Un magnífico verano

8 de julio de 2026 4 minutos

Marcela Duque Biografía

Es profesora en la Universidad Francisco de Vitoria y poeta. Ha escrito Bello es el riesgo (2019), que le valió el premio Adonais, y Un enigma ante tus ojos (2024).


«Aunque la palabra magnificencia parece estar en vías de extinción, decimos que es magnífico todo aquello que manifiesta esta virtud: una boda, una cena, un regalo. No pensamos tanto en el dinero gastado, sino en una cierta plenitud, una manera de hacer que las cosas estén a la altura de aquello que celebran»

Hace unas semanas tuve ocasión de volver a la Universidad para asistir a un congreso sobre la atención y la vida lograda en el Museo. Clare Carlisle, filósofa y biógrafa de Kierkegaard y George Eliot, estaba invitada a dar una de las clases magistrales. La vi el primer día, sentada en un banco fuera del edificio, desde donde se aprecia tan bien la belleza del campus. Allí me contó que el equipaje de mano que Iberia le había hecho facturar en el último instante no había llegado a Pamplona. Contenía su ordenador con la charla que había preparado para el congreso. Sin embargo, aquello no parecía ser su mayor preocupación. La encontré más bien sumergida en pensamientos sobre lo apegados que podemos estar a ciertas cosas: un vestido que le encantaba o el osito de peluche de su hijo adolescente, que también había metido en la maleta. 

La esperanza de que llegase a lo largo del día no se cumplió y, a la mañana siguiente, Carlisle nos sorprendió con una conferencia nueva, sobre un tema en el que había estado pensando junto a su amiga y colega Margaret Hampson: la magnificencia, una virtud en la que pensamos poco, quizá porque, tal como aparece en la Ética a Nicómaco, parece una virtud de ricos, reservada a grandes benefactores, que pueden hacerse cargo de gastos extraordinarios e invertir sus riquezas en proyectos filantrópicos. La mayoría de los mortales pasamos por esos pasajes de Aristóteles pensando que no tienen que ver con nosotros. Pero si la magnificencia es necesaria para alcanzar la felicidad, así como lo son el resto de las virtudes, y para alcanzar la felicidad no son necesarios muchos bienes materiales, tiene que haber otra forma en la que los que no poseemos grandes riquezas podamos, sin embargo, llegar a ser magníficos. Aquí, el lenguaje ordinario resulta revelador, pues aunque la palabra magnificencia parece estar en vías de extinción, decimos que es magnífico todo aquello que manifiesta esta virtud: una boda, una cena, un regalo. No pensamos tanto en el dinero gastado, sino en una cierta plenitud, una manera de hacer que las cosas estén a la altura de aquello que celebran.

La Ética Eudemia nos da la pista al hablar del adorno, aquel extra innecesario que es, no obstante, necesario en la vida feliz: «Sin gastos, la magnificencia no existe, ya que lo que corresponde a la magnificencia es el adorno (en kosmōi estin), y el adorno no surge de cualquier clase de gasto, sino de sobrepasar lo necesario». El término puede inducir a error si pensamos en algo puramente decorativo. Es más bien aquello que da esplendor a algo ya en sí mismo valioso. Según Aristóteles, el magnífico se parece a un artista o a un entendido (epistēmōn), que sabe discernir en qué situación y en qué medida algún adorno extraordinario es adecuado, para no caer en la vulgaridad de celebrar un cumpleaños infantil como si fuera una boda o en la mezquindad de elegir el vino más barato para un banquete nupcial. Pienso aquí en lo magnífico que fue el festín de Babette y en cómo ella les explica a las hermanas el motivo de su aparente despilfarro: «¡Yo soy una gran artista!». La cocinera, con su buen juicio, se convierte también en la artífice de la reconciliación de un pueblo que había perdido su antigua caridad. 

El discernimiento no siempre es sencillo, más aún cuando se trata de bienes materiales que ejercen una peculiar fascinación en nuestras vidas y que se convierten con facilidad en obstáculos para la vida moral. De ahí la necesidad de la magnificencia. Aunque la riqueza no es necesaria para ser felices, la celebración de aquello que valoramos sí que es un bien esencial en la vida lograda, y precisamos de una virtud para discernir lo más apropiado según las circunstancias.

El verano puede ser una buena ocasión para ejercitarla, cada uno según sus posibilidades. En los próximos días tendremos ocasiones de practicar lo que Will Guidara ha llamado «hospitalidad irracional», que no es más que otra manera de hablar de la magnificencia: el arte de dar a los demás lo que no se esperan, porque rompe los esquemas de lo necesario y lo previsible.

El tono festivo es lo propio del verano. Las vacaciones propician reuniones familiares y entre amigos, abundan las fiestas en los pueblos, las bodas y las grandes noticias que llegan con el final y el comienzo de curso. No basta con decir que valoramos a alguien o que nos alegra una noticia, sino que hay que celebrar con cierto adorno a esa persona y darle bombo a esa noticia. Ojalá nos pongamos magníficos y tengamos el magnífico verano que deseamos.

LA PREGUNTA DE LA AUTORA

¿Con qué apropiada extravagancia puedo contribuir a alguna celebración este verano?

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