El científico británico Arthur Clarke —autor de la novela y coguionista 2001: Una odisea del espacio— sostuvo en Profiles of the Future, uno de sus ensayos más famosos, que «cualquier tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia». Desde luego, tanto las innovaciones como la magia nos generan una mezcla de fascinación y de temor porque desafían nuestras expectativas acerca de lo posible.
Seducida por trucos y tecnicismos, la mirada mágica es una forma naif y caprichosa de enfrentarse a la tecnología. En el fondo, impide entender los cambios culturales que produce. Es lo que hoy pasa con la inteligencia artificial.
Ya el propio nombre obstaculiza el pensamiento. Por una parte, la obsesión con que todo sea inteligente —el televisor, el teléfono, el reloj, las gafas…— devalúa nuestra inteligencia. Por otra, solo a esta tecnología la calificamos de artificial. ¿Por qué no llamamos así a los ordenadores o a internet?
Toda la cultura del hombre es artificial, comenzando por el alfabeto y la escritura. Los griegos no se encontraron las vocales colgando de los árboles. Eso que conocemos como lenguaje natural es un artificio, una creación nuestra. Precisamente porque el lenguaje es un sistema simbólico, que nos hemos dado de común acuerdo, puede ser reproducido con eficacia por las máquinas.
En 1950, el matemático británico Alan Turing se planteó en el artículo Computing Machinery and Intelligence una cuestión crucial: «¿Pueden pensar las máquinas?». Y propuso este experimento mental: un interrogador, mediante preguntas formuladas con mensajes de texto, debía determinar si la respuesta procedía de un humano o de una máquina.
Turing reorientó la hipótesis de partida: «¿Es posible imaginar computadoras digitales que puedan superar el “juego de la imitación”?». Su trabajo abrió camino al campo de la inteligencia artificial. La expresión se utilizó por primera vez en 1955, cuando un grupo de científicos estadounidenses presentó a la Fundación Rockefeller un proyecto orientado a la creación de máquinas capaces de emular la inteligencia humana.
Podríamos decir que fue una estrategia de marketing. La denominación inteligencia artificial sonaba más glamurosa que estudios sobre autómatas. Del mismo modo, hoy hablamos de ChatGPT, en lugar de máquinas generadoras de contenidos sintéticos, que es lo que realmente son.
En pocos años, la IA generativa conversacional se ha erigido en una de las herramientas de mayor impacto en la comunicación. Estas máquinas parlantes con las que interactuamos se sitúan al nivel de la imprenta de Gutenberg y de la red internet.
Aristóteles definió al hombre como «el único animal que tiene palabra». Por eso la IA nos fascina y atemoriza. Porque el lenguaje constituye nuestra seña de identidad como especie. Pero la IA generativa no entiende las palabras. Se construye sobre modelos matemáticos del lenguaje que traducen palabras y frases en representaciones numéricas. La IA solo calcula probabilidades estadísticas basadas en sus datos de entrenamiento y simula el lenguaje sin entenderlo.
Es un error bastante frecuente el criticar una tecnología porque haga mal aquello para lo que no fue diseñada. Pues bien, la IA no fue diseñada para saber qué es la verdad, ni para decir la verdad.
En el ámbito de la educación universitaria, la IA ofrece una oportunidad magnífica para repensar el aprendizaje y cómo se están reconfigurando las profesiones. Aunque miro el futuro con esperanza, me preocupa que nos convirtamos en esclavos de las máquinas, no por alguna maldad intrínseca de la IA, sino por renunciar al desarrollo de nuestros talentos y destrezas. Quizá estos seis consejos nos ayuden a no sucumbir a la comodidad de que una IA pueda realizar tareas sin esfuerzo.
- Asuman que la IA no es magia, es programación automatizada; y no es inteligencia, es simulación del lenguaje.
- No le teman a la IA, sino a la pereza inducida por la tecnología.
- Tengan el coraje de buscar y decir siempre la verdad, pero trabajen con fuentes que puedan comprobar, y recuerden que ni Google ni la IA son fuentes.
- Usen la IA como un asistente cognitivo, no como un sustituto de la propia reflexión.
- Entrenen cada día la inteligencia con buenas lecturas, grandes películas y conversaciones profundas, cara a cara.
- No renuncien a pensar y no dejen de escribir. Ese es nuestro verdadero superpoder.