Pedro y el pan

8 de junio de 2026 4 minutos

Maria Domingo Biografía

Maria Domingo Hernández (Tarragona, 2002) es graduada en Filosofía y Periodismo en la Universidad de Navarra. En 2025 se incorporó a Nuestro Tiempo como redactora en prácticas. Durante su etapa estudiantil formó parte de la tercera edición del Programa de Edición de Revistas Culturales de NT. El reportaje que escribió durante la formación, «Cicatrices de princesas», recibió el II Premio Periodístico de Enfermería de Salud Mental de la AEESME.


Unos desechan el pan seco y otros lo transforman en rebozados o sopas de ajo. En las manos temblorosas de Pedro, mi abuelito, se volvía algo esencial: su sustento. 

Pedro, Perico, mi abuelito, era el único hombre al que había visto llorar. Lloraba mucho, y desde siempre. Mis primeros recuerdos se remontan a las tardes de domingo en la estación de Tarragona. La tía Maika, que trabajaba en la Ciudad Condal, solía pasar los fines de semana con nosotros. Al verla embarcar, y aun sabiendo que el viernes siguiente la tendría de vuelta, a Perico se le escapaba alguna lágrima.

Mi tía, también muy llorona, le devolvía el saludo desde la ventanilla y se secaba los mocos con tanto dramatismo que hasta ella se reía. Mi madre y la iaia lloraban por contagio, por costumbre, por herencia y por llorarla, y reían por lo absurdo. Todos, excepto mi abuelo, que no escondía su pena ni la burlaba. Clavaba sus ojos azules en el vagón hasta que desaparecía en la distancia. Mohíno y abrumado, huía de la cháchara y encabezaba la comitiva de regreso con el paso acelerado. Solo, guiando. 

Encontraba paz en la soledad de sus lugares favoritos: el sillón de la sala de estar, el balancín de la terraza y su rincón de la cocina. Acoplarse en esa esquina, a menos de un metro de la tele, le permitía seguir con claridad las jugadas del Madrí. Ahí, durante las mañanas de las reuniones familiares, preparaba su plato estrella. La casa se llenaba de niños, gaseosa y aceitunas, pero el aperitivo predilecto era el pan del abuelito. No existe receta más fácil: comprar tres barras y olvidarlas en un cajón. Era solo eso: pan viejo y enjuto, troceado en cubos pequeños.

Perico, escondido en la cocina, lo serraba mientras los demás disfrutaban al aire libre. Si uno salía del hechizo de la fiesta y se sentaba junto a él, ganaba el privilegio de escuchar sus recuerdos de la mili: en aquellos últimos años en Murcia aún no lucía su calva, y el pan duro era lo único constante en su despensa. Tiempo después, mi iaia Carmen henchía la nevera; y él, aunque ya no conservaba los dientes para soportar la dureza de la miga, insistía en tener el pan listo en cada mesa. No como moraleja: le parecía imprescindible, su sustento. 

Contaba esto sin apartar la vista de su quehacer meticuloso pero firme. El cuchillo cantaba un rasrasrás crujiente y seco, como si talara un árbol. En su concentración se intuía la lucha de su espíritu artesano contra los temblores que le alejaban de darnos los picatostes más perfectos del mundo. 

El párkinson le acompañó durante más de dos décadas. No aceptó el diagnóstico como una condena, sino como un aviso. Siguió cenando el bullit, el hervido valenciano que la iaia le preparaba cada noche. No dejó de hacer flexiones e ir al gimnasio de jubilados con Paco, su vecino y amigo desde niños. Hasta sus últimos días, reclamaba la revancha en los pulsos con mis hermanos, ignorando que le regalaban la victoria una y otra vez. De haberlo sabido, no lo hubiera permitido. 

Pedro no se dejaba ganar. Amaba la vida. Quizás menos en aquellos días en que el dolor de la enfermedad lo atormentaba. Eso fue lo más cerca que estuvo del infierno. Era un hombre bueno, lo decían todos: sus cuatro hijos y sus once nietos, sus vecinos, médicos, amigos, socios del trabajo e incluso su mujer, con la que estuvo casado sesenta y dos años. 

—¡Perico, qué santo eres! —gritaba Paco, cómplice de andanzas y sordera. 

—No, no. Yo he sido muy rebelde. Solo he intentado ser honrado y trabajador, eso sí. 

Maika no escuchará el discurso en el funeral. No podrá de tanto sollozo. Asistirá sin sus hijos, Quim y Júlia, que creerán que el abuelo sigue malito en el hospital. No vendrán. No comprenderían el porqué de tanta gente, tanto llanto y traje negro. Lloraremos todos, incluso los hombres a los que jamás había visto con los ojos húmedos. Pero no resultará escandaloso ni dramático. La lágrima es el lenguaje del amor de los Hernández. 

Después del entierro nos reuniremos para comer en casa de los abuelos. ¿Dónde más, si no? Nadie bajó a la panadería cuando murió, así que serviremos hogazas recién horneadas. Aun después de bendecir la mesa, nadie se atreverá a probarlas. El pan se mantendrá intacto, a la espera de endurecer.

LA PREGUNTA DE LA AUTORA

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