Incesante crecimiento

28 de abril de 2026 3 minutos

Enrique García-Máiquez Biografía

Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969) es poeta y ensayista. Estudió Derecho en la Universidad de Navarra y es profesor en un instituto de secundaria de Puerto Real (Cádiz). Además de en Nuestro Tiempo, donde publicó su primera columna en 2009, escribe también en El diario de Cádiz, El Debate, La Gaceta y la revista Misión. Es autor de ocho poemarios —los más recientes Verbigracia e Inclinación de mi estrella (2022)—, varios libros de aforismos, diarios y colecciones de artículos; y dos ensayos, Gracia de Cristo (Monóculo, 2023) y Ejecutoria. Una hidalguía del espíritu (CEU Ediciones, 2024), que le valió el premio Sapientia Cordis.


Cada vez se cita más a G. K. Chesterton, pero no es un tic ni caprichoso ni perezoso. Su crítica profetizó la posmodernidad y nos dio las dos armas —humor y valor— para afrontarla.

Tengo una gran simpatía hacia el periodista Yago González. Por alumni —orgulloso de serlo, como corresponde— y por atento a todo lo que se mueve en los medios con un punto de generosidad y otro de exigencia. Eso no significa que comparta todo lo que concluye, como él, en justa correspondencia, no lo hace con lo mío. La admiración no es identificación, sino reconocimiento del talento y de la honradez.

Con todo el talento del mundo y la honradez, Yago se equivoca al protestar con rítmica frecuencia de que los columnistas católicos citemos de más a G. K. Chesterton. Por supuesto, no se equivoca al constatar que lo citamos. Y mucho. Yo, de hecho, le pido a la inteligencia artificial, solo cuando he acabado mi artículo, que me dé consejos para acercarlo al estilo de Enrique García-Máiquez. Por lo general, opina que aún me falta para llegar al nivel de E.G-M., lo que a la vez me halaga y me irrita, si bien me halaga un poco más. Se ve que en conjunto estoy mejor que al detalle, y que de lejos gano, no solo en las fotos. Pero hay una cosa que la IA me pide invariablemente que divertirá a Yago González. Si de verdad quiero acercarme al modo de Enrique García-Máiquez, incluye —me ordena— una cita de… Chesterton.

O sea, que sí que lo cito muchísimo, aunque no siempre. Con lo que no estoy de acuerdo es con la protesta de Yago. Primero, porque la quejumbre es pasión inútil. Si él, que tan bien sabe escribir, cree que los columnistas católicos citamos demasiado a alguien, lo suyo es bajar él la media escribiendo columnas católicas en las que jamás se cite a Chesterton. Nombrarlo, siquiera para pedir que no se le nombre, es nombrarlo. Su eco sigue resonando. El propósito de escribir sin citarlo deviene más hacedero y fructífero.

En segundo lugar, yo protestaría contra esta costumbre contemporánea tan extendida de protestar contra cualquier costumbre que se extiende. Soy muy aficionado al haiku, esta estrofa japonesa de tres versos blancos, que, por cierto, jamás practicó Chesterton. En España ha arraigado especialmente bien. En parte, porque los extremos se tocan, y del Extremo Oriente al Extremo Occidente existen una serie de curiosas afinidades que llamaron la atención del samurái Mishima, tan hidalgo de espíritu, por ejemplo. En nuestra propia tradición hay mucha base de poemas brevísimos, como la soleá. El caso es que enseguida, nada más escribirse apenas media docena de libros de haikus, ya empezó la gente a decir que se escribían demasiados haikus. ¿Cómo vamos a hacer una tradición y una escuela si todo lo que sea aprendizaje, repetición, humildad y veneración a los maestros rechina para este tiempo de masas y tan fanático de la originalidad? Imaginemos lo que habría pasado si, tras Garcilaso y Boscán, se hubiesen puesto pesados los críticos con que se escribían demasiados sonetos y que la moda itálica era una impostura. ¡Qué Siglo de Oro nos habríamos perdido! La repetición y el reconocimiento de unos referentes comunes cristalizan en grupos y en corrientes que son indispensables en la construcción de un estilo y de una época.

Aquí está, de nuevo, Chesterton. Al escritor inglés le pasa como a su personaje Domingo, de El hombre que fue Jueves. Cada vez que lo miramos es más grande, no en el sentido de los kilos (como él habría bromeado), sino en su talla intelectual. Apenas hay problema de este tiempo que no viera venir. No lo citamos para reírnos con sus cosas (no principalmente), sino porque nos advirtió de mucho de lo que se venía. Y nos dio un modo de afrontarlo muy católico: que no rebaja la verdad pero no pierde el humor. La lucidez y la risa nos hacen tanta falta en esta época moderada por los dos cabos: ni es valiente ni es risueña.

Le doy la razón a Yago González en algo. Sería un signo esperanzador que pudiésemos citar menos a Chesterton en los tiempos venideros. Significaría que habría que combatirlos menos. Mi pronóstico, sin embargo, es que, estando las cosas como están, vamos a tener a Gilberto hasta en la sopa.

LA PREGUNTA DEL AUTOR

¿Siente el lector católico que se habla demasiado de Chesterton?

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