La visita del rey Felipe VI a Ciudad de México en junio de 2026, las declaraciones de políticos sobre los pueblos originarios y las grandes exposiciones culturales mexicanas a principios de año en España anticiparon un cambio de rumbo en la relación bilateral que terminó por consolidarse a escala europea con el nuevo acuerdo comercial entre la UE y México. Pero ¿qué hay detrás de esta sucesión de gestos entre dos naciones con cinco siglos de historia compartida? En NT reunimos a dos voces expertas que coinciden en que el reto está en dar con un relato político a la altura de la relación tan profunda que mexicanos y españoles llevan décadas construyendo por otras vías.

El 14 de julio, el Consejo Europeo concluyó el nuevo acuerdo comercial entre México y la Unión Europea tras casi nueve años de negociaciones. El texto, que entrará en vigor dos meses después de que México complete su ratificación, actualiza el pacto de comienzos de siglo —que liberalizó de forma progresiva el comercio de bienes y servicios— y permitirá que el 99% de los productos agroalimentarios e industriales intercambiados entre ambos bloques queden libres de aranceles.

En este escenario, Madrid puede ser el mejor abogado del país norteamericano en Bruselas. Por eso, no es extraño que el apretón de manos llegara tras varios acercamientos entre México y España. Por ejemplo, en octubre de 2025 se asentó en la capital española la mayor exposición de arte prehispánico, «La mitad del mundo. La mujer en el México indígena», un hito que inspiró las declaraciones que el ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, hizo ese mismo mes sobre el «dolor» y la «injusticia» sufridos por los mexicanos. Culminada con la primera visita de Felipe VI a México en ocho años, esta sucesión de gestos ha marcado un cambio de tono en la relación que muchos ya interpretan como el fin de casi una década de tensión diplomática entre ambas naciones.

Pero ¿por qué ahora? ¿Basta un acuerdo económico para sostener un vínculo de cinco siglos? Sin duda, el nuevo marco bilateral refuerza el conocimiento mutuo como mercados, pero el reto sigue siendo que los mexicanos y españoles se comprendan entre sí como sociedades políticas. Por ello, en Nuestro Tiempo reunimos a dos voces expertas que aportan claves para analizar la etapa inaugurada en julio más allá de la economía: Carlos Bravo, analista político mexicano y autor del libro Mar de dudas, y Javier de Navascués, catedrático de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Navarra y autor de Aventureros del Nuevo Mundo.

ENTRE EL HIELO Y EL DESHIELO

México fue la primera república hispanoamericana con la que España estableció relaciones diplomáticas formales, en 1836. Desde entonces, han alternado etapas de acercamiento y ruptura.

Uno de los episodios más importantes ocurrió en 1939, cuando el presidente mexicano Lázaro Cárdenas rompió lazos con España tras el triunfo de Francisco Franco en la guerra civil española, un distanciamiento que duró 38 años. Este periodo abrió las puertas a que ambas naciones se encontrasen en un primer relato político compartido: el exilio republicano. México recibió entre 20.000 y 25.000 republicanos españoles —entre ellos intelectuales como María Zambrano y José Gaos y poetas como Ernestina de Champourcín— una acogida que, como recuerda el catedrático Javier de Navascués, redundó en un gran progreso cultural y científico para el país.

La fortaleza de la relación de aquel momento no residía, como es evidente, en la diplomacia, sino en un marco interpretativo que les permitió, en palabras del analista político Carlos Bravo, a ambos países navegar juntos «las agonías del presente». Su tesis defiende que, en política, un relato eficaz emerge con la capacidad de explicar hacia dónde se va con acciones concretas —como un acuerdo comercial—, que permita a la sociedad converger en un proyecto común, como terminó siendo el exilio republicano.

Fotografía: Cristian Leyva / Zuma Press / Europa Press
Claudia Sheinbaum, Ursula von der Leyen y Antonio Costa, en la rueda de prensa del Palacio Nacional de Ciudad de México tras la firma del Acuerdo Global Modernizado, el 22 de mayo de 2026.

En concreto, continúa Bravo, la narrativa del 39 «funcionó porque no preguntaba quién debía qué a quién, sino que ofrecía algo en lo que México y España podían reconocerse». Ahí yace, precisamente, el éxito del relato bilateral; en poder explicar qué son ambos países el uno para el otro más allá de tratos y el papeleo, incluso cuando estos ni siquiera existen. Una fuerza que trascendió lo simbólico y contribuyó a allanar el camino hacia la reconciliación diplomática, formalizada el 28 de marzo de 1977, tras la Transición española.

«FUNCIONÓ PORQUE NO PREGUNTABA QUIÉN DEBÍA QUÉ A QUIÉN, SINO QUE OFRECÍA ALGO EN LO QUE MÉXICO Y ESPAÑA PODÍAN RECONOCERSE»

No obstante, como defiende en Mar de dudas (Grano de sal, 2025), el tiempo trajo consigo la pérdida de este tipo de historias que ordenan el porvenir. Según el autor, durante la década de los 2000 —protagonizada por la irrupción de internet, las redes, el terrorismo y las crisis financieras—, la política perdió la capacidad de relatar hacia dónde va. Cambiaron las prácticas, pero no construimos relatos compartidos para interpretarlas.

Para España y México, las relaciones comerciales viraron hacia nuevos socios: la integración de México en América del Norte avanzaba desde 1994 con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) —que estrechó sus vínculos económicos con Estados Unidos y Canadá y contribuyó a un crecimiento del 265% del comercio trilateral entre 1994 y 2012— mientras España profundizaba su integración en el Mercado Único Europeo.

A esto se suma un enorme intercambio cultural: más de 210.000 españoles hicieron de México su destino para vivir y trabajar en 2025; son 147 los restaurantes en España que lucen el sello Copil —la certificación impulsada por Fundación Casa de México que acredita la autenticidad de la gastronomía mexicana en el país—; y rancheras como El Rey o Caballo prieto azabache ponen banda sonora desde hace décadas a las fiestas populares más emblemáticas de España, como los Sanfermines.

El nuevo acuerdo comercial persigue hacer el vínculo mucho más profundo. Por ejemplo, Bruselas anunció un fondo de 5000 millones de euros destinado a proyectos transatlánticos de energía eólica, solar, movilidad limpia e infraestructuras, sectores en los que España parte con una posición privilegiada. No en vano, ambos Gobiernos se han fijado el objetivo de duplicar el comercio bilateral y aumentar un 50% la inversión para 2030, sobre la base de una relación económica que ya supera los 100.000 millones de euros en inversión recíproca.

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POLÍTICAMENTE INDEFENSOS

Aunque el auge de las inversiones, la migración y el comercio apunta hacia un mayor acercamiento, por su parte, Bravo advierte de que «una relación más densa sin un nuevo relato queda políticamente indefensa». Mientras circulan bienes, libros, estudiantes, gastronomía y turistas, el entendimiento de cómo funciona la política del otro se ha estancado: la narrativa bilateral del exilio que funcionó durante tres décadas quedó obsoleta, «sin que apareciera otra capaz de ofrecer una imagen creíble de un futuro deseable» en un presente con nuevas agonías.

«UNA RELACIÓN MÁS DENSA SIN UN NUEVO RELATO QUEDA POLÍTICAMENTE INDEFENSA»

Como resultado, continúa, «los políticos de ambos países han recurrido al depósito de sentido más accesible para explicar sus interacciones desde comienzos del nuevo milenio: el pasado». Así, una nueva crisis arrancó en 2019, cuando el presidente mexicano Andrés López Obrador pidió a Felipe VI que reconociera los agravios de la conquista y ofreciera una disculpa. Sin embargo, el Gobierno español rechazó la petición, la Casa del Rey no respondió a la carta y siguieron años de conflicto. En 2024, la actual presidenta de México, Claudia Sheinbaum, no invitó a Felipe VI a su toma de posesión y España decidió no enviar representación.

Este periodo también puede leerse como una nueva victoria de la dialéctica del «nosotros contra ellos» por la que, a lo largo de la historia, se han consolidado numerosas naciones. Como narra el catedrático Javier de Navascués, «en el caso español, la Reconquista fue el relato de un pueblo cristiano frente al invasor musulmán. Cuando México consumó su independencia, España se convirtió en el enemigo».

Varios líderes contemporáneos siguen recurriendo a los viejos tiempos para enmarcar la relación bilateral. El homenaje de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a Hernán Cortés en Ciudad de México en mayo supuso, según Bravo, un fenómeno muy parecido a la exigencia de disculpas de López Obrador hace siete años. Lo ve como «el mismo gesto dirigido a un electorado distinto», ya que «cada uno le entregó al adversario exactamente lo que necesitaba, utilizando el siglo XVI para tratar de ganar una discusión del XXI».

«UTILIZANDO EL SIGLO XVI PARA TRATAR DE GANAR UNA DISCUSIÓN DEL XXI»

Por su parte, la presidenta Sheinbaum cometió, como identifica Javier de Navascués, un error similar al servirse del pasado para intentar vencer un rédito político. En su conferencia del 24 de junio, pidió a España que reconociera «la fuerza de los pueblos originarios por la dignidad de la nación». No obstante, el historiador insiste en «la importancia de los matices a la hora de emplear calificativos como originario», que también había pronunciado Albares hacía unos meses. Sostiene que con esa denominación se amalgama y simplifica la realidad americana «originaria»: «Los aztecas, o mexicas si se quiere, fueron en sus inicios una tribu nómada que se asentó en lo que hoy llamamos Valle de México doscientos años antes de la llegada de los españoles». Pero, si lo pensamos con un ejemplo más cercano, «a nadie se le ocurriría llamar “pueblos originarios” de la península ibérica a los navarros de Sancho el Fuerte. Primero anduvieron por acá los visigodos, romanos, griegos, fenicios, celtas, iberos, etcétera. Los mexicas también fueron invasores, y antes de ellos, muchos otros», asegura.

Por eso el catedrático recomienda desconfiar de la política cuando se mete a contar la historia, que, en su verdadero sentido, «no propone verdades absolutas ni relatos de buenos y malos». Carlos Bravo coincide: los discursos políticos, al usar selectivamente un pasado tan complejo, hacen pensar que la historia traza una línea que divide a España y a México. No obstante, en realidad, son ese tipo de declaraciones las que separan a quienes quieren zanjar el asunto de quienes lo necesitan abierto.

Lo que falta, apunta, es un marco que permita dar sentido al cambio, y anticipa que, «si de aquí a la Cumbre Iberoamericana de noviembre el deshielo se convierte en una agenda sostenida de cooperación, quizá después pueda comenzar a surgir un propósito compartido. Si no, habrá sido un buen momento diplomático y nada más».

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¿EL FIN DE LAS COPIAS?

En su libro, Carlos Bravo hace una recopilación de entrevistas con pensadores para navegar el desconcierto de nuestro tiempo. Entre ellos destaca a Ivan Krastev, un politólogo búlgaro cuya tesis establece que tras 1989 se impuso en el espacio público un imperativo de imitación: había un modelo —Occidente— y a los demás les tocaba parecerse a él. Como resultado, se normalizó el resentimiento en las relaciones internacionales al establecer una jerarquía entre el original y la copia.

Esta tesis puede ayudar a entender la motivación detrás del deshielo diplomático entre España y México. Bravo argumenta que «por vías muy distintas, ambos hicieron de la integración externa parte central de su proyecto: España mirando a Europa después de Franco; México, a Norteamérica, con el TLCAN a partir de 1994. Y ahora descubren respectivamente que el modelo ya no ofrece lo que ofrecía».

Por un lado, Estados Unidos ha cambiado radicalmente su abordaje con el orden que construyó. A día de hoy el Tío Sam es el socio comercial más importante de México —comparten más de 3000 kilómetros de frontera y casi 900.000 millones de dólares en intercambio—. Sin embargo, ese comercio se ha vuelto inestable debido a las políticas proteccionistas de Trump y a su cruce de agendas en seguridad, migración y economía. Por otro, en palabras de Carlos Bravo, «Europa está descubriendo que producir reglas no equivale a producir poder».

Estos virajes simultáneos, según el politólogo, generan desorientación, y la desorientación suele buscar soluciones en el pasado. «De ahí que acabemos discutiendo sobre la conquista cuando tenemos encima la crisis climática o la inteligencia artificial. No es solo nostalgia. Cuando se debilita el modelo que organizaba el futuro, es tentador llenar ese vacío con los anacronismos», asegura.

«CUANDO SE DEBILITA EL MODELO QUE ORGANIZABA EL FUTURO, ES TENTADOR LLENAR ESE VACÍO CON LOS ANACRONISMOS»

Pero el precio del conflicto ha cambiado. Hoy resulta más caro tensar la relación con su vecino del norte y más barato rebajar la tensión con España, hasta el punto de que el antiespañolismo empieza a desentonar con la realidad del momento. De Navascués lo comprobó en su último viaje a México este verano, al ver la pasión con la que los mexicanos celebraban los triunfos de España en el Mundial de fútbol.

No es extraño que muchos titulares interpreten el nuevo acuerdo entre la UE y México como el comienzo de una nueva etapa de un vínculo que hunde sus raíces en más de cinco siglos. El pacto abre la oportunidad de que ambos países empiecen a reconocerse no solo como mercados, sino también como sociedades políticas, una tarea que, según Bravo, sigue pendiente. Si esta apuesta logra traducirse en un relato compartido, los vínculos que españoles y mexicanos llevan décadas construyendo por otras vías podrían encontrar un nuevo cauce institucional. De lo contrario, la relación bilateral corre el riesgo de convertirse, en palabras del politólogo, en una «mera suma de expedientes».

Acuerdo comercial

El acuerdo concluido por el Consejo a mediados de julio se denomina Acuerdo Comercial Interino (iTA). Firmado el 22 de mayo y respaldado por el Parlamento Europeo el 8 de julio, suprime los gravámenes para el 99% de los productos que aún los mantenían, facilitando los intercambios agrícolas. Por ejemplo, México reducirá al 0% los aranceles para determinadas cuotas de porcino, quesos y preparados lácteos, frente al 45% actual, y liberalizará productos como pasta, chocolate, patatas y huevos.

Además, el pacto protege 568 indicaciones geográficas europeas, como Rioja, Parma, Roquefort, champán y vinagre balsámico de Módena, y mejora el acceso de empresas europeas a licitaciones públicas mexicanas.

Una vez México complete su ratificación, el iTA entrará en vigor y se mantendrá hasta que lo sustituya el Acuerdo Global Modernizado (MGA), un segundo pacto firmado el 22 de mayo que amplía el diálogo bilateral más allá del comercio. En palabras de Ursula von der Leyen, «incorpora ámbitos impensables hace veinticinco años como el comercio digital y compromisos vinculantes en materia de trabajo y medioambiente» y considera la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho elementos esenciales de la relación.

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