Charles W. Eliot, cuando era rector de Harvard —hablamos del año 1909— hizo publicar una antología épica. Reunió en 51 volúmenes todo lo que había que leer para proveerse de una educación liberal. Se la conoció como «el estante de cinco pies», porque en esa extensión, que se corresponde más o menos con una balda de metro y medio, cabía lo que un hombre necesitaba para convertirse en un caballero cultivado.
Por supuesto, los Cinco Pies no son neutrales; ningún canon lo es. Ofrecen una serie de lecturas orientadas a la articulación del yo, la fe en el progreso científico y la formación de un espíritu ciudadano. Y hay una lección escondida: cualquiera que aspire en serio a educarse debe cultivar la imaginación. La imaginación, junto con el deseo, son dos potencias del alma que, en nuestro siglo líquido, requieren una solidez especial. No basta con amueblar la cabeza ni, mucho menos, con haber adquirido competencias. Además de ensayos científicos y humanísticos, de biografías y textos sagrados, los Cinco Pies dedican un espacio notable al teatro, la poesía y la novela.
Algunas corrientes educativas quisieron que nuestra capacidad de imaginar entrara en razón. Yo creo, más bien, que es la razón la que debe esforzarse en imaginar.
Un siglo después de que se publicaran los Harvard Classics, un joven de 27 años que trabajaba en la oficina de desarrollo de una universidad de Nueva York decidió tomarse un año sabático para leer, a razón de uno por semana, todos los volúmenes de los Cinco Pies, y convertirse en un hombre. La idea se la dio su abuela, que, durante la Gran Depresión, se educó de esa manera. Pero el año sabático se le complicó con la muerte de su abuela, una rotura de menisco y un caso grave de enfermedad de Lyme. Los libros dejaron de ser un challenge y se convirtieron en una tabla de salvación.
La imaginación no es un entretenimiento teórico, sino una forma de proyectar y afrontar la vida. Cuando está bien educada, es también un consuelo y una guía eficaz. De eso trata The Whole Five Feet, subtitulado «Lo que los grandes libros me han enseñado sobre la vida, la muerte y un poco todo lo demás», la obra que Christopher R. Beha publicó en 2009 a partir de su experiencia leyendo ese canon tan particular.
Unos años más tarde, Beha escribió una de las novelas más hermosas que he leído últimamente, Qué fue de Sophie Wilder. Hubiera sido imposible sin haber sometido su imaginación al influjo de san Agustín, Cervantes, los hermanos Grimm, Dante, Manzoni, Montaigne, santo Tomás Moro, los salmos o Pascal, entre otros autores de la antología de Eliot.
La imaginación, como todo, se puede emplear bien o mal. Digo más: no usarla bien es ya usarla mal. Desatenderla —la nuestra o la de nuestros hijos o alumnos— es negligencia; darle comida basura es una insensatez. Necesitamos cultivar nuestra imaginación para rozar con los dedos eso que llaman felicidad. No nos vendría mal diseñar nuestra propia Balda de Metro y Medio.
