El tatuaje de bambú

9 de septiembre de 2026 4 minutos

Victoria Schneider Biografía

Victoria Schneider se graduó en Periodismo en 2025 y ha formado parte del Programa de Edición de Revistas Culturales de Nuestro Tiempo. Nació en Chile y le apasiona el periodismo de conservación y ambiental.

Un poco de sol, una cerveza y la pregunta correcta pueden reescribir una tarde entera. A veces, la historia que necesitas llega sin que la hayas buscado.

En la universidad aprendí que, cuando sale el sol en Pamplona, es una señal para tomarse una caña y darle una vuelta a la vida. Esa mañana caminaba a casa, mirando mi sombra, tan derrotada por no lograr escribir una columna sobre el amor que ni me había dado cuenta de que el sol llevaba rato brillando.

Entonces me encontré con una amiga que estaba con sus compañeros de curso en una terraza. Sin pensarlo, me uní y la cerveza fría me despejó la mente. Todos se fueron rápido, con la excusa del hambre. Todos menos uno. Yo prefiero pensar que el universo hizo su parte y me dejaba frente a la única persona que debía quedarse.

Jacobo —llamémosle así— es de esos que apenas aparece en clase. Siempre con gorra y gafas de sol, que esconden sus ojos de ámbar. Sin embargo, ahí estaba. Típico venezolano: un chico escuálido, moreno, con pecas, el pelo rizado y una sonrisa blanca y contagiosa.

La conversación derivó hacia mis planes de montañismo en Asturias. «¿A qué parte vas?», curioseó. Le contesté con un resoplo: «¿Tú conoces Asturias?». Y me miró como si le hubiese preguntado si sabía lo que era el mar. «Claro —dijo, sin darle importancia—, el verano pasado recorrí el Camino de Santiago del Norte. 838 kilómetros en 28 días».

Mientras yo intentaba procesar la cifra, él sonreía y contemplaba el horizonte, que se reflejaba en sus lentes. Prendió un cigarro e inhaló. Hubo un largo silencio. Daba la impresión de que estuviera en otro sitio, recordando algo. Sopló el humo y, clavando la mirada, soltó la frase que cambió mi tarde: «¿Crees en el efecto mariposa?».

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Me recorrió un escalofrío por el cuerpo. Le respondí que sí. El monosílabo fue una llave: empezó a hilvanar la historia de su vida. «La muerte siempre me ha estado observando…», comenzó. Nació a los seis meses, prematuro o, como él decía, «crudo».

Terminado el bachillerato, se tomó un año sabático en Malta. Allí, una borrachera interminable lo dejó deprimido. «Necesitaba irme y, sobre todo, ayuda de mi familia para salir de ese ambiente. Por suerte, la pedí», se sinceró.

Al volver a Caracas, lo detuvieron en aduanas acusado de llevar drogas en su mochila. Una táctica frecuente en Venezuela: chantajean a los allegados para recaudar grandes sumas de dinero a cambio de la liberación. Jacobo terminó encarcelado injustamente en El Helicoide, una de las prisiones políticas más temidas de América Latina. Me contó con frialdad algunas de las cosas que vio —y los gritos que escuchó— durante las dieciséis horas que permaneció encerrado.

Cuando su familia pagó, pudieron reencontrarse después de más de un año separados. «Mi abuelo era tan especial para mí —continuó—. Se sentía extraño no haber estado con él en tanto tiempo».

Al día siguiente, su abuelo falleció en un terrible accidente: su coche se precipitó por un barranco. «No tenía sentido para mí. ¿Cómo podía morirse así, de una forma tan inesperada y extraña?», murmuró con cierta calma.

Apenas un mes después, el auto de Jacobo se despeñó en la misma curva que se había llevado a su abuelo. Unos bambúes que crecían al borde del camino, aferrados al precipicio, amortiguaron la caída y le salvaron la vida.

Al ver mi cara, se remangó el pantalón y apareció un gran tatuaje de bambú sobre su gemelo. «Por si no me crees», se defendió. Trazos gruesos que mezclaban el negro con el volumen del músculo. El relato, hecho tinta, respiraba con él.

Nadie lograba asimilar cómo sobrevivió. Pero Jacobo tenía una explicación. Aquellos tallos de bambú eran, en realidad, el alma de su abuelo, que lo había sostenido. «Él murió para rescatarme», dijo finalmente.

Entonces todo encajó. No importaba cuánta verdad encerraba su relato. Para él, cada decisión de su vida había desencadenado una serie de eventos, un efecto mariposa, que lo había llevado hasta ese instante: «Casi tuve que morir para entenderlo».

Me confesó que desde ese día vive como si fuese el último, sin complicarse demasiado, porque mañana podría ser muy tarde.

Su historia me dejó sin palabras. Era descabellada, pero sentí como si me hubiese tatuado también. Quizá mi frustración de la mañana era la pieza necesaria para llegar a esa silla y escuchar algo que no había buscado, pero que me hacía falta. Llevaba horas sin poder escribir una sola línea sobre el amor. Al final, lo único que necesitaba era dejar de intentarlo.

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