Rodeos

26 de marzo de 2026 3 minutos

Laura Ferrero Biografía

Laura Ferrero es escritora, periodista y guionista. Se graduó en Periodismo y Filosofía en la Universidad de Navarra en 2004. Es autora de los libros de relatos Piscinas vacías y La gente no existe, de las novelas Qué vas a hacer con el resto de tu vida y Los astronautas y del álbum ilustrado El amor después del amor, en colaboración con Marc Pallarès. Trabaja como guionista de cine y en 2023 escribió, junto a Isabel Coixet, el guion de la película Un amor. Escribe habitualmente en El País.

 

«Lo no dicho conserva una energía que el lenguaje, al fijar, a veces agota. No todo se puede nombrar y por eso vivimos dando rodeos que nos recuerdan que lo no resuelto permanece disponible, aunque a menudo inaccesible»

Es la escena de una película, Valor sentimental, de Joachim Trier. Es, de hecho, la última escena, así que trataré de no destripar demasiados detalles del argumento. Una posible sinopsis del film sería esta: la historia de una familia que podría entenderse y no lo consigue, y que cuando intenta decirse las cosas lo hace a través del arte, con todos los peligros que eso implica. Pero vayamos al desenlace. El padre, director de cine, logra que su hija —actriz— encarne el guion que ha escrito pensando en ella. Cuando por fin accede —al principio se niega—, el admirado cineasta se da cuenta de que, con la participación de la hija, el sentido de lo escrito muta. Cambia. La secuencia final que él había previsto hasta el último detalle se desmorona. Comprende entonces —también el espectador— que el arte suele adelantarse, propone caminos, ofrece el rodeo necesario. Y luego llega la vida —la hija— y los acomoda.

En segundo lugar, quisiera traer a colación otro episodio, esta vez de un libro: Amada y perdida, de la novelista y pintora Susie Boyt. La historia relata los estragos de la adicción en el vínculo entre una abuela, su hija y la hija de esta —su nieta—, de la que la abuela termina haciéndose cargo ante la incapacidad de su hija. En un momento del texto, la abuela asiste a una reunión de familiares de personas adictas y aguarda su turno para hablar. Solo puede pensar en la desazón que le provoca que su hija no pueda —o no quiera— responsabilizarse de su propia hija. En su monólogo interior se repiten, en bucle, la vergüenza, la pena, la desesperación. Todo eso, se dice, es inexpresable. Pero, cuando habla, las palabras que salen son otras: «No puedo soportar que ella no quiera ser mi hija». Es difícil transmitir la emoción que me produjo ese pasaje.

Por alguna razón que aún desconozco, estas dos escenas me acompañan desde hace meses como una suerte de oráculo. Funcionan a modo de advertencias. No sobre el error o la tentativa, sino sobre el desfase entre lo que sentimos y lo que decimos. Hablamos —y escribimos— con la convicción de dirigirnos hacia un lugar, como si supiéramos qué queremos decir, cuando en realidad solo sabemos que queremos decir algo. Pero el qué, eso se nos escapa.

La escena de la abuela lo muestra con una precisión casi cruel: está convencida de que va a hablar de vergüenza, de fracaso, de cansancio. Sin embargo, lo que emerge es otra cosa, más honda y menos domesticada. Dice lo que no habría querido pensar. El lenguaje no obedece: revela. El padre cineasta, por su parte, entiende —demasiado tarde, o justo a tiempo, eso queda abierto— que la obra no puede anticipar a la hija sin deformarla. No puede fijarla. La hija, al entrar, desplaza el sentido. Lo corrige. Lo humaniza.

Tal vez ahí esté el punto de contacto entre ambas escenas: en la constatación de que el sentido no está nunca del todo fijado de antemano. Que decir y escribir no son actos de traducción fiel, sino procesos en los que algo se mueve, se corrige, se revela a medias. Por eso, en ocasiones, el gesto más honesto no es avanzar, sino detenerse. No cerrar demasiado pronto lo que aún está abierto.

Wittgenstein afirmaba que la parte no escrita de su obra era la más importante. Quizá porque sabía que lo no dicho conserva una energía que el lenguaje, al fijar, a veces agota. O porque no todo se puede nombrar y por eso vivimos dando rodeos que nos recuerdan que lo no resuelto permanece disponible, aunque a menudo inaccesible.

En un mundo que nos invita constantemente a explicar, a convertir toda experiencia en relato, resulta interesante plegarnos, por un momento, a la falta de control, a la imposibilidad de comprenderlo todo. Lo dijo Tomas Tranströmer en unos versos:

«Lo único que quiero decir
reluce fuera de alcance
como la plata
en la casa de empeños».

Aludía, creo, a esa idea fundamental: existe siempre un punto necesario de oscuridad. Quizás no tengamos otra opción que rodearlo.

LA PREGUNTA DE LA AUTORA

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