Crítica cultural Series Nº 726
Una poética del patetismo

Crítica cultural Series Nº 726

Los santos patrones del fracaso y el consuelo de la vergüenza ajena.
El arranque de la primavera en España vino con su héroe en la taquilla: José Luis Torrente, un poli fachilla, mugriento, picarón y excesivo en todos los sentidos. Un astracán actualizado, vamos. Durante semanas se discutió como se discute a la española —a garrotazos— sobre la brecha entre alta y baja cultura, la politización del arte, los límites del humor y las audaces innovaciones de Santiago Segura en el ámbito del marketing audiovisual.
Ya con la marea baja podemos recoger los restos del naufragio y centrarnos en cómo un arquetipo tan castizo resuena en el imaginario colectivo de la pequeña pantalla. Porque más allá de su olor a sobaco y sus callos madrileños servidos en barra de metacrilato, el caso de Torrente entronca con una poética del patetismo que la televisión también ha visitado con frecuencia. Son esos personajes que, siguiendo el clásico chiste austral, habilitan el mejor negocio del mundo: comprar a alguien por lo que vale… y venderlo por lo que él dice que vale. Ese abismo entre el ser y el querer ser; esa disonancia dolorosa entre el espejo y la realidad, esa mediocridad que se imagina extraordinaria. De hecho, las risas nacen del esfuerzo titánico por maquillar la incompetencia.
Ahí reina el eterno Homer Simpson. Bobalicón, torpe, perezoso. Un padre capaz de enarbolar una apología de la apatía: «Niños, lo habéis intentado con todas vuestras fuerzas y habéis fracasado estrepitosamente. La lección es: ¡no lo intentéis nunca!». Su mediocridad es hilarante por la subversión continuada de las expectativas y, sin embargo, lo que nos permite enganchar emocionalmente con él es que, en esencia, es un tipo cariñoso e ingenuo. Un osito. No hay maldad. Lo podríamos catalogar como un patetismo cándido.
Una vulnerabilidad similar encontramos en otro de los santos patrones televisivos del patetismo: el Michael Scott de la versión americana de The Office. En el primer episodio de la cuarta temporada se atrevía con esta mezcla de trabalenguas, hipófora y paradoja para recordar su apremiante necesidad de ser querido sin que se note: «¿Necesito caer bien? En absoluto. Me gusta caer bien. Disfruto cayendo bien. Tengo que caer bien. Pero no es una necesidad compulsiva como mi necesidad de que me elogien».
Como es sabido, ese remake estadounidense hacía mucho más digerible al protagonista; la versión original británica, con el David Brent interpretado por el ácido Ricky Gervais, producía una vergüenza ajena mucho más dolorosa y nihilista. Hay toneladas de cringe, como dicen las generaciones jóvenes, en las dos temporadas de la BBC. Pocas escenas resultan tan incómodas como ese baile benéfico en el penúltimo episodio de la serie. Es la estampa desoladora de alguien que, carente de todo filtro crítico, cava su tumba mientras espera el aplauso.
Esa geografía del patetismo ha sido también explorada por Diego San José en personajes que necesariamente habían de tener los rasgos físicos de Javier Cámara. Pensemos en la trilogía de Juan Carrasco (Vota Juan, Vamos Juan, Venga Juan), un Quijote que actúa como si estuviera negociando gigantes en la ONU cuando, ay, apenas llega a presupuestar el molinillo de una acera de Logroño. Esa España periférica, alejada del glamour y los focos, también era el paisaje de la excelente Yakarta, cuyo logline ya anticipaba un antiheroísmo de chándal y bingo que haría las delicias de los necios conjurados: «Un homenaje a la gente que pierde, incluso cuando gana».
Son algunos de los personajes que sustentan esta arquitectura del ridículo. Hay más, cada uno con su sombra grotesca: la degeneración asilvestrada del Frank Reynolds de It’s Always Sunny in Philadelphia, el narcisismo cáustico de Larry David en Curb Your Enthusiasm, la incompetencia feroz de Selina Meyers y su equipo en la descacharrante Veep, la megalomanía esperpéntica de Kenny Powers en Eastbound & Down, la torpeza parasitaria del primo Greg en Succession. O, si queremos mirar a la historia catódica, el anacronismo resignado de Al Bundy de Matrimonio con hijos, la mezquindad divertida de George Constanza en Seinfeld o la neurosis pueril de Ross en Friends. Todos habitan, desde ángulos complementarios, en el ecosistema de la derrota.
En esta época de filtros relucientes en Instagram e identidades guays editadas en reels, el patético se deja ver sin maquillaje, incluso aunque intente ponérselo. Y esa honestidad —aunque venga envuelta en humor y vergüenza ajena— nos reconcilia con nuestra propia condición frágil. El antihéroe patético es el único que se atreve a perder por nosotros y, al hacerlo, nos salva un poco del agotador espectáculo de tener que parecer impecables.
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