Garabatos prehistóricos

15 de enero de 2026 4 minutos

Paco Sánchez Biografía

Paco Sánchez es columnista — además de en Nuestro Tiempo, publica sus textos en La Voz de Galicia— y profesor titular en la Universidade da Coruña. Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra, y en 1987 defendió una tesis sobre Miguel Delibes, de quien acabó siendo amigo. Entre 1989 y 1991 fue director de NT, donde entró «como un paracaidista que salta sobre una tierra que conoce solo por los mapas». Desde 1993 escribe la última página de la revista, el «Vagón-bar», motivo por el que muchos lectores empiezan la revista por el final.


«Pues ya está: ya han comparecido casi todos los elementos para organizar una polarización extrema. La mirada que no ve, el oído que no escucha, la resistencia convertida en inercia»

La escuché decir: «Es que esta mañana me sentía tonta, y decidí que no quería sentirme también fea». Alguien había ponderado su buen aspecto. Faltó el silbido ondulante y admirativo que solía rubricar esa clase de asombro, pero ya nadie, ni en broma, se atreve a emitirlo. Me volví atraído por la aguda levedad del comentario y casi inmediatamente lo anoté en un papel suelto. Me pareció que podría reutilizarlo algún día en unos diálogos, pero lo perdí pronto y ahora lo recupero en esta memoria mía cada año más tiritona y huidiza.

Conocía a la chica. Le había dado clase. El comentario le sentaba, aunque quizá lo había tomado de una película. Pero la frase no figura en ninguna parte, así que debe de ser original. Me pareció una intuición cierta: un intento de compensar lo verdadero con lo bello, como si una cosa se espejara en la otra. Desconozco si se pronunció alguna vez la frase contraria: «Como me sentía fea, decidí no sentirme también tonta». Parece improbable, pero tendría tanto sentido como la otra. O más, porque la bondad y la inteligencia producen belleza casi en automático. Atraen de manera más estable y duradera, sin emborrachar al principio, pero también sin caducar al final.

Me estoy liando. Escribí hace poco algo brevísimo sobre la polarización de nuestras sociedades supuestamente tan avanzadas. Se habla mucho de diálogo, pero abundan los que se dedican a achicarle espacios a la razón, para regalarle toda la cancha al sentimiento. Reinan los likes y los emoticonos. 

¿Para qué hablar, si el esfuerzo racional de la palabra puede sustituirse con ventaja por un dibujito que expresa una sensación? Un «me gusta» o un «no me gusta» son incontestables. En realidad, dicen poco o nada. No discuten: clausuran. Carecen de la energía necesaria para activar un diálogo y apenas se pueden responder con otro garabato igual de inane. 

Esa gramática elemental, con efluvios de cueva prehistórica, está muy bien para quitarse a alguien de encima, pero no para dialogar, para llegar juntos a un parecer o a una creencia. 

Esos elementos operan muy eficazmente como aceleradores del odio. No solo porque suprimen la razón o la reducen a mínimos, sino porque omiten al otro: su presencia física, su mirada, todo lo que pueda hacerlo humano y amable. Somos capaces de querer a alguien a quien no entendemos o que no nos comprende. Cuando vemos que ya no hay por dónde avanzar, cerramos la conversación con un abrazo o dos, pese a que apenas hemos conseguido acuerdo en una cosa: «Tenemos que tomar pronto otra caña». 

Pero, si esa presencia se convierte en un avatar al que zurras desde un teclado que lo aguanta todo y no siente ni padece, la guerra escala. 

Una periodista brillante me confesó que tenía muchos haters. Lo decía con una satisfacción juguetona y descarada, para darle una alegría a un profesor de hace ya tantos años. Como si el número de haters marcara un nivel de éxito. De hecho, sí. A Samuel Johnson le complacían los ataques virulentos a sus escritos. Necesitaba sentir esa resistencia para asegurarse de que había dado con el martillo en el clavo. De un clavo que no encuentra resistencia en la pared no se puede colgar nada. Cierta vez pedí a alguien que razonara sus afirmaciones, algo insultantes. Contestó: «¿Razonar en Twitter?». 

Pues ya está: ya han comparecido casi todos los elementos para organizar una polarización extrema. La mirada que no ve, el oído que no escucha, la resistencia convertida en inercia. Si esa masa se hornea bien, queda endurecida y resulta dificilísimo, cuando no imposible, cualquier intento de ablandarla. 

Se pierde la costumbre más preciada: la de la amistad. La presencia real se vuelve cargante, incluso por teléfono. Se admiten mensajes, siempre que no sean de voz. Y si lo son, que se puedan escuchar a velocidad x2. Los chicos se cortan el pelo en silencio. Y las chicas evitan los mercados, para escapar de las explicaciones y regateos de las placeras. 

Todo el mundo coincide en que sin diálogo se termina en la violencia. La peor manera de reiniciar un sistema enloquecido y bloqueado. Pero la que terminamos usando a lo bestia una o dos veces por siglo.


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