Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

Festival de Málaga: la cultura contra el virus

Texto: Ana Sánchez de la Nieta  

Un evento cultural es noticia por su contenido, no por su cobertura. No es una guerra. Ni siquiera una huelga. Hay actores. Alfombra roja. Sobre el papel, nada peligroso.


La 23 edición del Festival de Málaga se convirtió el pasado agosto en noticia por su guerra contra el bicho.  Porque este certamen —y da igual cuándo lean estas líneas— tendrá para siempre el honor de haber sido el primero que se atrevió a retar al coronavirus.

Málaga iba a celebrar su festival de cine del 13 al 23 de marzo. A medida que se acercaba la fecha, los contagios crecían en España y los actos programados iban cayendo, primero con cuenta gotas y luego en torrente. Los organizadores se resistieron como fieras hasta que unos días antes no tuvieron más remedio que colgar el cartel de «clausurado». Dos días después, un duro estado de alarma confinaba a todos los españoles.

Lo que ocurrió luego lo sabemos. La cultura se transformó en digital. Los ciudadanos se familiarizaron con el streaming, las salas se sustituyeron por plataformas y las firmas de libros por directos de Instagram. Con el fin del confinamiento la cosa se relajó un poco, pero fue un espejismo: más cancelaciones de conciertos, más eventos online, más retrasos en los estrenos. Parecía que la nueva normalidad no iba a llegar nunca para la cultura.

Y, sin embargo, los organizadores del Festival se lanzaron. Pusieron fecha —finales de agosto— estudiaron al enemigo, le tomaron las medidas al virus, escribieron protocolos, recortaron, revisaron… Y a la piscina.

Los eventos en esta etapa tienen sus reglas y son muy estrictas. Desde el principio, el director del Festival, Juan Antonio Vigar, se comprometió a celebrar un certamen seguro. Eso significaba, entre otras cosas, evitar las aglomeraciones, suprimir alfombras rojas, prohibir las fiestas y prescindir de las multitudes de fans jaleando a sus ídolos. En cierto modo, significaba renunciar a algunas de las notas características de este evento, que siempre ha sido cercano, amigable, divertido, una ocasión de que la industria española se rozara con su público.

Pero el covid-19 ha acabado con todo roce. Había que guardar las distancias. Y se guardaron. En los photocalls, en las ruedas de prensa y en los pases. Antes de cada sesión se nos tomó la temperatura a los periodistas, se nos recordó por activa y por pasiva que las películas había que verlas con mascarilla puesta. Y al entrar a la sala: hidrogel; y al salir: más hidrogel. Y, por supuesto, nos olvidamos del papel (ya era hora). Ni parrillas de programación, ni entradas, ni publis de las películas, ni cartones para votar premios de prensa. Todo digital y al móvil.

Las ruedas de prensa en la propia sala, después de la proyección. Los photocalls individuales, con muchos metros de distancia y, sobra decirlo, con mascarilla.

Y entre actos y actos, peli y peli, entrevista y entrevista, legiones de trabajadores armados con lejía. A matar el virus… si es que se había atrevido a asomarse.

Algunos veteranos directores de festivales, léase José Luis Rebordinos, se paseaban sin dejar de tomar notas. Parecían entrenadores espiando al equipo rival. Pero no eran rivales. Eran compañeros en esta guerra. Si la estrategia servía en Málaga podría funcionar en San Sebastián, en Sitges o en Cannes.

Hay que reconocer que un festival con tantas medidas de seguridad pierde un poco su esencia. El ambiente es algo más gris pero la alternativa —envasar el evento en una plataforma— resulta todavía más gris.

En Málaga pudimos volver a las salas, volver al cine en formato grande. Es cierto que se cayeron de la programación algunas películas, pero también se rescataron otras. Los programadores hicieron esfuerzos para mantener un festival de nivel en el que vimos algunos de los títulos que, sin duda, funcionarán bien en la taquilla y serán carne de premios.

La gran ganadora fue Las niñas, la ópera prima de la aragonesa Pilar Palomero, pero además gustaron La boda de Rosa, de Iciar Bollaín; El inconveniente, con la entrañable Kiti Mánver,  o Un mundo normal, el regreso de Achero Mañas después de una década.

De estos títulos iremos hablando durante los próximos números. Y, cuando estas páginas salgan a la luz, sabremos ya si la osadía de los responsables del Festival de Málaga fue el primer paso de otros valientes que decidieron hacerle frente al virus con una mezcla de prudencia, disciplina, creatividad y protocolo. En el fondo, la cultura tiene mucho que ver con todo esto.