
El sentido del campo
Julio Llorente
Deusto, 2026
184 páginas, 19,95 euros
Julio Llorente (Santa Cruz de Tenerife, 1996) es uno de los pensadores más lúcidos de su generación, con alma de aforista. Su primer libro, Titubeos, fue una colección de ellos, y este ensayo, El sentido del campo, desprende el mismo respeto por el tiempo y por la inteligencia del lector. Otros habrían armado un mamotreto de cuatrocientas páginas, pero Llorente ha tenido el buen gusto —oficio de editor— de decirlo más breve.
Flanqueado por un prólogo de Higinio Marín y un epílogo de Chapu Apaolaza, El sentido del campo enuncia una tesis sorprendente por inaudita y contundente en tanto que anclada en el sentido común: no hay nada más ecológico que un señor de Albacete. Puro Chesterton.
El redondo autor inglés, fundador de la Liga Distributista junto con Hilaire Belloc, persiguió, inspirado en el magisterio de la Iglesia católica, desarrollar una teoría política y económica que funcionara como tercera vía entre el capitalismo y el socialismo. A un siglo de distancia y aplicado específicamente a la cuestión agraria, Llorente se confiesa distributista, y las paradojas que plantea suenan todavía recién estrenadas.
La fuerza de este ensayo no reside en la aplicabilidad de sus propuestas (propone, por ejemplo, consumir solo alimentos de temporada); lo inapelable es la antropología que sustenta los argumentos del autor. Uno de los puntos sobre los que se apoya es la premisa de que el ser humano no está hecho para andar de un lado a otro. «Sólo podemos reivindicar la necesidad del arraigo si aceptamos una premisa previa: que estamos más llamados a la profundidad que a la amplitud, más a la intensidad que a la extensión».
Para alguien que haya seguido la trayectoria del autor en los medios de comunicación de manera un poco superficial, la elección de este tema para su primer ensayo puede resultar desconcertante: los conservadores tienden a pensar que la sostenibilidad, como la cultura, son cosas bonitas, pero no muy importantes. La verdad es que Llorente discrepa hasta la médula —no en vano tradujo, ya en 2021, la Filosofía verde de Scruton—. Por qué no habrá cultura sin agricultura, como plantea el subtítulo, es la cuestión que le preocupa.
Sin ánimo de destripar, el razonamiento de Llorente avanza al modo chestertoniano desde su paradoja inicial (la existencia de un ecologismo antiagrario), pasando por la dehesa extremeña, que es su idea de agricultura. Carga contra el nomadismo («¿Y si el nomadismo derivase del pecado?»), contra Mercadona, contra Glovo y contra la política agraria de la Unión Europea. Se permite algún rodeo sorprendente, como el capítulo que dedica a la defensa de la tauromaquia; aunque uno discrepe, posee la deslumbrante capacidad de mostrar la estructura sacrificial del mundo. Sostiene que solo damos frutos cuando estamos arraigados. Sostiene que los frutos tienen su ritmo. «Quizá los métodos de cultivo se hayan sofisticado, pero solo en ciertas ocasiones la sofisticación coincide con el bien. [...] Acaso la agroindustria sea sofisticada, pero no es agrícola en absoluto. Tiene más que ver con la ingeniería que con la labranza».
El pasmo del autor viene de considerar hasta qué punto todo es ya producto. No le interesa tanto la alcachofa como lo que le hace al agricultor el proceso de cultivarla. Que, por supuesto, es también el gran problema de la cultura contemporánea: convertida en producto, no mejora la vida de nadie. El duende de este libro consiste, precisamente, en desentrañar las conexiones entre la alcachofa y la literatura.
Esa defensa del arraigo, de la tierra, de la agricultura y, en última instancia, de la cultura, no resulta, sin embargo, inconcreta. Todo lo contrario. Se repite con divertida fruición el verbo manosear en este ensayo. La carne en liza contra la quimera: «Quizá nadie esté dispuesto a procurar el bien de esa abstracción que llamamos planeta —escribe—, pero conozco hombres corrientes, carentes de cualquier convicción política, marcialmente predispuestos a cuidar de algo tangible, también evocador y significativo, como Albacete». Ahí se condensa —lo que decía: alma de aforista— todo el espíritu del libro.




