Renacimiento del museo
El museo del siglo XXI rompe sus muros —literal y metafóricamente— para abandonar su papel de conservador y convertirse en una institución de personas; una evolución hacia el propósito que no carece de tensiones.

En enero de 2026, el director del Museo del Prado, Miguel Falomir, pronunció una frase impensable hace dos décadas. La pinacoteca superó los 3,5 millones de visitantes en 2025, pero no hubo una declaración triunfal. Falomir reaccionó con una cautela que sonó casi a alarma: «El Prado no necesita ni un solo visitante más. El éxito de un museo puede hundirlo». Cuando las salas se asemejan más a una parada de metro en hora punta que a un espacio de contemplación, ¿puede un museo seguir cumpliendo su propósito —sea cual sea— hoy?
En el Louvre, que encabeza con nueve millones de visitas el informe anual de The Art Newspaper, la imagen de decenas de brazos apuntando con los móviles al cuadro de una mujer de sonrisa arcana ha adquirido una dimensión paradójica: los museos más queridos son ahora víctimas de ese mismo amor. Detrás de la «santa» Mona Lisa acecha un peligro de masificación ambiental: el calor, la humedad y el dióxido de carbono generado de modo constante por millones de personas alteran el microclima que las obras necesitan para sobrevivir. Y, además, las instalaciones se evidencian insuficientes, incluidas las básicas, como aseos, restauración o zonas de descanso. Resulta una rareza histórica y signo de nuestro tiempo que cinco de los grandes museos europeos acometan reformas de envergadura simultáneas. El Louvre, el Prado, el Pompidou, el Museo de Pérgamo y la National Gallery han invertido, en conjunto, alrededor de 3 000 millones de euros en obras cuyo propósito declarado es hacer frente al turismo masivo y mejorar la experiencia del visitante.
Desde hace siglos, el museo —del griego mouseion, «casa de las musas»— operó unilateralmente: la institución hablaba y el público escuchaba. En 2022, el ICOM amplió su definición en Praga para incorporar inclusividad, accesibilidad, sostenibilidad y ética. Así, el museo ya no solo conserva, también participa.
Mientras estas instituciones remodelan su silueta, por encima de los pasillos ensanchados o de rehabilitaciones sostenibles, un movimiento contestatario gana peso en el sector. La pedagoga museística inglesa Claire Bown lleva diez años formulando en talleres con educadores de todo el mundo esta pregunta: «¿Cuándo fue la última vez que pasaste al menos treinta segundos mirando algo en un museo?». Bown ha dedicado su carrera a lo que denomina slow looking, una práctica que consiste en cultivar una calidad de atención distinta. Para propiciar una experiencia de observación profunda, el Museo Van Gogh de Ámsterdam ofrece el «Slow Art Tour». Esta iniciativa demuestra que la mirada lenta, pausada, no riñe con el alcance, pues el centro recibió casi 1,9 millones de visitantes en 2025.
Otra de las mutaciones visibles del museo contemporáneo se comprueba en la irrupción de las experiencias inmersivas, donde las obras lo envuelven todo. El colectivo japonés teamLab encarna quizás el caso más extremo y exitoso de esta tendencia. En 2018 inauguraron en Tokio Borderless, un museo con diez mil metros cuadrados de arte digital interactivo. «Esperamos que el espectador se pierda, tanto física como metafóricamente —explica el colectivo en una conversación con la revista cultural Japan Objects— y que descubran la belleza de un mundo sin fronteras». En su concepto, la presencia de otros asistentes no molesta, sino que se integra en la composición artística: sin la multitud, la instalación no existe.
Según la Unesco, en 1975 había unos 22 000 museos en el mundo; en 2024, cerca de 100 000. El informe de The Art Newspaper sitúa al Louvre a la cabeza con más de 9 millones de visitas en 2025, seguido por los Museos Vaticanos (6,9 millones) y el Museo Nacional de Corea, en Seúl, que creció más de un 70 por ciento en un año hasta alcanzar los 6,5 millones de visitantes.
Otra reforma a las instituciones necesita el desincruste de lo que Bevin Savulage-Yamazaki, codirectora de Museo y Cultura en el estudio arquitectónico Gensler, llama «narración polémica» (que dicta desde arriba lo que se debe ver y aprender) para abrazar una «narración auténtica» que invite a cada cual a trazar su propio camino. Hacia esa lógica apunta, por ejemplo, el Programa de Museos Regionales y Comunitarios de Costa Rica. Desde que se aprobó en 2003, la fundación de una decena de espacios museísticos impulsados por las comunidades locales han enriquecido su patrimonio.
Este año, bajo el lema «Museos uniendo un mundo dividido», el Día Internacional de los Museos no remite solo a la convivencia de perspectivas distintas, sino también al síntoma de una polarización más profunda. En el marco de esta efeméride nació una colaboración inédita entre los dos grandes museos de Madrid. Los directores del Prado, Miguel Falomir, y del Reina Sofía, Manuel Segade, dialogaron sobre la transformación del museo en un lugar de encuentro y cohesión en una sociedad dividida. Ante el contexto contemporáneo, Falomir señaló que «desde 2008 vivimos en un periodo goyesco», una expresión que evoca la persistencia de tiempos convulsos y beligerantes. El éxito ya no se mide en la masa de turistas que tensiona al Prado, sino en su capacidad de dar definición a la ciudadanía. Según Segade, los museos operan hoy como «el espacio de los comunes sociales»: lugares de tolerancia que abren la discusión sin buscar la unanimidad.
En Europa, el proyecto NEO Collections —fruto de la colaboración entre el Museo de Arte e Industria de Hamburgo, el Museo de Ultramar de Bremen y el Museo Nacional de Estocolmo— da un paso más: permite que personas ajenas a la institución creen nuevas lecturas de las piezas de sus colecciones, como poemas escritos desde la perspectiva de los objetos para darles una voz que nunca se les había concedido.
La reciente premisa del museo que escucha y colabora con la sociedad plantea una disyuntiva que la industria todavía no ha resuelto, y que no debería zanjar demasiado deprisa: ¿hasta qué punto el museo se amolda a los intereses y sensibilidades del visitante sin traicionar la integridad de lo que custodia? Confiar en la comunidad, la horizontalidad y los relatos múltiples responde a una necesidad real: las instituciones buscan servir a la ciudadanía. Pero también entraña un riesgo. Del que alerta la coordinadora del Instituto Latinoamericano de Museos, Christina Tsagaraki: convertir el museo en un espejo que solo refleje lo que el público ya piensa, en lugar ofrecer «espacios rebeldes» para que el visitante encare lo que aún no sabe que necesita ver.
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