Ha hecho carrera haciendo reír, pero la música de Matt Berry exige que la tomemos muy en serio. Aquí se retrata a un cómico brillante que, cuando canta, revela su faceta más mágica y personal. Canciones para degustarlas como si fueran una colosal carcajada.
Hay algo desconcertante alrededor de la trayectoria de Matt Berry. No tanto en el actor —con esa voz grave y casi ceremonial— como en el músico. Porque cuando alguien que ha hecho reír a millones de personas —en Los informáticos (2006), en Toast of London (2013) o en Lo que hacemos en las sombras (2019)— se sienta ante un micrófono, lo lógico sería caer en la ironía fácil.
Pero el Berry músico nos revela justo lo contrario. Discos serios, sincréticos y trabajados al milímetro. Álbumes que ni beben ni viven de sus personajes sino de un mundo propio inabarcable.
Matthew Charles Berry nació en 1974 en Bromham, una población de poco más de cinco mil habitantes en Reino Unido. Antes de volverse uno de los actores más reconocibles de la comedia británica, fue construyendo una carrera de culto en series como Garth Marenghi’s Darkplace (2004) o Snuff Box (2006). En 2015 recibió el BAFTA a la mejor interpretación masculina en comedia por Toast of London, y confirmó así que esa simpatía excéntrica ya era una de sus señas de identidad.
«Mike Oldfield le cambió la vida»
Tras descubrir Tubular Bells (1973) con doce años y leer en la contraportada que Oldfield todos los instrumentos, decidió ser multinstrumentista. El detalle de que el artista compusiera el disco con diecisiete años le sirvió de acicate.
Pero la música no llegó a su vida después de la fama, más bien estuvo ahí desde el principio. Su primer álbum, Jackpot (2000), contenía una reivindicación contra la producción digital que le ha acompañado siempre: ni samples ni «brujería informática». En él, Berry tocaba prácticamente todos los instrumentos y apostaba por una música artesanal, con esa atmósfera de habitación cerrada y con lo analógico como punta de lanza. Ese método de trabajo es también su manera de entender la creación.
Pero el descubrimiento para el gran público llegaría con Witchazel, publicado como descarga libre en 2009 y editado por Acid Jazz Records en 2011. El disco que mejor abre la puerta a su universo: folk psicodélico, pop pastoril y melodías que parecen brotar de una serie británica en la reposición de medianoche. Su canción más reconocida, «Take My Hand», terminaría asociada eternamente a la banda sonora de Toast of London, cierre perfecto del círculo entre sus dos facetas.
Clausura olímpica
David Arnold, compositor de la serie Sherlock y de James Bond, y amigo de Matt Berry, lo invitó a participar en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Presentó «Mr. Blue Sky», de la Electric Light Orchestra, como si fuera un parte meteorológico.
Lo que distingue a Berry de un actor que se vuelve músico ocasional es la amplitud de sus registros. Kill the Wolf (2013) añadió oscuridad y psicodelia. Music for Insomniacs (2014), con tan solo dos canciones de casi media hora cada una, se internó en terrenos instrumentales y electrónicos, más cerca de lo hecho por Mike Oldfield o Jean-Michel Jarre que del pop convencional.
Television Themes (2018) resultaba, sobre el papel, una graciosa ocurrencia
—un actor que versionaba bandas sonoras de televisión—, pero se convirtió en una defensa de una tradición escondida en la música de los programas más populares. Y ya en Phantom Birds (2020) giró hacia una austeridad más americana, inspirado en el John Wesley Harding (1967) de Bob Dylan, con muy pocos acompañamientos y dejando que las canciones hablasen en un primer plano.
En su discografía encontramos glam, folk, psicodelia, electrónica analógica, melodías espectrales y dosis de humor subterráneo. Pero nada suena a nada más que al propio Berry. Bastan un par de canciones para vislumbrar que es un músico fascinado por los sonidos que no pertenecen del todo a su tiempo. Un artista enganchado a órganos polvorientos, guitarras acústicas y sintetizadores con timbre añejo.
Inicios inusuales
Durante casi un año, a principios de los 2000, trabajó como actor en The London Dungeon, una atracción turística macabra e interactiva. «Hacías unas setenta actuaciones por hora para el público. Tenías que ser bueno, conciso y gracioso en poco tiempo. Fue un buen aprendizaje», ha contado en la revista neocelandesa Stuff.
Su carrera interpretativa, en vez de eclipsar la musical, le ha dado libertad para crear cuanto quiere. Lo que hacemos en las sombras (2019) lo encumbró a categoría de estrella televisiva global. Pero también atrajo a muchos espectadores a descubrir que detrás del vampiro había un compositor de verdad con una identidad sonora reconocible. Podría haber transformado su música en una prolongación cómica de sus personajes. Le habría funcionado. En cambio, eligió tomarse la música con una seriedad desarmante.
Berry se mueve con naturalidad en territorios muy dispares. Ha colaborado con Jean-Michel Jarre; ha participado en The Desert Sessions, el proyecto colectivo de Josh Homme (Queens of the Stone Age); y, asimismo, ha visto cómo varios de sus discos encontraban espacio en las listas de ventas. Phantom Birds (2020) alcanzó el número cinco en álbumes físicos en Reino Unido, tal y como sucedió con Heard Noises (2025).
A Matt Berry se llega por la televisión y se marcha uno con una joya musical. Si todavía no has irrumpido en ese mundo, Witchazel sigue siendo la mejor manera de adentrarse en él. Dedícale un momento de paz y escucha esa voz que lleva décadas provocando carcajadas y que, cuando se queda a solas, nos regala un viaje íntimo y transformador. Se convertirá en tu nueva «serie» de cabecera.
ARTISTA POR DOS
«No voy a hacer álbumes de comedia, es demasiado esfuerzo para una broma», afirmó Berry en una entrevista para Beyond the Joke. Detrás del actor extravagante y el rostro asociado a lo absurdo, hay un músico que huye del chiste. Alguien tan empeñado en hacer reír en la pantalla como en emocionar con sus canciones.
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