1 Conviene detenerse un instante en esta breve anotación de los Cuadernos (1941-1942) de Simone Weil. Procede de El deseo, p. 44 (Hermida Editores, 2024). El aforismo ofrece primero una definición: el deseo es un impulso, es decir, una fuerza que inicia un movimiento. Pertenece al reino del pensamiento, no al de la voluntad, como podría parecer. Se desea con la razón. El deseo no es, según este planteamiento, un impulso ciego anterior a todo raciocinio, sino una chispa que prende en el entendimiento. Se desea lo que se entiende que es bueno. Weil apunta también que ese movimiento se da hacia el futuro: el deseo se encamina a una posibilidad fuera del presente. La segunda mitad del texto es una reducción al absurdo resaltada incluso con el uso de las mayúsculas. El futuro es la posibilidad, pero la filósofa señala que cierta posibilidad es imposible, y esto es una contradicción en los términos. Por lo tanto, la forma positiva de la segunda mitad del razonamiento sería esta: «El futuro encierra por necesidad algo deseable».
Este pensamiento, de apariencia ligera, encapsula una filosofía muy fina y una honda enseñanza educativa y política. Es posible que ese sea uno de los motivos por los que Simone Weil se lea tanto en pleno 2026, por los que Byung-Chul Han dedica un libro a la hermenéutica de esta autora, por los que Rosalía imprime otra cita de Weil («El amor no es consuelo, es luz») en su celebrado disco: la cristiana «en el umbral de la Iglesia», la miliciana, la obrera, la mística, la tuberculosa, la pensadora, la joven muerta a los 34 años miraba el futuro con optimismo realista. En el futuro todavía hay algo deseable, y eso es mucho decir para las generaciones post-crisis, para quienes entraron en la vida adulta por la puerta del confinamiento y ven romperse bajo sus pies el viejo orden.
La filosofía de Weil, sin obviar la precariedad ni las dificultades materiales del planeta y sus habitantes, no desconoce la hondura del misterio de Dios, ni tampoco el papel que juega el deseo en el desarrollo de una vida, de una generación, del mundo. Si alguien aspira de verdad a cambiarlo, debe tomarse en serio la cuestión del deseo. Educar la imaginación. Aprender a desear. Cuanto más nítida es la imaginación, cuanto más firme el deseo, mayor presencia cobra el futuro posible. En otro punto de sus Cahiers, Weil anota: «Debemos imitar el acto de crear, y hay dos posibles imitaciones —una real, la otra aparente—: conservar y destruir». O conservar o destruir, valiente dicotomía. El siglo XXI aspira a esta revolución: redactar una nota al pie.
