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Albión

Herencia y maleza

5 de mayo de 2026 2 minutos


Anna Hope
Libros del Asteroide, 2025
400 páginas
24,95 euros

Algunos libros atrapan incluso antes de estrenar la primera página. Albión es uno de esos: una mansión del siglo XVIII en la Inglaterra contemporánea, una familia perforada por su pasado y el funeral de un patriarca problemático, padre ausente y marido infiel.

El entierro de Philip pone de relieve las penas que, por culpa del difunto, arrastran la esposa, los tres hijos, nietos y demás personajes que rodean la trama. Esa es, sin duda, la idea más poderosa del libro: la herencia —material y emocional— como carga que no entiende de clases sociales ni privilegios —en este caso, nada menos que la posesión de cuatrocientas hectáreas—.

La británica Anna Hope (1974) explora esa inmunidad del dolor frente al poder. Los secretos se desentierran. Las heridas familiares se abren y se infectan. El pus afectivo contrasta con la belleza del paisaje, que debe su encanto a Frannie, la hermana mayor, y a Albión, el proyecto con el que renaturaliza la propiedad.

La descripción del espacio transporta a ese entorno rural inglés; el lector es capaz de tocar la corteza rugosa de un roble, o de notar cómo el rocío fresco moja las plantas de los pies. Esta zambullida placentera, por desgracia, se interrumpe al pasar a la acción. La verdadera trama no asoma hasta la segunda mitad del libro; y, mientras tanto, el planteamiento narrativo se asemeja más a un duelo pensado en voz alta que a una historia con nudo y desenlace.

Parece que la dinámica ya se ha asentado cuando, con escasa pericia narrativa, irrumpe un personaje que guarda un as bajo la manga y pone en jaque los cimientos del señorío familiar. El encargado de este deus ex machina despliega un discurso más propio de una clase magistral —documentación en mano incluida— que de una conversación verosímil. La maniobra empaña la pretendida naturalidad de un diálogo saturado de groserías y blasfemias. El recurso, que pretende reflejar la realidad, termina por desgastar la verosimilitud y el buen gusto del relato. 

Esa crudeza —que incluye también drogas, alcohol y una escena sexual explícita— distrae del corazón de la obra y puede resultar desconcertante para quien se adentra en estas páginas esperando el decoro de Jane Austen o el aroma nostálgico de Downton Abbey tan vinculado al subgénero novelístico de casa de campo inglesa. A pesar de sus excesos, Albión consigue recordar que «el pasado siempre acaba reclamando su lugar». Perdura la imagen de un clan que intenta sanar su linaje en una tierra que, como ellos, solo espera una oportunidad para volver a brotar.


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