El arte de la lectura lenta

14 de mayo de 2026 4 minutos

Marcela Duque Biografía

Es profesora en la Universidad Francisco de Vitoria y poeta. Ha escrito Bello es el riesgo (2019), que le valió el premio Adonais, y Un enigma ante tus ojos (2024).


«Aunque no podemos dedicarle la misma atención a todos los textos, cabría aplicar los cuatro peldaños de la lectio divina también a escritos que no sean sagrados, libros que por su verdad y su belleza encierren algo sacro entre sus letras»

Tantas llamadas a la innovación en el aula por fin empiezan a causar efecto. Ahora que se cierra el curso me encuentro pensando en ciertas prácticas que quisiera introducir en las clases del próximo año. Para hacer del aula no solo un espacio «informativo» sino —en expresión de Pável Florenski— «fermentativo», mi idea innovadora es una adaptación del modo de enseñanza predominante entre los siglos VI y XI en las escuelas monásticas: la práctica de la lectura lenta. Es, además, un buen ejercicio para todos los que sentimos cómo se nos va atrofiando la capacidad para prestar atención y, con ella, para vivir una vida más contemplativa.

La imagen clásica de la lectura como un paseo por un viñedo nos servirá para apreciar los placeres de una lectura reposada, tan diferente a la lectura en diagonal, apresurada, a la que nos estamos acostumbrando. Pagina, en latín, además de ser una cara de texto, significaba también un viñedo, de modo que era fácil imaginar los renglones de texto como las líneas que forman las viñas y la lectura como un paseo entre las vides. Para Hugo de San Víctor, por ejemplo, la lectura tenía las connotaciones físicas de un paseo en el que se van recogiendo los frutos —las palabras— y se los va saboreando, como una uva. 

Esta imagen también la encontramos en La escala de los monjes, una carta de Guigo II —futuro prior de la Gran Cartuja—, en la que distingue los cuatro peldaños de la lectio divina, el principal ejercicio ascético e intelectual de las escuelas monásticas: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación. Cada peldaño nos sitúa de nuevo en el viñedo, pues lo que leemos, dice Guigo, «se ofrece para alimento del alma como uva de un racimo»: «La lectura pone el alimento en la boca; la meditación lo mastica y lo desmenuza; la oración extrae su sabor; la contemplación es la dulzura misma, que alegra y reconforta».

La finalidad del arte del buen comer no es solo la alimentación o la salud, sino también el placer sensorial que acompaña a estos bienes. Saber significa conocer, pero también tener sabor. La sabiduría misma tiene un sabor especial y afina la capacidad de saborear los bienes más altos. El placer de una buena comida, así como el de una buena lectura, se estropea si nos atragantamos y se intensifica con la distensión. 

Aunque no podemos dedicarle la misma atención a todos los textos, cabría aplicar los cuatro peldaños de la lectio divina también a escritos que no sean sagrados, libros que por su verdad y su belleza encierren algo sacro entre sus letras. Así, la lectio sería ese primer encuentro con el texto, leído con la misma atención con la que escucharíamos a una persona amada, sintiendo el peso de cada palabra y notando qué nos llama más la atención. 

Luego vendría la meditatio, la reflexión inquisitiva, buscando el significado de la obra y su sabiduría, preguntándonos por qué algo nos atrae o nos repulsa. Como escribía Guigo en su carta: «¿De qué sirve pasar el tiempo en la lectura continua […] si no podemos extraer de ella el alimento, masticando y digiriendo esta comida para que su fuerza pase a lo más íntimo de nuestro corazón?». 

El paso siguiente sería la oratio, la respuesta a lo leído. Es el momento de entrar en la gran conversación de todos los que han bebido del mismo texto y de aquellos de los que el autor ha bebido. Una conversación con el autor y, en el contexto del aula, con quienes compartimos la lectura. (En mi experiencia, la lectura de un libro es menos completa sin la oportunidad de conversarlo con alguien). 

El último peldaño, la contemplatio, tiene algo de gratuito. No es tanto un paso que damos como una experiencia que se nos da: es el simple gozo en lo leído y comprendido. Con suerte, a veces la lectura nos transformará la visión, nos traerá la conciencia de que ha florecido algo en nosotros y que ahora es parte de lo que somos, de la arquitectura de nuestra interioridad.

Eva Brann, grandiosa maestra y agudísima lectora, decía que el tener una educación era lo mismo que saber leer, en un sentido amplio y profundo: una habilidad que dábamos por sentada y que ahora se nos empieza a escurrir entre las manos. Quizá hoy, como sucede con cierta frecuencia, lo más valioso e innovador que podamos hacer en la educación consista en recuperar lo que ya sabíamos hacer.

LA PREGUNTA DE LA AUTORA

¿Cuál fue el último libro que sentiste la necesidad de meditar y conversar?

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