ayudará a erradicar el síndrome que confunde a los gobernantes de hoy. Por el contrario, continuar evaluando a los políticos solo en términos ideológicos agudizará la patología. «Llegará un momento en que, por razones de partido, la ciudadanía estará dispuesta a perdonar todo a un parlamentario con tal de que beneficie a su doctrina —señala Alfredo Cruz Prados—. Entonces el pueblo dejará de tener la más elemental capacidad de crítica y estará expuesto a cualquier abuso».

Mientras los gobernantes no se detengan a responder «¿Quién soy?», las democracias modernas continuarán en manos de adolescentes en campaña. Lo que sucede es que la crisis de identidad de nuestros líderes no es una etapa de vida ni un proceso natural; es un lastre que compromete la calidad de las democracias y frena cualquier intento de progreso institucional. Ya lo dijo Emilio Lledó parafraseando el Alcibíades de Platón: «¿Sin saber qué somos nosotros mismos, cómo vamos a conocer el arte de hacernos mejores? El conocimiento de sí se despliega ante un horizonte moral, y este horizonte es la polis […]. El conocimiento de sí es prudencia, honradez, equilibrio, inteligencia, sosiego. Sin esta forma de conocimiento no podemos, de hecho, distinguir el bien del mal».


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