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La odisea de Nolan: un héroe atravesado por la culpa

13 de octubre de 2026 7 minutos

Rocío Montuenga

Christopher Nolan con Matt Damon y Zendaya en el rodaje de La Odisea.

Fotografía: Melinda Sue Gordon / Collection ChristopheL via AFP / Europa Press

Casi tres mil años después de que Homero narrara el regreso de Odiseo a Ítaca, Christopher Nolan vuelve sobre uno de los grandes relatos de la literatura occidental. Su adaptación desmitifica al héroe clásico para mostrar a un hombre marcado por la guerra, la culpa y el anhelo de regresar a casa. 

Probablemente, La odisea de Christopher Nolan sea una de las grandes protagonistas de la próxima gala de los Óscar, que se celebrará el 14 de marzo de 2027. El entusiasmo alrededor de la cinta ya ha comenzado a trasladarse a la carrera por los premios. Espinof recogía, poco después de su estreno, las impresiones de algunos miembros de la Academia que la situaban entre las favoritas a mejor película.

A la vista de estas reacciones, no sería extraño que el filme se llevara unas cuantas estatuillas doradas. Después de más de veinticinco años de carrera, el director británico-estadounidense se ha convertido en uno de los cineastas que han logrado transformar cada estreno en una performance; más aún, en un acontecimiento. Desde Memento (2000), el largometraje que lo dio a conocer a nivel internacional con una historia narrada en sentido inverso, Nolan ha creado un universo en el que la espectacularidad visual nunca es un mero adorno. El impacto de La odisea ya se ha notado también en taquilla: recaudó más de 264 millones de dólares en su primer fin de semana. Asimismo con esta producción parece querer tornar la vivencia cinematográfica en un elemento clave para imbuirse en el relato.

Una de las grandes apuestas —y más comentadas— del largometraje está justo en su formato. Nolan ha rodado íntegramente en IMAX de 70 mm, una decisión que permite contemplar en toda su magnitud los paisajes, las batallas y, en especial, ese mar que acompaña a Ulises durante su interminable regreso a Ítaca. De hecho, el cineasta quiso contar con un navío real: el Draken Harald Hårfagre, un barco vikingo de cien toneladas y cincuenta remos de abeto, elegido para buscar el máximo realismo en las escenas marítimas.

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Pero más allá del blockbuster, lo interesante de esta nueva Odisea está en otra parte: en explorar qué tipo de regreso al hogar ha querido plasmar Nolan y qué queda, después de casi tres mil años, de la historia que Homero escribió.

Para empezar, la figura de Odiseo —interpretado con gran autenticidad por Matt Damon— aparece en la cinta como la de un hombre que regresa después de diez años de guerra, del mismo modo que sucede en el poema homérico. Sin embargo, Nolan inserta una diferencia sustancial: el héroe clásico queda aquí desmitificado. Desaparece buena parte del orgullo de quien ha combatido, ha sufrido y vencido gracias, entre otras cosas, a la brillante estrategia del caballo de Troya. El Ulises homérico retorna exhausto, pero orgulloso de su victoria y con el corazón en Ítaca. Nolan introduce, en cambio, la culpa y el remordimiento: su protagonista no solo carga con el cansancio bélico, sino también con el peso de haber destruido Troya y haberse cobrado vidas para alcanzar aquella victoria. Según señala Jeronimo José Martín en Aceprensa, es además un hombre profundamente religioso, consciente de haber traicionado a los dioses y de haber desatado su ira, que afronta sus desgracias como una suerte de penitencia.

Frente a un Odiseo marcado por la sangre, Penélope encarna la otra gran dimensión del relato: el amor entendido desde la fidelidad y la espera del amado. Ella está dotada de una fortaleza admirable, capaz de sostener la larga ausencia del esposo y conservar viva la llama, incluso ante la continua presión de los pretendientes. La astucia, que en Odiseo está al servicio de la supervivencia, ayuda a Penélope a perseverar. Anne Hathaway ofrece una actuación brillante, y resulta significativo que aprendiera a utilizar un telar tradicional, un detalle que conecta con uno de los símbolos más icónicos del personaje: para mantener alejados a sus pretendientes, Penélope promete elegir esposo cuando termine de tejer un sudario, pero cada noche deshace en secreto lo que ha confeccionado durante el día. El telar se convierte así en expresión de su lealtad, ingenio y perseverancia. Tal vez, en algunas escenas, su papel se decanta hacia una ira que relega la ternura, sobre todo, en algún diálogo con Telémaco, donde Nolan se aleja de la sensibilidad del poema homérico.

Y, aunque esta idea del regreso al hogar y a los seres amados está presente y culmina de modo hermoso en el reencuentro final, con un diálogo especialmente logrado entre Odiseo y Penélope, hay algo que apenas se percibe en la adaptación: la luz de la esperanza. El viaje del héroe está transido de oscuridad, temor, desaliento y alusiones al castigo, también en sus diversos desafíos con el cíclope, Circe, las sirenas y Calipso, como si el recuerdo de Troya ocupara gran parte del espacio que debería corresponder a la ilusión por volver a casa. Así, la esperanza se fragua como destino, pero no desde una vivencia íntima del alma.

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La forma de proyectar el tiempo es otra de las cuestiones relevantes. Si el poema parte de un orden narrativo reconocible, aunque comience in medias res y recomponga después buena parte del pasado, Nolan hace de la alteración temporal una de las claves de su propuesta, en línea con una de las constantes de su cine, presente en Memento, Dunkerque, Oppenheimer u Origen, entre otras. No importa tanto seguir el tiempo de las aventuras, una tras otra, sino adentrarse en la conciencia de Odiseo. Frente al cronos del texto original, Nolan privilegia la experiencia subjetiva de quien lo transita.

Y es precisamente ahí donde el poeta y el cineasta se encuentran y se separan. Ambos cuentan el deseado regreso al hogar. Homero erige un relato que ha atravesado casi tres mil años; Nolan lo convierte en una experiencia cinematográfica de enorme potencia visual y emocional. Y el salto entre ambos no oculta el mérito de la adaptación: en ella se hallan imágenes de una belleza extraordinaria, pero también diálogos, puesta en escena, planificación e iluminación que revelan el mimo formal con el que Nolan ha elaborado su particular visión del poema.

En esa mirada contemporánea subyace además una reflexión sobre las consecuencias de la guerra y sobre la moralidad de quien retorna tras haberla ejercido. Una lectura que puede comprenderse como una propuesta antibelicista; y que muestra hasta qué punto Nolan no se limita a trasladar el poema al séptimo arte, sino que lo contempla desde las preocupaciones de su tiempo. 

Por eso, más allá de las licencias de esta adaptación, La odisea de Nolan merece ser disfrutada y contemplada en el cine. Y quizá su logro termine trascendiendo la propia pantalla: de hecho, ya está consiguiendo despertar el interés por Homero. En España, la edición de La odisea publicada por Blackie Books pasó de vender entre 8000 y 10.000 ejemplares al año a más de 27.000 en 2025, y solo en el primer semestre de 2026 alcanzó los 25.000. También fuera de nuestras fronteras se ha disparado su lectura, con incrementos del 70% en Reino Unido y del 76% en Estados Unidos. Más allá de las cifras, quizá ahí resida una de las mejores victorias de Nolan: despertar el deseo de volver a los clásicos y descubrir en ellos esos latidos universales que siguen fascinando al ser humano.

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