Ya entramos en esos días de cambio, el período de entretiempo en el que las voces de la naturaleza son más nítidas. El sol vuelve a hacernos sentir su roce cálido y nos invita a salir de casa. Así lo sienten también los pájaros, que ya cantan su presencia, y las flores de los almendros, que se abren, espléndidas, con esa peculiar forma de canto. Si hay un tiempo en el que el libro de la naturaleza se torna particularmente legible, ese es la primavera. Es época de nacimientos, resurrecciones, explosión de margaritas: la vida que irrumpe en coral de voces claras.
San Agustín decía que la hermosura de la creación es como un gran libro que debe aprenderse a leer. Sus letras y sílabas, precisaría san Máximo el Confesor, son todas las criaturas del universo. Todo autor deja una impronta de alma en su obra, pero el libro de la naturaleza rezuma como ninguno la presencia de su autor, que se revela a través de las criaturas. Por eso piensa san Máximo que el mismo logos que escribió aquellas letras con su sabiduría está como encarnado en ellas de una manera inefable. Es preciso aprender el lenguaje de la mirada atenta y simbólica para poder comprender lo que dicen esas palabras, cuya gran riqueza hablará con modulaciones distintas a cada persona.
La escuela no es otra que la realidad misma y las palabras. Especialmente las de aquellos maestros de la observación que han sabido transmutar su visión en una belleza comunicable. Se aprende a leer el libro de la naturaleza yendo del mundo a la palabra y de la palabra al mundo. Hay muchas maneras de hacerlo, pero hay dos placeres de la vida especialmente primaverales que unen esos dos polos y son, por tanto, excelentes escuelas de lectura: los paseos y la poesía.
Un día de abril de 1802, el poeta William Wordsworth y su hermana Dorothy salieron a dar un paseo por los campos de Grasmere y se vieron sorprendidos por una abundante floración de narcisos. En ellos, Dorothy supo leer la explosión de una vida que parecía toda ella una celebración. Esta impresión quedó inmortalizada en su diario: «Nunca había visto narcisos tan hermosos. Crecían entre piedras cubiertas de musgo, aquí y allá; algunos apoyaban la cabeza sobre estas piedras como sobre una almohada, fatigados, mientras los demás se agitaban, se mecían y danzaban, y parecía verdaderamente que reían con el viento que soplaba sobre ellos desde el lago: se veían tan alegres, siempre danzando, siempre cambiando. El viento soplaba directamente desde el lago hacia ellos. Aquí y allá había un pequeño grupo y algunos dispersos unos metros más arriba, pero eran tan pocos que no perturbaban la sencillez, la unidad y la vida de aquella única y animada franja».
Dos años después, el recuerdo de aquel paseo y el texto de Dorothy inspiraron en William su celebrado poema «Los narcisos», que es como una glosa poética de la entrada del diario. La escena es la misma:
(...) de pronto vi una muchedumbre,
de dorados narcisos: se extendían
junto al lago, a la sombra de los árboles,
en danza con la brisa de la tarde.
El poema nos saca de paseo hasta el mismo lugar que el poeta contempla y leemos el mundo tal como él lo leyó. En las «cabezas danzarinas» de los narcisos vemos la misma «viva alegría» que con tanta claridad vieron los hermanos. Los Wordsworth, cada uno a su manera, fueron del mundo a la palabra (al diario, al poema) y, por ella, les fue devuelto el mundo «en el ojo interior del alma». De vuelta por la misma senda, los lectores vamos de la palabra a los narcisos, con la mirada atenta de un poeta que hace más legibles las cosas, más ricas en significado.
Por fortuna, existe una gran tradición de poemas sobre la naturaleza. Los narcisos me han recordado esa joya que es El iris salvaje, el poemario de Louise Glück, que tiene también un tono litúrgico. Junto a los paseos por la naturaleza y un pequeño diario como el de Dorothy para captar una idea, por pequeña que sea —quizá tan solo el nombre de la nueva flor que ya empieza a despuntar—, este ir y venir entre las palabras (las propias de un diario, las ajenas de un poema) y el mundo es una forma sencilla de ejercitarse en esa práctica antigua de escuchar lo que el gran libro de la naturaleza tiene aún por decirnos.