
Automática, 2012
Esta es para muchos la mejor obra de Gorki. La editorial Automática –que acaba de salir al mercado– la ha elegido con acierto como estreno. Gorki elabora, desde la perspectiva de sus recuerdos de niño, un cuadro amargo de la sociedad rusa prerrevolucionaria. La ingenuidad y la indefensión con la que describe los hechos y costumbres no atenúa la dureza de las actitudes que se ponen de manifiesto: la crueldad, la falta de respeto, la miseria, el egoísmo que se esconde detrás de los mismos lazos familiares, el efecto devastador del alcoholismo, el absurdo en el que se hunden esas existencias.
Pero surge en el relato –como un milagro– una mirada sobrecogedora, una manera de reaccionar desconcertante ante tanta maldad, una actitud sorprendente en medio de tanto frío, aquella que el niño descubre en la figura de su abuela. Ella encarna la misericordia, que es lo único que puede superar todas esas situaciones humanamente irresolubles. Se trata de una misericordia casi irracional, que no obedece a razones de justicia o de conveniencia, que se encuentra más allá del propio derecho a la felicidad, una misericordia fundamentada en algo que puede parecer hoy misterioso y oscuro: la pertenencia a la misma familia, al mismo pueblo y al mismo género humano. La misericordia que está de tu parte por el simple hecho de que seas humano.
La presencia de esa perspectiva compasiva permite al chico ir comprendiendo el fondo de las personas, más allá de sus miserias y errores. Pero esta conversión de la mirada del chico no obedece a un cambio en la actitud de los personajes –que, por otra parte, sigue siendo la misma–, sino que es fruto de la pura misericordia, esa que la abuela le transmite con sus historias, sus gestos y su cariño. Esta abuela es uno de los personajes más conseguidos de la literatura rusa, y representa esa manera tan rusa de entender el amor de Dios.
Eduardo Terrasa




