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Álex Navas: «Ahorrar y engendrar manifiestan confianza en el futuro, pero el futuro se ha vuelto amenazador»

Los jóvenes de hoy quieren un amor para siempre, pero no terminan de creérselo. Han crecido entre rupturas, y ante ellos se abre un futuro que perciben como una amenaza. Álex Navas, sociólogo de la Universidad de Navarra, explica por qué la fidelidad parece hoy una rareza y por qué, pese a todo, sigue mereciendo la pena prometer.
En España, solo el 14,5% de los jóvenes de entre 16 y 29 años vive fuera de casa de sus padres, y la edad media de emancipación ya supera los 30 años, según publicó en 2026 el Consejo de la Juventud de España. Por otra parte, en los datos del INE se recoge que en 2024 hubo unos 47 divorcios por cada 100 matrimonios.
Con ese horizonte, prometer a alguien un «sí, quiero» para siempre parece casi un acto de fe. Y, sin embargo, los jóvenes de hoy lo anhelan. El 67% afirma estar en una pareja estable, según un estudio de la Universidad de Salamanca publicado en el Observatorio Social de la Fundación La Caixa. De ellos, el 10% se había casado ya, y a dos de cada tres de los aún solteros les gustaría poder dar el paso.
Uno de los principales motivos que señalan quienes no piensan en comprometerse es su rechazo al matrimonio. Quizá escarmentados por las rupturas que vivió la generación de sus padres. Todavía se arrastran las consecuencias de lo que Zygmunt Bauman llamó «amor líquido»: vínculos frágiles en una sociedad donde nada parece que pueda durar.
Para entender de dónde viene esa fragilidad, conversamos con Álex Navas, sociólogo de la Universidad de Navarra, que fue discípulo del filósofo Robert Spaemann. Su diagnóstico va más allá de lo sentimental: el mito del progreso, una ciencia que ya no ofrece certezas inmutables y el emotivismo creciente han convertido el compromiso de por vida en una idea extraña. Tras su gesto afable, la mirada perspicaz de Navas no solo explora las causas de estas transformaciones, también enhebra ideas que señalan un camino transitable.
Todos los seres humanos se enamoran. Sin embargo, Bauman señala que el amor de las generaciones modernas es diferente: frágil, endeble, líquido. ¿Cree que el amor es ahora diferente al de nuestros padres?
En los jóvenes hay una vuelta a un planteamiento más romántico, tradicional. Aparentemente, están un poco escarmentados por el elevado número de rupturas y divorcios de la generación anterior. Parece que, encuestas en mano, anhelan un amor para siempre. Aunque eso no impide que lo vean como una meta muy difícil, porque lo que han visto en su entorno es separación, fragilidad. La experiencia del hogar en el que uno se crio marca mucho. Consta que los hijos de padres divorciados se divorcian más que los que proceden de familias intactas. Aprendemos sobre todo por imitación; lo vivido en nuestra infancia y primera juventud nos da las herramientas para afrontar las transiciones, las crisis… Si en casa hubo discusión, enfrentamiento, violencia y ruptura, eso es lo que vendrá a la mente cuando se afronten problemas futuros. Coincido con Bauman en que la idea de un compromiso de por vida se ha vuelto extraña para nuestra sociedad.
¿Qué señalaría como primera causa de esta tendencia?
Pueden intervenir factores diversos; como el contexto cultural de la modernidad, el papel de la ciencia y de la tecnología en el imaginario contemporáneo, el gran mito que es el progreso. En cambio, en una sociedad tradicional, manda lo que siempre se ha hecho. Se desconfía de la novedad, que amenaza el orden, la estabilidad y la paz. Hay pueblos africanos que tienen varios términos para designar el pasado y uno para el presente, pero carecen de palabra para nombrar el futuro. Es el presente continuado, no imaginan un futuro distinto, y, mucho menos, debido a una intervención premeditada del hombre. En este tipo de cultura, el grupo social más relevante son los ancianos. Ellos mantienen viva la tradición y cuentan con precedentes significativos. Cuando se produce una crisis, saben cómo afrontarla por haber vivido antes experiencias similares.
Pero llega la modernidad…
En efecto, con la modernidad se produce un cambio. El moderno rechaza el pasado, la tradición, porque la considera obsoleta, caduca. La libertad se entiende ahora como emancipación, como liberación, también de la realidad o de la naturaleza como fuente de imperativos éticos y de Dios, autor de esa realidad. El moderno, crecido por el saber y el poder, toma el mando. Aparece de nuevo la situación adánica: «Conmigo empieza todo». Hay que liquidar el pasado y comenzar de cero: el mito de la revolución política, económica, científica y tecnológica. En todo caso, si se ve que el comienzo absoluto resulta difícil, se busca conectar con una primitiva edad de oro, malograda por la evolución posterior decadente. Así se puede «vender» esa revolución como una empresa asequible. La Revolución francesa se fija en la Roma clásica; Hitler busca conectar con la cultura aria y germana anterior a la romanización y al cristianismo.
¿Cómo llegan a influir estos cambios sociopolíticos en el amor de los jóvenes actuales?
El moderno adora el progreso, que viene a ocupar el lugar de la verdad y del bien en el mundo clásico. El progreso, necesario e imparable, desemboca en la utopía —comunista o capitalista—, que es, en cierto modo, el cielo cristiano bajado a la tierra. Si el cristiano tradicional aspiraba al cielo eterno una vez superada la vida en este valle de lágrimas, el moderno quiere la felicidad en este mundo. La plena realización de la utopía está en el futuro, y de ahí que el grupo social más valorado sea ahora la juventud: tiene todo el futuro por delante y encarna valores como la fuerza, la belleza, la creatividad, la integridad moral, etcétera.
¿Podría decirse que los jóvenes son el centro de esas utopías?
Exacto. «Los jóvenes tienen siempre razón», dijo Goebbels. El joven será adulado, enaltecido, entronizado. Hay que ser joven o, al menos, parecerlo, para lo que se acude a toda una batería de recursos: cuidado de la imagen, fitness, wellness, dieta, gimnasio, cirugía… De modo especial, la obligación de mantener el aspecto juvenil afecta a los personajes públicos: políticos, empresarios, artistas, deportistas. Pero tras esa apariencia feliz se esconden el fraude y la decepción. Nos encontramos ante una gran mentira. Más allá del relato halagador, los jóvenes se encuentran con un mundo hostil, que no da facilidades: escasea el trabajo, con contratos precarios y sueldos de hambre y la vivienda se convierte en un objetivo casi inalcanzable. Sin trabajo ni vivienda resulta temerario emanciparse y fundar una familia. Habría que denunciar a la sociedad por publicidad engañosa. Dos indicadores muestran que los jóvenes ya no se creen el relato prometedor y desconfían del futuro, uno económico: no hay ahorro. Y otro demográfico: cae la natalidad. Ahorrar y engendrar manifiestan confianza en el futuro, pero el futuro se ha vuelto amenazador y peligroso, una especie de agujero negro que sepulta las ilusiones. Así, el joven se instala en el presente: el presentismo, el carpe diem como pauta de vida.
El presentismo explica gran parte de la tendencia, pero ¿es el único factor desencadenante?
El progreso tiene un motor que lo alimenta: la ciencia y su aplicación práctica, la tecnología. La ciencia conoció un desarrollo prodigioso a partir del siglo XVII y su prestigio la alzó como la única forma socialmente válida de conocimiento. Otras modalidades del saber —teología, filosofía, literatura— eran simplemente toleradas; quedaban para tanta gente anclada en la tradición, incapaz de evolucionar al ritmo de las élites. Pero el optimismo ligado al avance científico entró en crisis en el siglo XX. La ciencia se vio desenmascarada como un relato más junto a los otros, apoyada en presupuestos no científicos. Es la venganza del mundo de la vida. El método consciente de sus límites se llama hipotético-deductivo. La experimentación pone a prueba la validez de las hipótesis, y las teorías resultantes están condenadas a tener una vigencia limitada, mientras llega otra con más potencia explicativa. El conocimiento científico deja de ser apodíctico y se vuelve provisional y revisable. Esta situación se exportó después a la vida de la gente. Antes de esto, lo no científico pertenecía al reino de lo subjetivo, de lo relativo y no definitivo. Al incorporarse la ciencia a ese ámbito, se reforzó la idea de que no hay nada estable, que nada es para siempre. Esta máxima va a inspirar muchas conductas y costumbres.
Como la idea de que el amor tampoco puede durar eternamente, ¿verdad?
Me gusta citar una frase del Fausto de Goethe, sobre la que me llamó la atención mi maestro, Robert Spaemann: «Si el mundo cambia tan rápido, ¿por qué no voy a poder cambiar yo también?». De opinión, de pareja, de vida, de todo. No hay nada seguro, estable o inamovible. Todo es fluido. Así lo confirma la propia dinámica de la ciencia, con el sucederse de paradigmas y teorías, y de la tecnología, donde la obsolescencia está programada. Ahora no nos queda ni la ciencia como bastión de la racionalidad absoluta. Se abre la puerta al emotivismo. Manda el sentimiento. El enamoramiento se ve como una fuerza natural, como una radiación cósmica que nos afecta sin pretenderlo, sin intervención de la voluntad, sin que pueda considerarme responsable. No somos dueños de esos sentimientos o sensaciones, que vienen y van.
El famoso escritor Milan Kundera ha analizado con lucidez el carácter episódico de tantas peripecias sentimentales. El episodio no es efecto de ninguna causa particular ni produce efectos especiales a su vez. Está simplemente ahí, una vivencia desconectada de todo lo demás. Frente a esa especie de inmadurez infantil, el matrimonio y la familia son expresión del sentido de la responsabilidad. Asumen que hay acciones que tienen consecuencias, que nos interpelan y no podemos ignorar. El filósofo alemán Hans Jonas empleaba una imagen para ejemplificar la experiencia ética primordial, la del cuidado del otro indefenso: si abres la puerta de tu casa para salir y encuentras un bebé abandonado sobre el felpudo, no se te ocurre darle una patada para apartarlo y seguir tu camino. Ese ser minúsculo requiere atención y cuidado. Ahí surge el primer sentido de responsabilidad.
¿Se ha perdido esa responsabilidad de forma total?
La idea de un compromiso de por vida se ha vuelto extraña, peregrina. En cambio, Nietzsche dice que la dignidad de la condición humana radica en la capacidad de prometer. La promesa es una cita con uno mismo en el futuro a la que uno no está dispuesto a faltar. En el caso del matrimonio, los esposos prometen acompañarse siempre, en la salud y en la enfermedad, en el éxito y en el fracaso, pase lo que pase en el mundo.
¿Hoy en día la emoción manda más que nuestro compromiso?
Veo una especie de paradoja: nos creemos muy libres, pero somos a la vez esclavos de la emoción, de las hormonas, de la química. La voluntad cede ante el sentimiento.
Y la fidelidad se hace imposible, entonces.
Tenemos la clásica figura de Don Juan, al que Gregorio Marañón dedicó un estudio clásico. También Bauman habla de esto. Mucha gente parece enamorada del estado de enamoramiento. Importa la sensación de mariposas en el estómago en sí misma, al margen de la persona que la provoca. Por eso se puede cambiar continuamente de pareja (algo a lo que contribuyen las redes sociales). La calidad deja paso a la cantidad. Es la imagen clásica del patinador sobre hielo: si empieza a resquebrajarse, la solución es aumentar la velocidad para que las placas se vayan hundiendo a mi espalda. Con esa velocidad se alterna hoy de pareja. Este fenómeno se ha estudiado en la etología y vale para la atracción sexual. Si aparece el tedio, un cambio de pareja parece funcionar como estímulo renovador de la actividad sexual. En el caso de los hombres, hay todo un arsenal sensible a su alcance para estimular o incluso sustituir a la práctica sexual: pornografía en todos sus diferentes formatos, fenómeno tan difundido que ha llevado a los expertos a hablar de una segunda revolución sexual.
¿Tiene que ver con entender lo sexual como algo solo relacionado con el cuerpo?
En esta segunda revolución sexual que estamos viviendo se presenta o se propone el sexo casi como un mero deporte de contacto. Si no trascendemos el plano fisiológico, el panorama es desalentador y de corto recorrido. Para el placer puramente físico hay límites insalvables, en todos los ámbitos de los sentidos: no podemos comer y beber de modo ilimitado; lo mismo ocurre con el sexo. La reiteración del estímulo disminuye la gratificación: dependencia creciente con un placer decreciente. Al final, aparece el hastío, la desesperanza. El adicto —a la bebida, a la droga, al sexo— es una figura triste, incluso trágica. Busca desesperadamente una gratificación que se le escapa, nunca queda satisfecho.
En rigor, en el hombre no hay instinto tal como se da en el animal. El hombre es biología, con demandas orgánicas —comida, bebida, sueño, la reproducción para el grupo—, que el hombre debe decidir atender, y el modo de responder a esa demanda es cultural. Los animales tienen entorno o nicho: la fracción del mundo físico que es relevante para su vida. El hombre, mucho más flexible e indeterminado, posee mundo: habita desde el polo hasta el desierto, come de todo, etcétera. Ahí radica su superioridad. La atracción física se encuadra en una cultura y da lugar a instituciones como el matrimonio y la familia, núcleo de la sociedad.
¿Cuál puede ser una solución a este amor líquido?
Pienso que la clave para el éxito en la pareja, en el matrimonio, es la conversación, la genuina comunicación. Y, por supuesto, la sintonía en lo profundo, en los valores que sirven de base a la vida en común. La persona madura ha superado el egocentrismo. El bebé humano y el animal se sienten en el centro de su mundo. Todo gira alrededor de su bienestar orgánico. Cuando el niño necesita algo, llora y confía en que alguien vendrá para cuidarlo. Madurar consiste en advertir que hay muchos otros centros de otros mundos para los que uno mismo es periferia. Darse cuenta de la presencia de los otros y prestarles atención es el comienzo de la amistad y del amor. Decía Kierkegaard que la puerta de la felicidad se abre hacia fuera. El amor físico, pasional —eros— dará paso luego al amor espiritual, de donación —agapé—. Quien se abre a ese amor con generosidad experimenta el gozo. Claro que se corre un riesgo: el otro puede fallarnos, pero vale la pena.
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