Crítica cultural SOLO WEB Música
Mumford & Sons vuelve a la orilla del lago

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Casi siete años después de Delta, la banda británica regresa a sus raíces folk sin renunciar a la evolución. Rushmere es un disco que marca el inicio de una nueva etapa como trío.
«Ladies and gentleman, Mumford & Sons». Eso fue todo lo que dijo Jimmy Fallon en febrero, cuando presentó a la banda británica en el cincuenta aniversario del mítico Saturday Night Live. Un mes después, durante una visita a The Tonight Show, Marcus Mumford vaciló con cariño al presentador sobre aquella escueta entrada. Fallon se rió nervioso y culpó a su equipo por cortar el prólogo que tenía preparado. Para compensar aquel error, esa misma noche realizó una introducción de tres minutos, la más larga de la historia del programa: «Han ganado dos premios Grammy, dos premios BRIT y cuatro Billboard Music Awards. Formados en 2007 en el oeste de Londres, inmediatamente se hicieron un nombre con su sonido único».
Una reivindicación que, siete años después de su último disco, sirve para recordar cuál era el lugar que ocupaban Mumford & Sons en el panorama musical antes de su parón. Rushmere, su quinto álbum, no es solo un regreso musical; es una vuelta a los orígenes.
La historia de Mumford & Sons comenzó cuando Marcus Mumford (voz principal, letrista, guitarra y batería), Winston Marshall (banjo y guitarra), Ben Lovett (teclados y acordeón) y Ted Dwane (contrabajo y bajo) se unieron en Londres para formar una banda que desafiaba las corrientes dominantes del momento. Su propuesta, una mezcla de folk, bluegrass y rock con instrumentos acústicos tradicionales, destacaba en un panorama que mayoritariamente vibraba al ritmo del indie y la electrónica. Sus conciertos, marcados por una energía contagiosa y cambios de instrumentos en escena —con Mumford alternando entre la guitarra y la batería—, les granjearon desde el primer instante una base de seguidores fieles. No buscaban ser cool, sino conectar. «Estábamos respondiendo al tribalismo del britpop de los 90, donde lo que hacían los chicos guays era odiarse unos a otros», explicó Marcus en una ocasión. «Nos interesaba cómo las personas se unían en lugares y situaciones aparentemente aleatorios».
Su debut, Sigh No More (2009), con himnos folk como «Little Lion Man» y «The Cave», vendió más de un millón de copias en Reino Unido y más de tres millones en Estados Unidos. El éxito se multiplicó con Babel (2012), impulsado por el sencillo «I Will Wait», que les valió el Grammy al Mejor Álbum de 2013, año en el que también encabezaron el festival de Glastonbury. Sus dos primeros trabajos definieron un sonido inconfundible: banjos frenéticos, crescendos épicos, armonías vocales y letras con un profundo sustrato literario, como, por ejemplo, esta estrofa de «Ghosts That We Knew», que escribieron con veinticinco años, en 2012:
«You saw my pain washed out in the rain,
broken glass, saw the blood run from my veins.
But you saw no fault no cracks in my heart
and you knelt beside my hope torn apart.
But the ghosts that we knew will flicker from you
and we'll live a long life»
El disco Wilder Mind (2015) supuso una primera transformación profunda: abandonaron los instrumentos acústicos para adentrarse en un territorio de rock más puro y contundente. Esta evolución alcanzó su punto álgido con Delta (2018), álbum que experimentaba con elementos electrónicos y producciones más ambiciosas, y que marcó una distancia considerable con aquel folk-rock primigenio. Muchos seguidores vieron en este cambio una traición a sus raíces —un crítico de The Guardian, Alexis Petridis, que tituló su reseña «Más anodinos y genéricos que nunca»—, mientras otros celebraron lo que consideraban una necesaria reinvención —como la mítica revista Billboard, que tituló «Mumford & Sons se adentra en el rock manteniendo intacto su espíritu».
Tras aquel cuarto álbum empezó un silencio discográfico de casi siete años. Un tiempo en el que la banda experimentó transformaciones profundas. Winston Marshall, a cargo del banjo y la guitarra, abandonó el grupo en 2021. Hubo polémica porque recomendó un libro de Andy Ngo, un mediático periodista estadounidense relacionado con la extrema derecha. El grupo vivió presiones y Marshall se marchó con un comunicado en el que alegaba que quería proteger a sus amigos. Fue una salida dolorosa para la banda, especialmente para Marcus Mumford. Le confesó al periodista Zach Baron, de GQ, haber «rogado que no se fuera», convencido de que las opiniones políticas de cada uno no iban a afectar al entendimiento de la banda.
Pero quizás el cambio más significativo llegó con la publicación del álbum en solitario de Marcus Mumford, Self-Titled, donde el cantante abordó en «Cannibal» por primera vez el abuso sexual que sufrió a los seis años, un trauma que había mantenido en secreto durante tres décadas. Comienza así:
«I can still taste you and I hate it
That wasn't a choice in the mind of a child and you knew it
You took the first slice of me and you ate it raw
Ripped it in with your teeth and your lips like a cannibal
You fucking animal»
Más adelante, explicó en la entrevista de GQ las secuelas de esa experiencia: «He vivido la mayor parte de mi vida adulta hasta hace poco sintiéndome muy avergonzado». En ese mismo proceso de sanación, Mumford también afrontó sus problemas con el alcohol: «En los momentos álgidos tratábamos todo como una fiesta constante. Me apoyé mucho en la bebida y desarrollé comportamientos adictivos que necesitaba encarar».
Las letras de Marcus Mumford, cargadas de referencias literarias y una profundidad que hace que uno pueda seguir encontrando cosas más allá de la primera escucha, han sido siempre uno de los pilares fundamentales de Mumford & Sons. Esa fue la razón por la que, en 2019, la banda se convirtió en el primer colectivo en recibir el prestigioso Premio John Steinbeck, un galardón que la San José State University de California entrega cada año a escritores y artistas cuyas obras reflejan la empatía y el compromiso con los valores democráticos que definieron al novelista. Ese reconocimiento los sitúa junto a figuras como Bruce Springsteen, Joan Baez, Michael Moore, Joan Didion o Ken Burns. La banda fue premiada por su labor en diversas causas sociales y su capacidad para crear música que, al igual que la obra de Steinbeck, humaniza a personas marginadas y promueve un sentido de comunidad. En su discurso de aceptación, Mumford confesó la influencia del escritor en canciones como «Dust Bowl Dance», inspirada directamente en Las uvas de la ira.
Con Rushmere —titulado así por un lago del área londinense en Wimbledon donde los integrantes pasaban tiempo en su juventud—, la banda regresa a sus raíces sonoras sin renunciar a la evolución. Grabado en gran parte en Nashville, la meca del country, con el productor Dave Cobb (que ha participado en trabajos de figuras como Brandi Carlile y Sturgill Simpson), el álbum abandona la experimentación electrónica que caracterizó a Delta y recupera la importancia de los instrumentos acústicos y las armonías vocales que siempre fueron seña de identidad del grupo.
«Rushmere», el tema homónimo, salió omo primer single en enero y representa el perfil más extrovertido del álbum. El banjo sigue presente, ahora punteado por Matt Menefee, lo que recuerda que algunas ausencias pueden cubrirse pero no reemplazarse. Pero el disco combina registros diversos. Los arpegios de «Monochrome», la guitarra fingerpicking de «Where It Belongs» o el dueto con la cantautora californiana Madison Cunningham en «Blood on the Page» muestran a una banda capaz de brillar en territorios más contenidos.
«Surrender» destaca como una de las mejores canciones, con un rock bastante directo, de dinámica final arrolladora y eco springsteeniano. Este tema culmina lo que parece una reflexión, desarrollada a través de tres temas consecutivos en el disco, sobre el temperamento y la evolución emocional de Marcus Mumford. Comienza con «Where It Belongs», donde se pregunta si su ira le controla o viceversa:
«When you speak, do you think you could do it kindly
Or does your anger overwhelm?
And when you're weak, do you ever think of livin' wildly
And let your anger go to hell
Where it belongs?»
En «Anchor» aborda su necesidad de superar conflictos internos para pedir perdón:
«I can't say I'm sorry
If I'm always on the run
From the anchor»
Y en «Surrender» llega la catarsis a través de la aceptación de su propia vulnerabilidad:
«Defeat and surrender always feel the same to me
But what does it matter?
They both bring me to my knees
Break me down and put me back together
I surrender, I surrender now
And hold me in the promise of forever
I surrender, I surrender now»
La canción más comercial es «Caroline» con un estribillo pegadizo, mientras que «Truth» demuestra que saben ser rockeros sin caer en la ampulosidad. El cierre con «Carry On» puede resultar algo redundante por su tono trascendental, pero sirve para completar un disco que busca el equilibrio entre sus raíces y su evolución.
Como el lago que da título al álbum, Rushmere es un lugar de retorno y a la vez un punto de partida. No es casualidad que el primer videoclip que lanzaron del disco fuera una recopilación de las reacciones de sus fans y amigos al escuchar su nuevo trabajo. Hay en sus gestos de sorpresa y la alegría al reconocer aquello que día a día se convirtió en familiar. Esos son los mejores reencuentros.
La historia de Mumford & Sons se cruza con la de Bob Dylan como un espejo generacional. Ambos conquistaron la escena folk y luego irritaron a sus seguidores. El Newport Festival, donde Dylan escandalizó en 1965, ha visto a Mumford encabezar su cartel en 2018, trazando un camino similar: de abanderados folk a rockeros incomprendidos.
El momento más simbólico sucedió en los Grammy de 2011, cuando compartieron escenario para cantar «Maggie's Farm», precisamente la canción que Dylan tocó en Newport. Un guiño que unía a dos generaciones de renovadores del folk. Este vínculo se profundizó con «Lost on the River: The New Basement Tapes»: Marcus Mumford, junto a Elvis Costello y Jim James, bajo la producción de T. Bone Burnett, puso música a letras inéditas de Dylan de 1967.
L.
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