
José Mateos
Pre-Textos, 2025
228 páginas
20 euros
Los años decisivos retrata esa gran elipsis que va desde el advenimiento de la vocación hasta el lento marchitarse de las cosas. En ese sentido preciso es una novela de madurez, pero mantiene la frescura de un debut. Entre otras cosas, porque es el primero de los más de veinte libros de José Mateos (consagradísimo poeta, dramaturgo, ensayista, narrador) que toma forma de novela. El libro cuenta —confiesa sería un verbo más preciso, escrito como está en primera persona— la vida de Marta Ortega, desde que se va a Madrid a estudiar Filosofía en 1975 hasta el final de su vida laboral en la década de 2010.
Hija de un torero muerto y una madre beata, llegar a Madrid en los estertores del franquismo fue para ella una liberación. De la lección magistral de Millán Puelles pasa sin solución de continuidad al antro de Malasaña y al piso franco con póster del Che, a la manifa y la huelga. La hieren la vida a zarpazos (depresión, matrimonio, aborto, divorcio), la furia ochentera (entierra a un novio yonqui) y la fascinación por Europa (una tesis doctoral en París que le da al libro un exquisito tono de novela de campus). Los siguientes años, apenas un intervalo hasta la jubilación, los pasa de vuelta en Algeciras: periódico local, una pequeña amistad, una tía con Alzhéimer y algún enamoramiento tardío acabarán de salpimentar unos días a los que no les encuentra sentido más que de tarde en tarde.
Con un estilo contenido y poético, Mateos va enhebrando una historia triste con momentos de irresistible belleza. Pero, además, Los años decisivos cuenta la historia reciente de España. Porque Marta es la España del último medio siglo, hija de un torero muerto y una madre beata. Mateos nos obliga a recorrer, encarnada, la historia intelectual del triste rabo de Europa: nuestra estéril pulsión antifascista, nuestra adolescencia tardía en la movida madrileña, nuestra idolatría por lo extranjero y el desencanto por una izquierda caviar y una política corrupta que, total, ya ni nos importan.
«El futuro está clausurado», proclama el intelectual de la novela. Cuando Frochard, el catedrático que dirige su tesis, empieza a hacer tachones sobre el manuscrito, Marta cae del guindo. La conversación comienza con una embestida de él: «El cristianismo es la religión que saldría si un judío fanático hiciera una mala lectura de Platón». Se alarga durante algunas páginas en las que Marta intenta justificar los ideales socialistas de su primera juventud («¿La bondad humana? ¿Qué es eso? Los Jesucristos Superstars, los Mahatma Gandhis…, esos son los peores. Renuncian a todo a cambio de imperar en nuestras conciencias») y Frochard sentencia al fin: «A la vida humana no tienes que buscarle ninguna justificación. No hay verdades absolutas. Ni falta que nos hacen. Solo hay simulacros». La secuencia culmina unas páginas después, en el piso de Marta, donde el prohombre la viola después de dos ginebras, en una revelación casi hermana del abuso que padece el protagonista de Los violentos lo arrebatan, de Flannery O’Connor. Cuando, después del horror, se arroja sin rumbo a las callejas de París, Marta encuentra a un vagabundo descalzo, «desfigurado por la mugre y el alcohol», que repite: «In saecula saeculorum. Amen».
Mateos no desprecia a su personaje, a pesar de que ella es su propia sepultura. El autor no le niega a su creación, ni siquiera a esas alturas, la posibilidad de ser feliz. De salvarse. Porque le duele España. Y porque persiste, terco, el deseo de verdad y de justicia.




