Varios autores
Cátedra, 2026
456 páginas
19,95 euros
Recuerdo ir a casa del poeta José Julio Cabanillas, que, como obra de misericordia —enseñar al que no sabe—, me prestaba libros. Abrí uno de los que me iba bajando de su estantería, de Cátedra Letras Hispánicas y exclamé: «Uf, cuánto texto», al ver que la introducción ocupaba más páginas que el libro de poemas que antecedía. «Ah, esos son unos peñazos. Pasa de eso», me contestó el maestro. Desde entonces he seguido su consejo. Como tengo la gran suerte de no ser poeta-filólogo —como el ochenta por ciento de los poetas que conozco—, no he sentido ningún remordimiento. Hay, a veces, estudios literarios muy interesantes en esas páginas, pero retrasan el encuentro con la poesía, con la novela, y están por lo general escritos en un tono profesoral, o más bien, de escalafón: ese que lleva a que los universitarios, acumuladores de ISBN e ISSN para su currículos, citen siete autores distintos por página, con notas a pie de ídem —a menudo más extensas que la caja de texto principal— y empleen esa jerga para iniciados que existe en cada rama artística que se ha convertido en carrera. Ocurre en las artes plásticas, ocurre en la música.
No debe el lector, por tanto, sentirse mal por no leer las noventa páginas que abren esta antología titulada Un estallido. Antología de la poesía española 2000-2025. Los autores le han dedicado mucho tiempo y conocimientos, pero supongo que salir publicado en Cátedra ya es recompensa suficiente, más su mérito en el escalafón. Un servidor, por pundonor profesional, sí que ha leído el estudio, para poder entender de qué trata el libro. Qué criterio se ha utilizado y qué rasgos generacionales encuentran Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández que justifiquen el volumen. Lo primero es fácil: aunque en la portada se incluya un arco temporal, 2000-2025, que se refiere a libros publicados entre esos años, dentro se nos aclara que el requisito ha sido que las fechas de nacimiento de los autores estuvieran comprendidos entre 1984 y 2000. Eso excluye a un servidor de ustedes, que ha publicado todos sus libros de poemas entre 2000 y 2022, pero que tuvo la mala suerte de nacer en 1978. Pero el criterio es claro y las antologías son cada una de su padre y de su madre. Respecto a los rasgos generacionales, la cosa se pone más difícil.
Por un lado se encuentra el lector una desorbitada loa a esta «generación», como si fuera la nueva Generación del 27, diciendo que supone el mayor crecimiento de creatividad y expansión lírica desde no sabemos cuándo. Animo a leer la reseña que le dedicó Alberto Olmos —reduccionista, un tanto tosca, pero descacharrante—, en que no deja títere con cabeza, y me excuso así de no hacer leña del tomo reseñado. Lo que llama la atención no es la exageración en el elogio, comprensible si uno le ha dedicado años a esta empresa, sino las explicaciones acerca de sus puntos en común. Aparentemente, ninguno. De hecho, el elogio se dirige a esta ausencia de «centro referencial», como si la dispersión de estéticas y poéticas fuera una especie de signo espléndido de los tiempos líricos. En general, se tiende aquí a referirse a lo figurativo y formalmente clásico (a saber: lo que se entiende y suena bien, por hablar mal y pronto) como algo de lo que huir, como punto de partida terrenal y vulgar a partir del cual matar al padre y alzar el vuelo hacia el cielo de las vanguardias y las rupturas. Como si no existiera ya Trilce de César Vallejo, Residencia en la tierra de Neruda, o los poemas deconstruidos del ciclo Bronwyn de Cirlot, por no hablar de The Waste Land. Nada hay más ridículo que elogiar la «ruptura», cuando está más vista que un pijama celeste, cuando no queda claro por qué se rompe, para qué se rompe, si lo roto era valioso o no. Ante la duda, no rompa, diría un conservador. En poesía: ante la duda, aprenda usted a escribir eso que quiere escribir en un aseado endecasílabo. Supongo que esto me hace —y a usted, lector, si coincide— un poesaurio.
Se habla en la introducción del peso de lo digital y las redes sociales en la apertura de los nuevos autores a nuevo público, de la influencia de lo queer, de la revisión feminista de lo patriarcal, de los lenguajes deconstruidos y los procedimientos metalingüísticos, y de la falta de —como diría ese poeta de la redes, Íñigo Errejón— «núcleo irradiador». ¿Anticipa esto algo de la belleza, del significado, de la emoción, de la calidad de los textos que siguen? No. Lo mismo daría que hablara de la influencia de la gastronomía guineana, la cinegética baturra y la extrusión cuántica de los materiales hallados en las tierras raras, si después lo que importa —siempre— son los poemas. Y a ellos iremos. Entretanto, sorteamos párrafos como los siguientes, en una especie de Juego del calamar: «La obra poética de María Salgado potencia las capacidades disidentes del lenguaje. Esto es, lo expande, lo disloca y lo separa de sus contextos cotidianos para rastrear sus fallas y contradicciones, aquellas que el propio relato dominante ha ocultado. Su poética lenguajeadora, en ocasiones logofágica, y siempre mordaz, desborda la gramática en busca de una comunicación antihegemónica». Estupendo todo. Yo me alegro —lo digo sin cinismo— de la alegría que estos muchachos se han llevado para casa. Están en Cátedra, como La Colmena, como Vallejo, como Claudio Rodríguez. «Juan Ramón y yo, primos hermanos», se dirá alguno. Los veo en las redes superfelices, y hacen bien; y, desde aquí —todos nos leemos las reseñas de lo nuestro— los felicito con sinceridad. A los buenos, a los regulares y a los hacedores de truños. La vida está para disfrutarla.
A mí me sirve una antología como ocasión para encontrar poetas que no conocía, o que conocía y tenía orillados, que me emocionen y me aporten algo. Así que obviaré todos aquellos textos que, o bien me parecen malos de solemnidad, o bien, simplemente, no los entiendo. El cripticismo de muchos de estos textos, la falta de contexto, el uso de versículos interminables o falta de puntuación, o puntuación en mitad de una palabra (por ejemplo: «ent.re») en muchas ocasiones me ha terminado venciendo. Hoy en día, no es que abandone una novela en la página treinta si no me dice nada, es que dejo un haiku en el segundo verso. Aunque valoro la cultura del lector como algo necesario para la apreciación de la obra de arte, no puedo aguantar que se me exija una mente descifradora, y un esfuerzo de sudoku, para «entender» un poema.
El poeta tiene también que ganarse al lector, en eso tenemos mucho que aprender de los novelistas. Quizá el hecho de que los poetas normalmente no ganamos dinero con nuestros libros (salvo en los premios, y eso va por otro camino) ha empañado mucho el fenómeno creativo; un narrador tiene la obligación de no ser un coñazo, necesita atrapar al lector para que quiera seguir leyendo y para que lo recomiende a otro, y que ese compre el libro también. Hay poetas que escriben palabras en cascada, dándole al Enter de una manera que se percibe aleatoria, y, si se le critica, arruga la nariz y te mira con condescendencia. Pobre patán que no conoce las sutilezas del lenguaje. Así que lo que haré es contarles qué me han aportado las horas dedicadas a este libro. Que no ha sido poco. «En este mundo, la belleza es común», decía Borges. Aparte de autores cuya solidez poética ya conocía, como Ben Clark o Martha Asunción Alonso, he encontrado otros que quizá no habría leído sin este Estallido. Y, por ello, le estoy agradecido al encargo de esta reseña.
No voy a hacer mucho comentario a cada cita. Considero que, en poesía, lo mejor es mostrar un fragmento, y poco más. Las contraportadas, las solapas, no deberían dar la turra con retórica de estudio introductorio, sino poner unos cuantos versos, como hacía la colección Vandalia, de la Fundación José Manuel Lara, entre otras.
Me encuentro un poema de Elena Medel, a quien normalmente no le entiendo una palabra, que me gusta mucho. Se titula «Irene Némirovsky» y es anafórico, acumulativo, lo que le otorga una gran fuerza. Termina así:
«(...) Soy tu mano que acaricia sus cabellos
y que, dedos traviesos, imagina un nuevo cuento.
Y digo que este poema es Irene Némirovsky
lo mismo que yo soy Finlandia en 1918
y tú eres un corazón más en un mundo vacío».
No puedo resistirme a citar unos versos de Martha Asunción Alonso, aunque la haya mencionado antes entre los ya conocidos. El poema se titula «Lost in Translation», haciendo referencia a la película homónima de Sofia Coppola:
«Hoy estoy intentando sentir la sed de entonces,
relámpago en los pies, manos de luz:
la misma fe de entonces. Ser una chica buena».
También, ya que estamos, de Ben Clark. Los siguientes versos son muy conocidos:
«Aunque, a veces, es cierto, no fue fácil,
simplemente intentamos ir viviendo.
Haciendo caso omiso a los escrúpulos,
al vacío que moraba en nosotros,
hijos de la bonanza;
los hijos de los hijos de la ira,
herederos de todos los despojos».
La poética de Ángelo Néstore es de esas ante las que me siento mayor. Como mi madre cuando no entiende a sus nietos diciendo six-seven y moviendo las manos arriba y abajo. Pero tiene un poema sobre su padre que me ha conmovido. Después de hablar de lo que le ha enseñado, y mencionar sus camisas, termina así:
«Eso ya no importa.
Ahora me pongo tus camisas.
Ahora todo el peso de las pinzas
sobre mis hombros».
A Xaime Martínez también lo conocía, y su libro Fuego cruzado me pareció excelente. A él pertenece «Predicciones», que termina así:
«(...) más allá de los símbolos, del molde
antiguo de los versos, más allá
del oficio fatal de ser poeta
no dudes de estos días, pues no hay
lugar para la duda:
fueron buenos)».
Sorprende y reconforta encontrar en una autora joven como Mayte Gómez Molina ideas tan conservadoras y chestertónicas, convertidas en poesía, como la siguiente:
«(...) y no pagarle a alguien en Bali para que un mono amaestrado
coja tu móvil
y simule que se hace contigo un selfie
porque si no sabes quién eres
cuando paseas por tu ciudad
siento destriparte la historia:
tampoco lo sabrás en Indonesia
y no pasa nada
pero mejor no te gastes 3000 euros».
La influencia vallejiana o nerudiana (del Neruda residente en la tierra), flota por encima de muchos de estos autores. En Pablo Baleriola es palpable:
«(...) olvidará su pluma mordida en el andén
olvidará el camino de regreso
la soledad erige halógenos o cactus
que punzan en silencio
escapar de un desierto que no es desierto
sino imagen de fondo».
Además, tiene este otro verso que ¡oh!: «en fin. yo no estoy triste. es un estilo». Es significativo, signo de los tiempos, que además introduzca varias veces en un poema la expresión «en plan». En las ediciones de Cátedra del futuro, tendrá que llevar una nota al pie para explicarlo.
Juan Gallego Benot culmina así un poema de Oración en el huerto, como oasis de línea clara y hasta de mística en medio del estallido:
«(...) Y sin embargo cada día una voz nueva,
cada día un tímido recuerdo de la virtud
del aire, y sin embargo
tu vientre acariciando mi vientre:
confío en tu venida, estoy despierto».
Rosa Berbel ofrece iluminaciones aquí y allá, como:
«(...) llegar a fin de mes
tener eso que llaman dignidad
y que se siente igual que la tristeza».
Y, más adelante:
«y quedarnos así a la intemperie, uno
enfrente del otro,
con toda la extrañeza de los cuerpos desnudos,
con esta luz precaria,
con un amor que existe y no nos basta».
Su poema «Nuevos propósitos» también es excelente.
En definitiva, se encuentran oasis de belleza y emoción en la amalgama un tanto caótica, un tanto de aluvión, que supone esta antología. Pero qué importan los criterios y las generaciones, los filólogos y las notas al pie, si se encuentra un buen verso al que agarrarse, una rendija por la que mirar, un vaso de bon vino que beber. Elija usted su metáfora. La belleza siempre es un estallido, con el que no terminamos, sino que empezamos a vivir una vez más.