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La isla

Una novela parábola

20 de febrero de 2026 4 minutos


Jerome Ferrari
Libros del Asteroide, 2026
184 páginas
18,95 euros

Si tratan de averiguar quién es el asesino son libros de detectives; las novelas negras te dicen desde el principio lo que pasó, pero se detienen en escrutar por qué lo hizo. La isla, sin embargo, no tiene ningún interés en lo primero ni en lo segundo. Alexandre Romani apuñala a Alban Genevey, un estudiante cuyos padres veranean en Córcega y al que conoce desde niño, y sabemos desde muy pronto que lo hace por una afrenta ridícula —una botella de vino introducida clandestinamente en su restaurante— que él convierte en cuestión de honor: porque a los Romani nadie los engaña.

Séverine Boghossian, la investigadora, lo expresa con claridad: los móviles no revelan nada. ¿Es, entonces, una novela nihilista? La voz del narrador («dos veces apóstata», dice de sí mismo sin más explicaciones, ¿tal vez por abandonar la fe, además de Córcega?) parece indicar en esa dirección, aunque algunos aspectos —como su amor nunca abandonado por Catalina, nombre que coincide, quizá por casualidad, con la santa patrona de los filósofos en la tradición cristiana, o su regreso, a pesar de todo, a la isla— sugieren que es posible otra lectura.

La isla recupera el distintivo universo de Jérôme Ferrari, uno de los grandes narradores vivos en lengua francesa, aunque todavía poco celebrado en nuestro idioma. Es autor de dos obras que justifican una carrera literaria: El sermón sobre la caída de Roma, que le mereció el Goncourt, y A su imagen, premio Le Monde. Como en aquellas novelas excelentes, en La isla reaparecen Córcega con sus contradicciones (en este caso ácidamente retratadas en el drama del turismo masificado, el punto más político del texto), esa particular visión de la historia como atravesada por un bolígrafo —la sensación de que todo acaba de ocurrir y aún está ocurriendo— y una estética emparentada con Alessandro Baricco a la que podríamos llamar simbolismo mediterráneo, en la que todo remite más allá de sí mismo y mucho más lejos del sentido exacto de la narración. Tanto Baricco como Ferrari estudiaron Filosofía, y sus historias tienen ese aire parabólico que, sin renunciar a la narración en estado puro ni a la experimentación formal, son pensamiento narrado o narración pensativa. 

El texto tiene una estructura lírica, a ratos inescrutable (qué importa), en la que la voz narrativa principal —un profesor corso emigrado, como el autor, a un país árabe y luego regresado a la isla, desencantado sobre todo de sí mismo y enamorado irremediablemente de su prima Catalina, la madre de Alexandre— se entrelaza sin mayores explicaciones con una polifonía mutante de voces y puntos de vista que incluyen, entre otros, a Shirin Soroush, la novia del muerto, una chica brillante de la periferia y la clase baja parisina, a la inspectora Boghossian, a un hablante indescifrable que recupera historias del pasado de los Romani o a otra que podría decirse mítica y que emparenta todo el relato, inexplicablemente, con cierto sultán del siglo XIX y hasta con el relato islámico de la creación del mundo. A ratos, incluso, breves incisos o largas páginas en cursiva y entre paréntesis en las que el narrador se dirige directamente a alguno de los personajes, como si pudieran escucharle. El efecto es el de un murmullo foucaultiano —on dit— reescribiendo Las mil y una noches.


El trabajo de traducción de Pablo Martín Sánchez —por cierto, también escritor, único miembro español del Oulipo, la escuela de Perec, y bueno a la europea, como demuestra su Diario de un viejo cabezota— debió de ser extenuante, y el resultado es fantástico. Todo ello hace de La isla —cuyo título original, Nord Sentinelle, remite a una diminuta isla en la que vive, sin contacto con el mundo exterior, una tribu antiquísima— un artefacto literario hipnótico y breve que no se da el lujo de remachar escenas ni llega nunca a caer en el sentimentalismo, el morbo violento o cualquier otro de esos atajos preciosistas, a pesar de que posee algunas páginas de un impacto estético e intelectual enorme. La isla cuenta su historia de un modo absolutamente contenido, aparentemente desordenado y profundamente inteligente. El cóctel de voces que se superponen sin pedirse permiso, la coexistencia de lo atávico y lo mítico con la inconfundible y realísima Córcega de Ferrari —el sórdido bar Bamboleo, la mediocridad intelectual de sus habitantes, la constatación de que, a pesar de todo, esa periferia es el lugar que le corresponde, las hordas de veraneantes ricos y pobres, el instituto, los chalets…— y las tramas inacabadas (¡todas!) podría ser un descalabro, y seguramente lo será para lectores que prefieren narraciones más lineales, ordenadas a la manera antigua. Pero hará las delicias de quienes disfrutan de esa rara clase de literatura de ideas que es una especie de filosofía encarnada. No es la obra maestra que fueron A su imagen y El sermón sobre la caída de Roma: es una obra menos unitaria y más contenida, pero, sin lugar a dudas, merece leerse dos veces.


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