Gabriel Axel, guionista y director, muestra en su última película las consecuencias del pensamiento puritano y su superación por el servicio al prójimo por amor.
Cuando se proyectaba en Estados Unidos La fiesta de Babette (obtuvo luego el Oscar a la mejor película extranjera), un restaurante de Nueva York ofrecía al mismo tiempo el menú exacto de la famosa cena, que es el climax de la película, para que los apetitos abiertos en la oscuridad del cine pudieran ser satisfechos a la vuelta de la esquina. De todos modos, la comida no estaba al alcance de la mayoría de los bolsillos —por lo menos no lo estuvo del mío—, y como esta revista no tiene una sección de crítica de restaurantes, en lugar de elogiar la espléndida cena (lo mejor de la película) he de contentarme con otra crítica de cine. Babette hubiera aplaudido la idea del propietario de ese restaurante, pero la idea de la película, escrita y dirigida por Gabriel Axel, aspira a mostrar al espectador una concepción generosa de la vida humana, y es una crítica suave, firme, casi intransigente, de esa tendencia pesimista que lleva a una actitud rígida, puritana y, al final, hipócrita. Imagino que la mayoría de los lectores de esta revsita ya han disfrutado la película, por lo que no hace falta recordar en detalle el relato de Isak Dinesen, de la que es tan estupenda adaptación.
SERVIR SIN AMOR
Las dos hijas de un pastor protestante, tal vez calvinista, han alcanzado la tercera edad viviendo dedicadas a la memoria de su padre, en una pequeña comunidad a la que sirven con dedicación sobria y firme. Dos bellezas en su juventud, las hermanas rechazaron sendos matrimonios y luego, bajo la mirada rígida y tiránica de su padre, abdican de todo lo demás que la vida puede ofrecer, que no es poco. No hay duda de que viven para los demás, pero la suya es una existencia miserable.
El paisaje y colorido de la película es tan sobrio y duro como sus almas, y uno tiene la impresión de que es el espíritu gris de estas personas el que pinta la tristeza del mundo exterior. Recuerdo haber visto el famoso cuadro de las flores que Van Gogh pintó —una explosión de color y de forma, de alegría y esperanza— mientras tenía en mi cabeza la imagen de una foto tomada en la institución mental donde la pintó: allí, en un patio de asco y tristeza, retrato de la miseria esencial, estaban las pocas flores que su espíritu y su arte transformó y envió al Paraíso. La existencia de estas dos hermanas aparece más como un rechazo timoroso de la vida exigido por un Creador vengativo que como una entrega por amor a los demás.
El espectador entiende que esa pequeña comunidad está desintegrándose. Solo el amor compone. Y este no es posible sin la libertad que lleva a abrazar la obra creada.
TRANSFORMACION ESPIRITUAL
Babette, la misteriosa cocinera francesa que llega al villorrio en una noche de lluvia, acepta esa monotonía y esclavitud exterior durante catorce años. La acepta con alma de penitente, porque no tiene más remedio, pero no sin esperanza.
La famosa cocinera parisina —interpretada por una de las mejores actrices francesas, Stephane Audran— aprende, humilde, a cocinar los míseros platos que han sido la comida inmemorial de los demás habitantes, tal vez menos por pobreza que por los dictados de su rígida religión. Un cilicio de siglos cubre el paladar de estas pobres criaturas.
Un día, Babette recibe noticia de haber ganado la lotería en París, y pide a las hermanas que dejen a su cargo la preparación de la comida en el cercano centenario del nacimiento de su padre, el terrible pastor de hierro. Al anunciar Babette que va a preparar una comida francesa, como si fuera lo más natural del mundo, la combinación de esas dos palabras suena como un pecado grosero en estas mentes puritanas. Pero, por caridad, aceptan la propuesta, no sin antes tomar ciertas precauciones, como la de no manifestar de ninguna manera su placer durante la cena. Se proponen comer sin saborear, manifestando su virtuosa caridad al mismo tiempo que enseñan a esta sensual mujer francesa que sus lenguas y paladares están muertos al gusto.
BABETTE DA UN ESPÍRITU LIBRE Y GENEROSO, UNA DONACIÓN QUE ES VIDA, AMOR Y ESPERANZA.
El resto es historia. Los comensales son espiritualmente transformados por la comida francesa que no es una francachela, sino una magnífica apreciación de las dádivas y tesoros del Creador según la mente de Babette, de su generosidad y talento culinario. Al terminar, los vinos y las carnes, la sopa de tortuga, la variedad de las frutas exquisitas, la rigidez agonizante e insoportable de un sentimiento religioso equivocado, en vía muerta y en proceso de desintegración, dejan paso a una auténtica celebración, al canto y al baile. Como la cosa más ordinaria del mundo, Babette anuncia que no regresa a París con su pequeña fortuna, pues ya no la tiene: se queda para siempre con ellos, en su aldea, porque en la suntuosa preparación de esa cena ha gastado los diez mil francos que ganó en la lotería. En ella, Babette les ha dado todo lo que tiene, y lo ha dado en la única manera en que su Dios lo acepta: con un espíritu libre y generoso, en una donación que es celebración y vida, amor y esperanza.
De principio a final La fiesta de Babette es un homenaje espléndido a la belleza del arte y a la tradición católica auténtica, de una espiritualidad que ve en todas las criaturas sin excepción la mano amorosa de un Creador que es Padre, y Padre de toda Belleza, y que no pide a los seres humanos que le amen sin ellas, sino por encima de ellas y, aún mejor, a través de ellas.
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