
Familia y Burguesía
Natalia Ginzburg
Lumen, 2026
144 páginas, 18,91 euros
Entre julio y octubre de 1977, Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991) terminó dos novelas cortas, Familia y Burguesía, publicadas de forma conjunta ese mismo año. La primera nouvelle está protagonizada por dos antiguos amantes, Carmine e Ivana, que perdieron a su hija de tan solo año y medio. Años después, él vive con su mujer, Ninetta, y su hijo, Dodó; ella, con su hija Angélica. El reencuentro supone un punto de inflexión en sus vidas, resquebrajadas por melancolías y resentimientos. La segunda cuenta la historia de Ilaria, una viuda a quien regalan, uno tras otro, varios gatos que mueren sin remedio. La llegada de estos felinos le permite abrir espacios personales hasta entonces vedados.
Las tensiones de las relaciones familiares, descritas con brillantez en las obras de Ginzburg, vuelven a ocupar un papel central en estas dos historias, vertebradas por la nostalgia y el peso de los silencios. A pesar de reunirse en torno a un pollo asado y una ensalada de arroz o de cuidar juntos a un gato herido, los personajes se muestran incapaces de compartir entre ellos sus dolores, insatisfacciones y (des)amores. Carmine e Ivana no han vuelto a conversar de la muerte de su pequeña y, cuando por fin lo hacen, afloran los recuerdos. Tampoco la hija de Ilaria, Aurora, confiesa a su madre que su pareja la ha abandonado y desea volver a la ciudad.
Solo a la luz del paso del tiempo, vivido entre el asombro y la docilidad, los personajes parecen comprender ciertas alegrías y desgracias: «Él le dijo que aquel domingo ahora le parecía un día muy feliz, y sin embargo no se había dado cuenta, porque no había nada de especial en ir al cine a ver una mala película, y tampoco en sentarse en un café de una plaza, pedir helados, esperar a que llegara la noche. Tenía de aquella jornada, dijo él, una dolorosa nostalgia».
Con estilo pulcro y certero, la autora italiana construye tramas sencillas pero enigmáticas, llenas de pliegues, a ratos tristes, a ratos irónicas, pero siempre profundamente humanas.




